domingo, 31 de marzo de 2013

POLARIZACIÓN ESTRUCTURAL EN MÉXICO Diciembre 1, 2008


Colegio de Profesores-Investigadores Universitarios con Actividades Académicas Formales en Universidades Extranjeras de Excelencia, A.C. “COPUEX


POLARIZACIÓN ESTRUCTURAL EN MÉXICO
Notas de Exposición

Autor: J Alberto Aguilar Iñárritu



Elaborado para el Curso de Apoyo al Postgrado en Derechos Constitucional-Político-Electoral

Tema

¿Polarización en las expectativas democráticas de México 2008-2009?
(Presidencialismo, Congreso de la Unión, órganos electorales, pluripartidismo y liderazgo)



Diciembre 1, 2008


Introducción
El propósito de estas notas de exposición, muchas de ellas tomadas de anteriores trabajos, es contribuir al interesante debate sobre ¿Polarización en las expectativas democráticas de México 2008-2009? (Presidencialismo, Congreso de la Unión, órganos electorales, pluripartidismo y liderazgo), al que nos ha convocado el Colegio de Profesores-Investigadores Universitarios con Actividades Académicas Formales en Universidades Extranjeras de Excelencia, A.C. “COPUEX” y agradecer la amable invitación que nos hizo su presidente, el Doctor Luis J. Molina Piñeiro, para ser ponente en el Curso de Apoyo al Postgrado en Derechos Constitucional-Político-Electoral y participar como autor en la integración del libro sobre el mismo tema, coordinado por el propio Doctor Molina Piñeiro  y por el Doctor José Fernando Ojesto Martínez Porcayo.  
Abordar el tema de la polarización en política obliga a ser muy cuidadoso para no cuestionar de entrada una legítima característica del quehacer práctico de la misma. Si bien el sentido ético fundamental de la política es dotar a la sociedad de un arte fundamental para generar soluciones institucionales, y por tanto civilizatorias, ante las exigencias dialécticas de su propia dinámica de evolución, no puede establecerse un juicio condenatorio frente a cualquier circunstancia de confrontación polar. Es decir, la polarización, además de ser connatural a la propia diversidad social, puede justamente surgir como requerimiento de renovación para liberar a la sociedad de las ataduras inherentes a una época agotada que se niega a morir y que impide el surgimiento de un nuevo ciclo de edificación política a través de alcanzar un nuevo acuerdo plural. En este caso, ante la decadencia asfixiante, la polarización sería la respuesta liberadora que le permitirá a la política volver a desplegar toda su capacidad constructiva para procesar y estabilizar institucionalmente las contradicciones sociales, en bien del interés general y, en esa medida, elevar su calidad en el sentido ético de su discurso.

Otra manifestación de la polarización, más cotidiana y menos estructural, resulta del mismo ejercicio electoral en cualquier democracia donde los partidos en lucha por el poder, por definición primero se polarizan para después, en su caso, relativizar algunas posiciones para asegurar alianzas triunfadoras; no hacerlo así les haría correr el riesgo de motivar una indefinición ante el electorado y ante su propia militancia. Lo anterior en el entendido de que en política al final, el único centro válido es el ámbito de la construcción de pactos mayoritarios que realiza un gobierno victorioso que busca consolidar una mayoría que garantice la eficacia de su gobernabilidad.

No obstante, en el México actual, a cuyo análisis de caso nos han convocado, la polarización dominante en nuestra política tiene, a mi juicio, un carácter estructural y es la resultante de las insuficiencias de una Transición a la Democracia demasiado larga y todavía inconclusa, conformada y gestionada a partir de la intención de desmontar el régimen de partido hegemónico surgido de la Revolución. Se atestiguó la claudicación del Antiguo Régimen pero, hasta ahora, no la sustitución integral de mismo. El fracaso de proyectos fallidos de reemplazo, el excesivo énfasis “electoralista” de sus propuestas y las inercias culturales, de tradición autoritaria, que alimentan perturbadas intenciones  de restauración, han atrapado la dinámica evolutiva de nuestra democracia.

Mientras tanto la ciudadanía, un tanto desconcertada y muchas veces desilusionada de la democracia que le regatea la certidumbre de una eficaz gobernabilidad, clama y con razón, que la política abandone su sentido confrontacional y retome su función de vehículo para lograr acuerdos. Pide al menos honrar al General Von Clausewitz , cuando recordaba que la política era continuar la guerra en tiempos de paz o, mejor aún, advertir que la guerra se inicia donde la política termina, para propugnar para que esta continúe y cierre la puerta a la violencia.

Los políticos se esmeran en desmarcarse discursivamente de la confrontación polar y muchos de ellos, de manera muy sincera, lo circunscriben al ámbito de la voluntad, cuando no, incluso, al amor a la Patria, pero en la práctica las circunstancias estructurales, incluidos por supuesto, los usos y costumbres culturales, terminan por imponerse en favor de mantener la polarización.

