domingo, 31 de marzo de 2013

EL IFE Y EL FORTALECIMIENTO DE LA EDUCACIÓN CÍVICA PARA EL DESARROLLO POLÍTICO NACIONAL: BASE DE LA CONSOLIDACIÓN INSTITUCIONAL DE LA DEMOCRACIA EN MÉXICO





LXII LEGISLATURA DE LA
H. CÁMARA DE DIPUTADOS DEL CONGRESO DE LA UNIÓN

Proceso de selección de Consejero Electoral del Consejo General del Instituto
Federal Electoral (IFE)


EL IFE Y EL FORTALECIMIENTO DE LA EDUCACIÓN CÍVICA PARA EL DESARROLLO POLÍTICO NACIONAL: BASE DE LA CONSOLIDACIÓN INSTITUCIONAL DE LA DEMOCRACIA EN MÉXICO


José Alberto Aguilar Iñárritu


Marzo 7 de 2013


Una visión de conjunto
Después de varias décadas de profundos cambios políticos, el México de hoy transcurre su historia marcado por las contradicciones y los desgastes propios de una larga transformación todavía en proceso de consolidación. Una ardua circunstancia que sin embargo cuenta a su favor con las posibilidades de la esperanza, porque en la conciencia de sus ciudadanos cada vez está más claro que sus déficits sólo se pueden superar si terminamos de construir ese futuro plenamente democrático que ya tenemos delineado.
Es menester aceptar que cursamos un tramo complejo que exige al quehacer político no sólo amplitud de miras, sino una actitud generosa y responsable para con la nación y su mejor destino, aunado a un compromiso ético que honre la confianza de la sociedad mexicana y atienda su reclamo. La  ciudadanía también está obligada a hacer lo propio y disponerse a intervenir con un papel participativo en la afirmación de la democracia que sin ella, sin su seguimiento vigilante y evaluador, no puede desplegar su necesaria integralidad como una forma de vida, porque carecería de ese imprescindible soporte humano. Una ciudadanía que debe ser apoyada con una mayor y mejor educación cívica para consolidar su cultura democrática.  
Hay quienes visualizan en los retos de esta etapa, la justificación necesaria para emprender la segunda transición mexicana a la democracia, yo mismo llegué a reflexionar en ese sentido, pero con el tiempo considero que lo prioritario es consumar la actualización institucional que nos requiere la transición democrática realizada. Necesitamos proteger las nuevas instituciones que nos hemos dado, evitar su desgaste, -las más de las veces resultado del exiguo avance en otros campos del quehacer político e institucional-, y crear otras que nos hacen falta, así como renovar la vigencia de aquellas que todavía son viables, para armonizar todas en bien de su eficacia política y social y en favor de una República restituida en todas sus capacidades. En todo caso, desarrollar las instituciones de la democracia es asegurar su capacidad de cambio y profundización continua.
De pactos, constituciones y proyecto nacional
Estamos a la vuelta de celebrar el centenario de la Constitución General de la República, es decir nos acercamos a una magnifica oportunidad para dotar a México de una constitucionalidad renovada, toda vez que la actual tiene muy poco que ver con la que redactó el Constituyente de 1917 y después de tantos cambios llega a padecer contrasentidos entre sus disposiciones. Se encuentra plagada de temas propios de las leyes secundarias y necesita robustecer su eficacia como instrumento para regular las nuevas realidades de esta etapa de la vida nacional. De acuerdo con el Doctor Diego Valadés[1], sólo 22 de sus 136 artículos no han sido modificados en su redacción original, lo cual equivale al 16% del articulado o al 3% de su texto total.
En el sentido de impulsar nuestro arribo a una nueva constitucionalidad, el mismo Dr. Valadés, nos propone una ruta de reforma precisa y ponderada de tres pasos, que cito libre:
·         Primero, excluir del debate los grandes principios que cimientan la Constitución, para evitar confrontaciones innecesarias entre los mexicanos. Entre otros, laicidad, democracia, libertad, igualdad, federalismo, derechos humanos y sociales;
·         Realizar una profunda reforma al régimen de gobierno que, -comento yo-, podría resultar de armonizar en la negociación legislativa  lo establecido por las principales corrientes que participan en ese debate hace poco más de doce años: quienes abonan por el sistema presidencial funcional y equilibrado, los que proponen el sistema presidencial con gobierno de gabinete, quienes establecen el modelo semipresidencial y aún quienes, en forma minoritaria, proponen un cambio radical hacia el régimen parlamentario;
·         Hacer una revisión del articulado con base en una buena técnica jurídica para pasar a leyes secundarias todos aquellos preceptos que aún siendo válidos, no les corresponda formar parte del texto constitucional.
Personalmente creo que esa propuesta allanaría mucho el camino de la actualización institucional requerida. Sin embargo subsiste un tema de fondo que no vamos a poder resolver sin el concurso de todas las fuerzas políticas, de los grupos de poder y de la ciudadanía en general y es la ausencia de un nuevo pacto de poder acorde con  el advenimiento de la democracia, como pieza central para consolidar esa nueva era mexicana a la que no terminamos de arribar.
En doscientos años de vida independiente México ha vivido de tres pactos de poder: el de Guadalupe Victoria que nos dio nación, el conformado desde Juárez hasta Díaz que nos dio Estado, y el creado desde Obregón y Calles hasta Cárdenas que nos dio un régimen para gobernar la Revolución, este último colapsó en 1982 en medio de una profunda crisis fiscal.  
Entonces se inició un importante esfuerzo por volver a pactar al país, ahora en torno a un proyecto nacional afirmado en una lógica de modernización global, sin embargo este ejercicio no pudo culminar en un nuevo pacto de poder y enfrentó una nueva crisis en 1994 que lo hizo fracasar en ese propósito.
Después de la crisis de 1994, a México le ha costado mucho trabajo dejar atrás el proceso de modernización fallida que sufrió[2] y reconstruir el consenso en favor del cambio. Hoy seguimos siendo un país lleno de diagnósticos y propuestas, pero carente de una visión de futuro mayoritariamente compartida y sobre todo organizada, para arribar un estadio superior de progreso incluyente[3].