Es claro también que para algunos políticos, la polarización constituye una estrategia de lucha recomendada por sus diagnósticos de la realidad institucional a la que consideran demasiado copada por intereses creados que limitan, ya no se diga su capacidad para conducir el cambio, sino incluso para garantizar un mínimo aceptable de permeabilidad al mismo. Para otros, que confían en las posibilidades del cambio institucional, las resistencias, distorsiones o los francos coloniajes de los poderes fácticos que se llegan a manifestar en esa arquitectura del poder público, son superables en el tiempo siempre y cuando se mantenga la lucha por su transformación; un tiempo que no necesariamente coincide con el propio, vamos el de las aspiraciones personales de poder, lo cual generalmente ocasiona desesperación.

El advenimiento de la alternancia electoral en México, terminó de desmantelar los mecanismos del Antiguo Régimen para resolver la cuestión del poder y cedió a las urnas la resolución del mismo. La eficacia vertical del viejo acuerdo cupular entre las fuerzas de la Revolución, soportado en las amplias bases del partido hegemónico, fue sustituida por la regla democrática de la mayoría. Sin embargo, las características de las representación legislativa, que combina elección por mayoría con listas, y la pluralidad de partidos que buscan, sin lograrlo llenarle el ojo a los mexicanos, dieron forma y color a la propensión del electorado de no otorgar a nadie la mayoría absoluta y, en su veredicto, tender a conformar tercios del voto total[1].

Ningún partido logra acreditar el cincuenta por ciento más uno de los sufragios emitidos, lo cual propicia, además de la integración de gobiernos divididos y minoritarios, que nadie pueda proclamar que su victoria en las urnas le otorgó el poder de gobernar a México solamente desde los postulados de su particular oferta a la nación. Dicho de otra forma, desde el triunfo de la alternancia México se conduce y administra por medio de gobiernos de primera minoría lo cual pone en entredicho la eficacia de gobierno y el cumplimiento de compromisos.

De ahí que, desde la perspectiva del gobierno dividido en México, asegurar la gobernabilidad del país, se configura en uno de los retos más importantes de nuestra joven democracia. Es muy difícil ser un gobierno eficaz estando en minoría, pero lo es mucho más en un sistema presidencial que necesita de mayorías absolutas para operar correctamente.

Superar ese reto depende en buena medida de armonizar la no resuelta ecuación régimen presidencial-multipartidismo, cuestión que no puede depender sólo de la buena voluntad de los agentes políticos. Nuestro sistema presidencial no es proclive a los acuerdos entre adversarios, está fundado sobre la regla del que gana, gana todo y el que pierde, pierde todo y de ahí emana la racionalidad que nutre la conducta política de los actores que, cuando son triunfadores, niegan los reflectores al derrotado y cuando pierden solo les queda propiciar el desgaste del triunfador para provocar la alternancia. En fin un régimen que puede asegurar algún grado autonomía relativa o separación en el ejercicio del poder, pero no la colaboración entre poderes, ni tampoco la suficiente equidad que precisa un buen balance.

Es claro que la democracia mexicana requiere contar con un régimen político funcional a sus imperativos, dotado de nuevas formas políticas, culturales y jurídicas que estimulen la formación de nuevas mayorías, que se pueden alcanzar por medio de la concertación política, es decir por la construcción política de los acuerdos, una vez terminado el proceso electoral, aunque estas no hayan sido producidas en las urnas. Se necesita generar un marco jurídico institucional que propicie la conformación de las mayorías absolutas que nuestra realidad política exige, y que las urnas no ocasionan, para poder brindar una democracia de resultados.

Una democracia que revierta el debilitamiento del estado y fortalezca su función frente a las amenazas procedentes de la creciente consolidación de poderes fácticos, legales e ilegales, y de los peligros de balcanización regional y partidaria del poder nacional, que se vislumbran.  Hay que sepultar lo muerto con el nacimiento del nuevo régimen político[2], para frenar así la descomposición inercial y persistente que obstaculiza arribar a la eficacia democrática. Si no lo hacemos, no podremos tampoco mejorar nuestra posición en la arquitectura global en consolidación[3].

Se dejado de crear política y por tanto instituciones, tenemos actores políticos, partidos, elecciones y procesos de gobierno, anclados en el siglo pasado que contemplan al México del siglo XXI por el espejo retrovisor y básicamente bajo el tamiz de sus intereses particulares o de grupo.

No se puede seguir gobernando al país con las ruinas del Antiguo Régimen,  urge contar con esquemas que permitan aglutinar a las fuerzas políticas minoritarias, para superar ese estatus y fortalecer a la República. La pregunta es: ¿por donde comenzar?

Por lo pronto por proponernos liberar a la política de la cárcel privatizadora en la que la han querido recluir los proyectos gerenciales fracasados y regresarle sus capacidades creativas para construir el nuevo entramado institucional. Un andamiaje institucional actualizado que nos permita procesar la unidad nacional que requerimos para gobernar nuestra diversidad, en forma incluyente y participativa. Necesitamos trabajar para construir un nuevo pacto social, un pacto mayoritario de minorías activas, capaz de procesar las opiniones y las causas de la diversa sociedad mexicana para conformar un proyecto de nación compartido que permita reencontrar el camino y reunirnos en él; es decir, volver a unirnos.

Se requiere abrir las compuertas del sistema al diálogo, no al de las emergencias, sino al de la cotidianidad de nuestra vida pública, resolviendo dos precondiciones centrales de todo diálogo: quién convoca y con qué incentivos. La primera se resuelve definiendo una forma de gobierno que propicie la formación de mayorías en gobiernos compartidos y la segunda haciendo del diseño y de la operación de las políticas públicas, el escaparate transparente para el ascenso al poder de sus autores y actores, a partir de cumplir con las demandas de la gente, de todos y de cada uno de los distintos públicos.

Se trata de hacer a un lado el estímulo a la destrucción del adversario, para ensayar la lucha política en la democracia, es decir, en la cohabitación de las diferencias y en la resolución del rumbo mediante la construcción de verdades mayoritariamente aceptadas.
Se debe reactivar el sentido propositivo e innovador de nuestra política, a partir de garantizar la plena la representación ciudadana en la toma pública de decisiones, lo cual exige renovar a los partidos políticos y modernizar la organización civil de la sociedad.

Se requiere eliminar de los partidos políticos toda intención degradante para convertirlos en instrumentos al servicio de grupos de presión, internos y externos, y estimular su carácter de instituciones abiertas a la formación de cuadros y, sobre todo, a la proposición de rumbo nacional con base en las causas de la ciudadanía.

Con respecto a la organización civil de la sociedad, es necesario asegurar una real democracia participativa mediante una nueva vertebración ciudadana que deseche sus viejas casacas del siglo pasado y se disponga a elaborar ropajes liberados de toda tentación de complicidad cupular o clientelar.

En ambos casos es un asunto de romper monopolios y tirar a la basura los cascarones institucionales que los apuntalan. Es la posibilidad real de que la democracia supere lo electoral y baje al resto de las instituciones públicas y privadas de la nación, donde el tema oligopólico y clientelar tiene su mayor relevancia. Se trata de impulsar una nueva etapa de la República, a través de luchar por garantizar el real ejercicio de una ciudadanía integral: política, económica y social y ambiental.

En síntesis, se trata de superar la polarización haciendo avanzar a la democracia, de dar pasos firmes hacia la construcción del nuevo régimen político de la democracia, de una democracia integral que supere los estrechos marcos de la democracia liberal, mediante una real participación ciudadana en la política, la economía y el desarrollo social.

No podemos seguir mal gobernándonos entre las ruinas del régimen anterior y la estela de los fracasos de proyectos fallidos de sustitución, menos aún consintiendo vanos intentos de restauración.

Tenemos que derrotar las inercias que devuelven las miradas al siglo pasado y nublan las entendederas que, aturdidas, se vuelven incompetentes para tomar las decisiones requeridas para afrontar los retos del siglo XXI. Estamos obligados a construir una nueva etapa de la República para renovar a la Patria, robustecer la democracia y sacarla de su actual precariedad mercadotécnica, liberarla de la canibalización a la que la tiene sometida el oligopolio de los beneficios, esos intereses particulares que consideran que México es una colonia que puede ser explotada a su servicio y prácticamente sin restricciones, con toda impunidad.

México necesita dar un golpe de timón, no para caminar hacia el pasado, sino para responder a su presente con un claro compromiso social y tomar las riendas de su futuro, dando lugar a un proceso de modernización diferente, esta vez incluyente, que nos ponga a tiempo con el reloj del mundo, pero a todos, con todos subidos en la creación de la riqueza y también en la distribución igualitaria de los beneficios.

Necesitamos construir un país donde quepamos todos y donde podamos liberar nuestros talentos de la pesada losa de los intereses creados, que hoy los oprime. Un país donde todos podamos tener un lugar de dignidad para hacer nuestro trabajo y progresar; un lugar para proponer nuestras aptitudes en beneficio del interés propio, pero al servicio del interés general. Un país con una ética renovada, que nos permita superar nuestra crisis actual y nos induzca a hacernos cargo de la nación con lealtad, a asumir que nada, ni nadie, puede estar por encima de ella y a romper las barreras monopólicas a la entrada, tanto en el capital, como en el trabajo, en la política, en la comunicación, en la educación, en la cultura, en el arte, en el deporte, en síntesis: en la creación y la prosperidad colectivas.