La constante ha sido que, en el México plural que ahora reivindica como nunca su diversidad, sus élites han venido actuando sectariamente. Sin ocuparse por hacer política para crear una versión compartida, han pretendido que su razón constituya la verdad de todos. Por eso, aunque hay adelantos, en general los proyectos carecen de visión de Estado y naturaleza incluyente.  

La nación se mira dividida, carente de mecanismos para edificar salidas colectivas a los retos comunes. El oligopolio coloniza la vida pública y la anula, la vuelve ineficaz, incapaz de ecualizar los intereses de todos para conseguir metas y soluciones de unidad. El interés particular domina sobre el general; se privatizan beneficios y se socializan pérdidas; prevalece el "grupismo" y la exclusión social.

Es justamente esa racionalidad dominante, -o irracionalidad no neutralizada-, la que ha dañado la ejecución de muchas reformas imprescindibles para montar con firmeza al país sobre los rieles del siglo XXI. No hemos podido construir una fuerza superior al imperio de las parciales que las relativice y las obligue a la convergencia. Se necesita conformar, por vía de la política, desde la democracia y en el marco de la ley, un nuevo bloque de poder capaz de rendir las parcialidades del interés particular al general y hacer estallar el impasse que nos paraliza. 

Son relaciones causa-efecto que irrenunciablemente conllevan a resolver el tema del ausente nuevo pacto de poder[4] que necesitamos los mexicanos para afianzar la democracia, tanto en el ejercicio del gobierno, como en la vida cotidiana, y así rebasar el estrecho ámbito electoral a donde ha sido circunscrita. Exhortan a trabajar por un pacto mayoritario de minorías activas[5] que corresponde iniciar con un llamado a un nuevo diálogo sobre el rumbo nacional.
En ese sentido el Pacto por México es bienvenido no sólo por su pertinencia instrumental para avanzar en reformas largamente pospuestas, sino porque esa es la naturaleza del ejercicio de la política en la democracia. Empero no hay que confundir la herramienta con la estructura y jerarquizar también a las primeras por su peso e importancia[6].

Existen pactos fundantes y pactos operativos, los primeros son de gran aliento, tienen vigencia por épocas, los segundos responden a fases o coyunturas más o menos duraderas. Los primeros soportan la convivencia mayoritaria de nación por mucho tiempo y dan lugar a grandes bloques históricos, los segundos permiten avanzar a los actores de cada elección por medio de coaliciones temporales.