Necesitamos asegurar la viabilidad de la nación, hoy cuestionada, asumir que nos encontramos situados en una pendiente inclinada de nuestra historia y que vamos de bajada, que nos urge modificar esa tendencia para subir la cuesta y ver al mundo desde adentro,  como parte de un nuevo continente en definición y al mismo tiempo mantener nuestra integridad; una parte actuante e influyente en la conformación de sus decisiones. Somos una gran cultura y como tal debemos hacer valer nuestras fortalezas en el concierto global.

En las últimas décadas, nos abrimos comercialmente al mundo, incorporamos sus reglas financieras y macroeconómicas, los dejamos entrar, pero nosotros nos olvidamos de entrar en el mundo; de organizarnos como un ejército en lucha por asegurar un buen lugar  para México en la construcción de la economía y del estado, mundiales. Sobre todo se desestimó la necesidad de entrar todos al mundo y se privilegió el acceso sólo de unos cuantos, que muy pronto separaron sus intereses del país.

En fin, se dejó que la economía tomara las decisiones de la política, que se sacrificara al estado y que este, en medio de discusiones bizantinas sobre su tamaño, abandonara su compromiso social y perdiera su fortaleza y con ello su capacidad para conducir a la nación en una empresa sumada y combinada, incluyente, que no se puede dejar a la supuesta mano mágica del mercado. Se ha pretendido que el interés particular procese el interés general de la nación, cuando es el interés general quien puede modular y armonizar los intereses particulares, una tarea que sólo puede realizar el estado, que no requiere ser ni grande, ni chico, sino fuerte, porque el estado es imprescindible.

México una débil democracia
En múltiples ocasiones he referido mi convicción de que a lo largo de la historia, la vigencia o decadencia de una sociedad política están determinadas por su capacidad o incapacidad de inclusión, es decir, por su grado de exclusión, una especie de entropía de la vida pública que amenaza la vitalidad de su energía y condiciona el tiempo de su muerte.

Es una aproximación dialéctica al ejercicio del poder y a sus consecuencias, en una sociedad política concreta[4], que se enfoca a problematizar la capacidad de las estructuras públicas dominantes para interiorizar el cambio cualitativo producido por la continua diferenciación de la sociedad, donde la resolución de la contradicción inclusión-exclusión define su escala posible de permeabilidad política. El nivel de progresión o degradación de esa escala de permeabilidad política en una sociedad, tenderá a determinar estructuralmente la calidad de la representatividad y capilaridad sociales a cada momento, época o período de su historia.

Definirá por lo mismo el grado de simetría que guarde un régimen político respecto de la composición de la sociedad y de ahí su proclividad al cambio cualitativo que, en caso de plena correlación teórica, podría dar lugar al surgimiento de un nuevo régimen desde el seno mismo antiguo régimen[5]. De igual forma definirá su grado de asimetría, en el entendido que este determinará sus características refractarias o de resistencia a transformarse y, por tanto, el incremento de las posibilidades de la violencia

En consecuencia, la gestión de dicha contradicción define la habilidad o inhabilidad de un régimen político específico para absorber las tensiones del cambio continuo, resultante de procesar los retos que le impone la creciente diversidad social que la propia evolución del sistema va creando. Es finalmente una medida de la calidad de la política de esa organización histórica, que señala su grado de destreza para administrar el conflicto inherente por vías diferentes a la guerra.
Es evidente que en el ejercicio político real no cuentan factores de neutralidad respecto de los intereses de quienes detentan el poder y tampoco de quienes lo reclaman, pero si de eficacia o ineficacia respecto de lograr acuerdos de gobernabilidad que expresen a las mayorías y contemplen a las minorías, como fiel reflejo de la diversidad social.

Estas reflexiones es pertinente hacerlas en el México de hoy, donde después de un largo período de reformas políticas sucesivas, iniciadas en 1977 y destinadas a amplificar las virtudes incluyentes de nuestra vida pública, treinta años después, al hacer un recuento de lo alcanzado, vemos que estamos muy lejos de haber concluido, porque nuestros problemas siguen teniendo como origen la exclusión, luego entonces algo ha fallado. Las reformas impulsadas han sido de tres tipos: electorales, administrativas y económicas, han declarado buscar la democracia y la modernización, es claro que no han sido suficientes para ampliar las capacidades de inclusión y cohesión nacional del sistema.

Después de treinta años de iniciativas electorales democráticas y modernizadoras de la economía y de la administración pública no se puede considerar que estas hayan tenido el suficiente éxito, cuando se observa la entronización del desacuerdo y de la polarización políticas, así como el rápido deterioro de la instituciones electorales recién creadas; la franca fragmentación social que sufre la nación; el franco desafío de los poderes fácticos, legales e ilegales, al Estado mexicano; y la pérdida continua del peso del país en el concierto global.