En los pactos fundantes el clausulado es muy pequeño, no más de dos o tres disposiciones contractuales que se fijan en la cultura dominante, en los pactos operativos las clausulas tienden a ser muchas y se desgranan en políticas públicas.  En fin, los primeros determinan el sentido y el proyecto de nación, los segundos de los gobiernos y de sus oposiciones.

En los pactos fundantes el consenso es fundamental, en los pactos operativos confundir la regla de la mayoría con el consenso es una trampa. Los primeros se llaman pactos de poder, los segundos de muchas formas.  Alcanzar un pacto fundante o de poder, permitiría no solo soportar la nueva constitucionalidad que necesita el país, sino la posibilidad de avanzar unidos en la diversidad al menos por los próximos cincuenta años.

Entre otros relevantes aspectos, permitiría que los procesos electorales que reproducen el sistema, se realizaran entre adversarios, no entre enemigos, porque habría plena conciencia de que nadie gana todo, ni pierde todo y  que ningún triunfo puede cambiar los soportes fundamentales del régimen que a todos contiene.  Sin embargo, como expresé líneas arriba, edificar el nuevo pacto de poder de la nación mexicana requiere del concurso de todos.  

Se trata de dar luz al cuarto pacto fundante de nuestra historia, concomitante a la cuarta República, ahora de la democracia. Es por tanto un proceso que exige conformar un amplio sustento político y social que no elimina a su interior las diferencias y aunque privilegia la coincidencias, acepta que la forma de marcar el rumbo en una democracia es aplicar la regla de la mayoría, -no necesariamente el consenso que es escaso y puede entrampar un proceso-, al tiempo que garantiza la salvaguarda de la minoría, consciente de que todas las fuerzas pueden ser alternativamente una u otra.

De la educación cívica y la cultura democrática sobre el ejercicio del poder

Convocar la participación de todos a un proceso de este tipo necesariamente comienza y termina con la educación, hasta que esta se convierte en cultura y entonces establece pautas constantes al comportamiento político y electoral de la ciudadanía. Una tarea educativa de este tipo es desde luego responsabilidad de las instituciones, en primer lugar de las relacionadas con la academia, pero también de las que conciernen a la política y de estas, de manera relevante, las que obligan a los partidos políticos y al Instituto Federal Electoral (IFE).     

Los partidos políticos está obligados por su naturaleza jurídica, definida en el artículo 41 constitucional[7], a ser también entidades educativas que debe apoyar la construcción de ciudadanía, además de obligarse con la formación y capacitación de sus militantes y agremiados. El IFE[8] está obligado también a cumplir un papel muy relevante tanto en materia de educación cívica y cultura democrática como de preservar y fortalecer el régimen de partidos.

En lo referente a los partidos políticos su práctica en la materia debe ser fortalecida a partir de elevar el peso presupuestal y operativo  de sus fundaciones e instancias de capacitación internas, así como de mantener 365 días su presencia con la sociedad aunque no haya elecciones.

Respecto del IFE, es indudable que la institución despliega un importante trabajo en este campo, aunque se concentra en dos aspectos: Difusión de valores cívicos y democráticos; y Enseñanza del proceso electoral, es decir de la organización de la participación partidista y ciudadana para renovar el poder. Sin embargo, hace muy poco respecto de estimular la comprensión ciudadana sobre el fin de la democracia electoral, que es resolver democráticamente el ejercicio del poder y no sólo garantizar elecciones libres, ciertas y equitativas. Lo cual no ayuda a solventar una de las problemáticas que más desencantan a la ciudadanía con la democracia.

De ahí que el creciente ataque a las instituciones electorales encuentre un campo fértil en la opinión pública que, carente de un marco adecuado, no distinga la no competencia de estas instituciones para solucionar las insuficiencias de la política vigente. En particular que, ante la ausencia de un nuevo pacto de poder, las contiendas electorales se celebren entre enemigos no entre adversarios o que, ante el insuficiente control ciudadano, crezca la insatisfacción social por la ineficacia de la acción pública respecto de sus demandas.

Aquí se ubica buena parte de esa problemática de las instituciones electorales que daña frecuentemente su credibilidad y por tanto su legitimidad ante la opinión pública, un asunto que si bien requiriera de una mejor estrategia de medios, no se resuelve de fondo sin una mayor y mejor educación democrática a la ciudadanía.