Haciendo referencia a la contradicción inclusión-exclusión antes descrita, es conveniente recordar que en 1977, cuando se promulga la Ley de Organizaciones Políticas y Procesos Electorales, se reconocía que el sistema presentaba un serio problema de gobernabilidad, en términos gruesos veinte por ciento de la población no se percibía o no estaba incluida en sus estructuras. Ahora, si hacemos un recuento de esa relación inclusión-exclusión, vamos a encontrar que el ochenta por ciento de la población se percibe o está excluida, no solamente desde una perspectiva económica, que es la más evidente, sino política, social y comienza a ser cultural y psicológica desde el enfoque de la pérdida de identidad, de confianza y de esperanza, cuando no de la aparición de posiciones nihilistas en sectores de la juventud. ¿Cómo se puede calificar esta grave circunstancia?, por lo pronto, como alarmante.

Veamos, la población de México creció con el transcurrir de las últimas décadas, también lo hicieron sus necesidades, pero no así las posibilidades para satisfacerlas, ni las oportunidades para que esos mexicanos emplearan sus talentos para crear más riqueza en bien propio, de sus familias y de la nación. Respecto de sus posibilidades de absorción de los mexicanos, la economía se nos hizo chiquita; el espacio de la República también redujo su tamaño y el desarrollo social se colapsó para las grandes mayorías.

Nos aproximamos a un perverso equilibrio paretiano. Los mexicanos dejamos de trabajar en una economía, para hacerlo en cinco: veinte por ciento de la población integrada en una economía formal con enormes disparidades de ingreso y dificultades estructurales al crecimiento y al empleo, mientras que el ochenta por ciento vive de otras cuatro economías: la informal, que a decir de algunos ya ronda cerca de la mitad del Producto Interno Bruto; la migrante, cuyas remesas decrecientes, pero todavía muy altas, compiten con la exportación de sectores señeros de la economía formal y cuya importancia para la vida de millones de familias rivaliza con el insuficiente apoyo que reciben esos hombres y mujeres que su país expulsa; la delincuencial, que desafortunadamente conforma otra economía de donde viven muchos mexicanos; y la economía de subsistencia, a la que vergonzosamente se ha condenado a muchas familias más[6].

En términos de participación ciudadana, por el creciente peso de los grupos de interés, la República también se redujo y con ella el espacio de lo público y la eficacia constructiva de la política, en tiempos adversos, ve morir sus capacidades creativas, atrapada entre los usos y costumbres del oligopolio de los beneficios, de los poderes fácticos, de las cúpulas refractarias que impiden el libre y creativo desempeño de la organización política y civil de la sociedad. Cada vez más las causas ciudadanas están menos representadas en las decisiones públicas, lo cual cuestiona no sólo al sistema de partidos políticos vigentes, sino a las instituciones políticas en su conjunto.

La fragmentación social se expresa en las disparidades de la educación donde cada vez son más los menos preparados y muchos de los capacitados se sienten impulsados a dejar el país. También la desigualdad se apropió de la salud y sobre todo de las oportunidades, golpeando seriamente las posibilidades del ascenso social. La cultura sigue perdiendo no sólo sus espacios en medio de la ausencia de compromiso del Estado, se ha dificultado el surgimiento y difusión de los nuevos íconos de nuestra identidad, mientras que los tradicionales pierden fuerza entre las nuevas generaciones y sólo la adquieren cuando se vuelven urgentes, como arma de defensa ante los sufrimientos que padecen nuestros paisanos en su obligada emigración.

También se observa una tendencia hacia la disgregación entre las regiones, que presentan grandes disparidades entre sí, dibujando un notable acinturamiento norte-sur. La insuficiencia generalizada de recursos e infraestructura para el desarrollo  que sufre todo el país, adquiere entre las economías regionales más rezagadas tintes condenatorios, sin que tampoco ahí se mire ningún intento decidido de remediar la situación desde una añorada eficacia, hoy ausente en el Estado. Un botón de muestra, es la irresuelta aspiración de comunicar al país transversalmente y no sólo verticalmente, con un centro dominante.

Tal vez sea en la vida pública del municipio donde se padecen las más fuertes tensiones institucionales para procesar las demandas de la sociedad, porque es ahí, en la base misma del Estado, en la primera línea de atención a la ciudadanía, donde son más restrictivas las atribuciones jurídicas y políticas y menos los recursos humanos, materiales y financieros, para hacer frente a su tarea.

Ambas tendencias de disgregación, entre familias y entre regiones, constituyen serías amenazas a la desintegración de la nación, sobre todo en una país donde por dos décadas se hizo costumbre establecer que la soberanía de la nación era un concepto pasado de moda, sin darse cuenta que en efecto aunque había cambiado la acepción que tuvo en el siglo XIX, la soberanía no había dejado de constituir un factor central para medir la viabilidad de las naciones en la globalización. No se entendió que la soberanía de las naciones se tenía que defender ahora incrementando el nivel de influencia que cada país logre en la toma de decisiones del mercado y del estado mundial en formación y que el primer requisito para realizar esta tarea es asegurar el grado de cohesión interna de cada nación, lo cual vuelve a ser un asunto de Estado en cada nación.

¿Por qué hemos llegado a esta situación, qué se ha hecho mal o qué no hemos modificado adecuada o suficientemente? Desde mi punto de vista tenemos problemas de diagnóstico, de periodización histórica y, desde luego, de importantes asignaturas pendientes que se hace urgente superar.

En primer lugar, hemos puesto un énfasis excesivo en materia de reglas para acceder al poder y nos hemos preocupado muy poco por las que regulan el ejercicio del poder y menos aún de generar nuevas para garantizar la participación democrática de la ciudadanía, cuando en estos dos últimos aspectos reside la posibilidad de la transformación real de un régimen político.

Se ha hecho un diagnóstico equivocado, se pretendió que bastaba con hacer que el voto contara y se contara para que la democracia penetrara al poder y con ella la representatividad de la voluntad ciudadana, como parte indisoluble de la toma de decisiones públicas. No se comprendió que el procedimiento no otorga el poder, porque solamente formula y ordena la lucha de las fuerzas políticas en el marco de un pacto en lo fundamental, por todos aceptado y respectado. Fue un error grave que ha costado muy caro, que todavía no se resuelve y que estuvo a punto de ser todavía más amenazador.

El pasado dos de julio de 2006, esta confusión nos costó la vulneración del sistema electoral y por muy poco haber caído en una crisis constitucional; hoy continúan sus secuelas  no resueltas de polarización y encono en el ámbito nacional y en el local, donde elección tras elección se asiste a la crónica de un conflicto anunciado. Es necesario aprender la lección, de nada sirve volver a ordenar el sistema electoral, -que desde luego resulta imprescindible para superar sus daños actuales-, si no se actúa sobre el pacto político que detenta el poder real, a través de modificar las reglas de su ejercicio y con ello la posibilidad de inducir su renovación.

Si no se modifican las reglas de ejercicio del poder no se podrá avanzar en múltiples problemas de la agenda política nacional, tales como la democracia interna en los partidos políticos y la garantía de representatividad ciudadana en el quehacer de los mismos. Es muy claro que los partidos políticos no podrán cambiar, si no cambian primero las reglas de ejercicio del poder del régimen político y tampoco cambiará la relación que estos guardan con la sociedad. No se podrá superar la urgente necesidad de contar con mayorías estables, ni con un Estado fuerte y eficaz y el país seguirá caminando del zigzag a la parálisis, imposibilitado para definir un rumbo mayoritariamente sustentado y las políticas públicas, el gasto público y también el ingreso fiscal, seguirán resolviéndose entre enterados, haciendo cada vez más difícil no sólo su legitimidad ciudadana y política plural, sino desde luego su eficacia. Si no se cambian las reglas de ejercicio del poder, no se podrá reformar el poder, ni tampoco incrementar la capacidad incluyente de nuestra política.

En segundo lugar, se ha aceptado con muy poca reflexión, una periodización histórica de la transición a la democracia, que identifica solamente dos fases, el orden del antiguo régimen de partido hegemónico surgido de la Revolución y el orden de la democracia en construcción, resultante del arribo de la alternancia. Es una periodización que atiende más a la permanencia de las siglas del PRI en la Presidencia de la República hasta el año 2000, que a la transformación de las pautas reales de organización que tiene lugar en el modelo mexicano. Una vez más hay un sesgo en los analistas de corte profundamente electoral que vuelve a privilegiar las reglas de acceso al poder por encima de su ejercicio.

Desde nuestro punto de vista, en el período de la transición, hay tres fases y no dos, la primera está definida por las acciones del Régimen Político de la Revolución para renovar su andamiaje institucional y permanecer inalterado en el poder. Esta fase termina con la crisis fiscal de 1982 que marca la derrota del antiguo régimen. A partir de ahí se inicia otra fase caracterizada por los intentos de modernización nacional bajo los principios del Consenso de Washington, estructurados después por el Banco Mundial. Si bien esta fase fue impulsada por el PRI, en tanto que partido en el poder, lo hizo siguiendo una brújula muy distinta[7] a sus posiciones históricas.

Esta fase termina hacia finales de los noventa con el comienzo de la crisis del denominado modelo neoliberal, misma que habrá de profundizarse coincidiendo con el triunfo de la alternancia. Este último aspecto no tiene nada que ver con la crisis de ese modelo, aunque sí con sus fallidos componentes políticos que terminaron por contaminar el sistema electoral a lo largo de los seis años que se inician en el 2000 y en particular en el 2006.