Si consideráramos a IFE el árbitro de un partido de futbol, responsable de llevar el juego de acuerdo con las reglas y en su caso sancionar con tarjetas rojas y amarillas ese partido, es claro que a ningún conocedor se le ocurriría pedirle, para evaluar su trabajo, que además evite la violencia del estadio entre la porras, a los revendedores en los alrededores y que también se encargue de la seguridad del barrio y, si le alcanza, de la ciudad.

Pero al IFE, no obstante realizar su tarea administrativa electoral con estándares superiores, sin parangón en buena parte del mundo, de fondo se le quiere obligar a resolver la enemistad entre actores políticos no pactados y a neutralizar todos los venenos  perversos que se derivan de ello, cuando evitarlo es una función de la política y si se quiere del acuerdo republicano que del cual carecemos.

Ante este panorama, por algún lado hay que comenzar y la lógica de instrumentar el policía, del policía, del policía, no es la más eficaz, ni tampoco la de esperar a que la política se autocritique y se ponga de acuerdo, porque en esa suerte se pueden agotar las instituciones electorales.  Lo mejor es colaborar para que todos alcancemos ese nuevo pacto de poder que el país requiere y una forma sólida de comenzar es trabajar junto con los partidos políticos en favor de una educación democrática de la ciudadanía que enfatice los aspectos del ejercicio del poder y no sólo los relativos a la instrumentación de la lucha por alcanzar el poder.

De la agenda de reforma, de los partidos políticos y del IFE

Entre los temas más importantes de la agenda de desarrollo político e institucional destaca, casi al mismo nivel que tiene reformar el régimen de gobierno para solucionar la no resuelta ecuación presidencialismo-multipartidismo en favor de estimular el acuerdo y los gobiernos de mayoría, la necesidad de fortalecer el sistema de partidos políticos.
El objetivo es elevar la calidad de la democracia, a partir de propiciar el debate plural de los grandes temas sobre el sesgo mercadológico que actualmente tiene nuestra vida electoral, así como agilizar su calidad de gozne de la sociedad con la toma de decisiones de los poderes públicos, en particular de los ejecutivos y de los legislativos.
Hay desde luego muchos temas que atender, entre otros, la necesidad de trabajar para conformar un federalismo robusto del siglo XXI que opere bajo principios de subsidiaridad, compensación, coordinación, transparencia y participación ciudadana, y así pueda sustentarse en el nuevo contexto de la democracia para "Unir sin fusionar y diferenciar sin dividir"[9].  Necesitamos también apoyar la continuidad de la reforma del Poder Judicial, en particular respecto de consolidar el tribunal constitucional y/o el de casación y desde luego lograr una reforma hacendaria integral que fortalezca la columna vertebral del Estado para vigorizar su eficacia social en favor de las prioridades republicanas.
Sin embrago, poco se podrá avanzar si no fortalecemos la capacidad de intermediación social de los partidos políticos con el ejercicio del poder, a partir de actuar sobre cinco aspectos:
·         La cercanía permanente con la sociedad, no sólo en período electoral, para asegurar la fluida trasmisión de la demanda social hacia la representación partidaria en los poderes públicos y garantizar el cumplimento de las plataformas electorales sancionadas por el voto, así como la frecuente renovación de compromisos con sus electores.
·         La formación continua de sus militantes para servir mejor a la ciudadanía en el desempeño de sus funciones representativas de la voluntad de los electores;
·         El desarrollo permanente y de altura del discurso propio ante el acontecer político, como plataforma para su participación constante en el debate plural de la sociedad, donde se muestren claramente diferencias y coincidencias y se colabore a la evolución de la cultura política nacional;
·         La construcción de ciudadanía a través del impulso a la educación democrática de la sociedad por medio del diálogo constante con ella, no sólo en período electoral,  sobre temas del debate nacional, local y global ;
·         Desarrollo de una robusta vida democrática interna, donde los principios de transparencia y rendición de cuentas se articulen con el respeto y aplicación correcta de sus documentos básicos y el pleno ejercicio de los derechos políticos de sus militantes consagrados en la Constitución.
Para ello es menester que el IFE y los partidos políticos mantengan una relación más proactiva, que de ninguna manera vulnere la necesaria independencia de sus respectivas funciones y también asegure el irrestricto acatamiento de la norma. Se trata de actuar con mayor eficacia en los propósitos aquí señalados para fortalecer la construcción de ciudadanía a través de una educación que enfatice los componentes del ejercicio del poder en la democracia y de avanzar, en el caso del IFE, en el cumplimiento del precepto 1b) del artículo 105 del COFIPE destinado a "Preservar el fortalecimiento del régimen de partidos políticos" .
Todo sistema por definición vive con su antisistema, una suerte de entropía que condiciona su vigencia y cuya fuerza depende de la capacidad de inclusión o de la debilidad excluyente del primero.
En una democracia como la mexicana los partidos políticos están obligados ser una detente principal de la entropía del sistema. En la medida en que sean capaces de realizar una firme trasmisión de los intereses de esa parte de ciudadanía que cada uno representa, ese propósito se podrá alcanzar.
Estamos en la fase de renovar para fortalecer nuevas instituciones creadas: el sistema de partidos políticos y las autoridades electorales. No lograrlo sería abrir la puerta al fortalecimiento de otras opciones políticas distintas al compromiso democrático que nos anima para continuar en la consolidación de la transición a la democracia, pero no creo que vayamos a tirar por la borda casi cuarenta años de esfuerzos políticos, cívicos e institucionales destinados al fomentar el desarrollo político de México. Enhorabuena, vamos a conseguirlo.