Este pequeño debate sobre la periodización no es un asunto menor puesto que de ahí pueden derivarse dos conclusiones distintas. Si se atiende a la definición de dos fases: antiguo régimen y democracia, programáticamente se deduce que la problemática que afrontamos exige profundizar la ruta actual para superar los retos. Si por el contrario, se acepta la definición de tres fases, entonces se ubica que el Estado y la economía fallidos y los problemas que de ahí surgen, se refieren al fracaso de la propuesta neoliberal que se puso en práctica para modernizar ambos, a la capitulación del antiguo régimen, cuestión que sucedió hace mucho tiempo. Luego entonces, la recomendación no es desde luego ni reeditar lo que ya no existe, ni tampoco proseguir por donde vamos, sino darnos tiempo para encontrar una vía distinta.

En tercer lugar y como veremos más adelante, la gran asignatura pendiente es no haber iniciado la construcción del nuevo régimen político de la democracia y seguir gobernándonos entre las ruinas del antiguo régimen y los desatinos de las fallidas propuestas neoliberales de régimen político. Esa asignatura pendiente determina buena parte de nuestros problemas y daña los avances que en otros campos hemos podido dar, es hora de decidirnos a cambiar de fondo. Esa asignatura pendiente determina los contenidos actuales de la Reforma de Estado, que tampoco hemos querido dejar avanzar
Es decir, con base en lo anterior, es posible afirmar que la base de la polarización que México vive y cuyas fuentes aquí debatimos, tienen un origen estructural inherente a la inacabada Reforma del Poder[8] que, la Transición Democrática mexicana, ha sido incapaz de hacer avanzar. Es decir, la democracia en México ha evolucionado integrada a su componente electoral, pero ha hecho muy poco para desmontar la estructura de poder previa y crear una nueva acorde con la emergencia de las nuevas condiciones y de sus actores. Los actores de la alternancia ingenuamente supusieron que el cambio de colores y siglas en la casa presidencial de Los Pinos, y la integración vario pinta del Congreso, eran motivo suficiente para declarar la conclusión del cambio y se olvidaron de promover dos razones centrales que lo explican y aseguran la conclusión de lo antiguo y el real advenimiento de lo moderno: la confección de un nuevo pacto de poder y, en consecuencia, el advenimiento de una nueva constitucionalidad.

En consecuencia, las relaciones de poder dominantes siguen siendo arcaicas y funcionales al Oligopolio de los Beneficios, antes mencionado, y han tenido la capacidad de pervertir incluso los avances en materia electoral. Son la fuente del deterioro sufrido en la credibilidad de las muy costosas instituciones electorales, de la partidocracia cupular que todavía agobia al sistema de partidos y del muy escaso progreso en la imprescindible construcción de ciudadanía, o sea de la ineficacia de nuestra democracia para asegurar la gobernabilidad entendida como la capacidad institucional para absorber las tensiones provocadas por el movimiento cotidiano de la sociedad.

Por ello, en el contexto de la Transición a la Democracia, el principal peligro para la gobernabilidad del sistema, radica en su grado de incapacidad para acercar la voluntad de un diverso número de actores que pueden imponer su veto en una amplia gama de asuntos vinculados al ejercicio de gobierno. Entre mayor sea este y mayor la distancia ideológica entre ellos y menor la posibilidad de acercarlos, es también menor la probabilidad de producir leyes significativas y políticas eficaces.

El arcaísmo en las relaciones de poder en México, entroniza su pervivencia como producto inmediato del debilitamiento del estado que transfiere parcelas de poder completas a los denominados poderes fácticos que nutren, con sus interés y relaciones de complicidad, la vigencia de un pacto de poder disfuncional a la democracia mexicana e impiden su modificación, constituyendo así la principal fuente de la polarización que vivimos. Se conforma una especie de embudo excluyente que limita la permeabilidad social en la creación y el  acceso a las oportunidades, una pesada loza de minorías poderosas que limita la movilidad política, económica, social y cultural en el sistema. Incluso la propia interlocución del estado con la sociedad ha sido crecientemente subordinada al control de los medios de comunicación privado, concesionados por el propio estado. Pareciera que el insuficiente cambio solo le quitó lo filantrópico al ogro y ahora, ante su manifiesta ineficiencia para garantizar la seguridad, hasta lo ogro.