[1] Palabras del Doctor Diego Valadés Ríos en el Homenaje al Doctor Jorge Carpizo MacGregor. Teatro Juan Ruiz de Alarcón. UNAM. Febrero 5 de 2013.
[2] Ver: México, una modernización fallida, J. Alberto Aguilar Iñárritu. Colaboración para el libro:“Balance en el proceso democratizador de México 1988-2009” Editorial Porrúa/Facultad de Derecho, UNAM/COPUEX, Noviembre 30, 2009
[3] ¿CÓMO SANAR LA COLUMNA VERTEBRAL DEL ESTADO? J. Alberto Aguilar Iñárritu. El Federalista. Octubre 10, 2012

[4] Ver: El Cuarto Pacto de Poder,  J. Alberto Aguilar Iñárritu. Colaboración para el libro: “Constitucionalizar es Democratizar”. Editorial Porrúa/Facultad de Derecho, UNAM/COPUEX, Noviembre 20, 2009
[5] ".. la conformación del acuerdo político nacional o pacto de poder mayoritario, que funde y soporte a la democracia como nueva época de la nación...un gran concierto de voluntades entre todos los segmentos plurales de poder o al menos entre su mayoría absoluta...un pacto mayoritario de minorías activas, donde se convienen las líneas básicas del rumbo nacional. Ver 2012: La última elección del siglo XX, J. Alberto Aguilar Iñárritu, Pag 5, 6 y 7 "La sucesión Presidencial 2012. ¿Qué hacer para legitimarla, por qué cómo y cuándo? Editorial Porrúa/Facultad de Derecho, UNAM/COPUEX Diciembre 12, 2011
[6] Un pacto democrático fundamental para el progreso de México. CNN México. Feb 1, 2013

[7] Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, Titulo Segundo, Capitulo I de la Soberanía Nacional y de la Forma de Gobierno, Artículo 41, Apartado 1: Los partidos políticos son entidades de interés público (...) los partidos políticos tienen como fin promover la participación del pueblo en la vida democrática, contribuir a la integración de la representación nacional y como organizaciones de ciudadanos, hacer posible el acceso de estos al ejercicio del poder público, de acuerdo con los programas, principios e ideas que postulan y mediante el sufragio universal, libre, secreto y directo.
[8] Código Federal de Instituciones y Procedimientos Electorales. Libro tercero Del Instituto Federal Electoral. Título primero Disposiciones preliminares.  Artículo 105. Apartado 1. Son fines del Instituto: a) Contribuir al desarrollo de la vida democrática; b) Preservar el fortalecimiento del régimen de partidos políticos; g) Llevar a cabo la promoción del voto y coadyuvar a la difusión de la educación cívica y la cultura democrática.

[9] Convocatoria a la Primera Convención Nacional Hacendaria, 28 de octubre de 2003, página tres

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