Por eso la superación de la polarización estructural que sufrimos, obliga a nuestra democracia a realizar una refundación política de México, una victoria de la proclamada reforma del poder hasta ahora pospuesta. Sin embargo hay que reconocer, que el escenario nacional del cambio está marcado por el debate protagonizado por dos grandes grupos políticos que se encuentran todos los partidos y en general todo el ámbito de lo público: los conservadores y los transformadores[9]. Los primeros están mejor posicionados que los segundos en la toma de decisiones del poder, lo cual exige modificar esa correlación de fuerzas en favor de la reforma para poder avanzar.

Hacerlo desde los partidos políticos es el camino más sólido, pero también el más largo, está directamente correlacionado con el éxito de la muy lenta y continuamente obstaculizada democratización interna de los institutos políticos y su reconversión mixta en partidos de causas, además de ideológicos que, entre retrocesos, avanza con enorme lentitud y no hay mucho tiempo, tenemos la urgencia de conformar la nueva gobernabilidad a la vuelta de la esquina. Tampoco podemos confiar en la acción del Poder Legislativo, también controlado por el conservadurismo partidista, en medio de la creciente presión de los poderes fácticos. Por ello pareciera que, en nuestras condiciones, el ámbito de la opinión pública es el camino más libre para poderlo lograr, aunque a la larga el menos sólido y por eso habrá que otorgarle solamente un papel detonador.

Por otro lado, el conjunto de reflexiones y propuestas constitucionales que acostumbramos denominar Reforma del Estado para apuntar la integralidad del cambio, aparece como un concepto útil para insistir en el carácter estructural de las nuevas formulas que requerimos, siempre y cuando se concentre en discutir temas relativos a la construcción del nuevo Régimen Político o a impulsar la Reforma del Gobierno[10].
Hay que recordar que transitamos del país cerrado que privilegiaba su homogeneidad, al país abierto que trata de organizarse en la heterogeneidad. Por ello, el punto más conflictivo de este proceso es definir y poner en práctica un proyecto ordenado de nación que cuente con el apoyo de una mayoría política construida y pueda entonces con certeza, orientar el rumbo de la nación y abandonar esta dura etapa de la débil democracia por el camino de la profundización de la democracia, cerrando el paso a toda tentación autoritaria que pretenda presentarse como solución ante la desesperanza que provoca la parálisis en la edificación del cambio.

Finalmente, en este apartado me gustaría comentar una percepción personal: en materia de transformaciones históricas los mexicanos hemos sido muy buenos en tres cosas: en cambiar a destiempo y a contra ritmo con el mundo; en cambiar por medio de la guerra, a través de revoluciones que nos recuerdan que necesitamos correr porque estamos a destiempo; y en cambiar impulsando fórmulas autoritarias de gobierno que nos permitan organizar la reconstrucción del cambio, para ya no perder más tiempo. Ahora tenemos enfrente una oportunidad final, inaplazable, para alejarnos de esa tradición y volver a la senda del cambio a tiempo, poniendo el reloj del estado en la hora del reloj de la sociedad y ambos relojes con el tiempo de mundo; tenemos la posibilidad de hacerlo en la paz generalizada; y de hacerlo consolidando la democracia. A los hombres y mujeres de esta época nos toca disponer y a la historia que escribirán nuestros hijos, les tocará juzgarnos.



México: ¿Qué Reforma del Estado?
Una multiplicidad de autores coincide en señalar que la Reforma del Estado tiene un significado muy amplio, no sólo incluye una gran cantidad de políticas públicas en distintas materias: económica, social, administración pública, electoral, además del gobierno interior y de sus relaciones con el exterior, entre otros aspectos, sino que también atiende a la funcionalidad, equilibrios y eficacia del propio diseño institucional del Estado.  

De ahí que para comprender el significado de Reforma del Estado, no sólo en el terreno de lo conceptual, sino particularmente respecto de las acciones que los actores políticos desarrollan en su nombre, es necesario precisar al menos cuatro cuestiones:

  1. ¿Cuáles los retos y cuál es su contexto?,
  2. ¿Cuáles son los tópicos a reformar?,
  3. ¿Qué tan diversas son las propuestas que hacen para tal fin los actores políticos y, en su caso, cuál es el grado de cercanía o lejanía que guardan entre sí?,
  4. ¿Cuál es la profundidad de esas reformas, sólo son legales o transforman el ámbito constitucional? 

Es decir, toda vez que estas reformas tienen un carácter inductivo y son resultado de la voluntad política de atender, de acuerdo con los paradigmas dominantes, a la fortaleza, funcionalidad y eficacia social del Estado, es importante conocer los requerimientos de la nación que las propician a cada momento de su desenvolvimiento.

De esta manera, es importante considerar si el proceso de Reforma del Estado en cuestión, es el resultado de una transición institucional o de una circunstancia político-militar; si el énfasis está puesto en los aspectos económicos, sociales, administrativos, electorales o de gobierno; y si sus acciones legislativas atienden a modificar leyes secundarias o principios fundamentales.

En México bien se puede afirmar que la Reforma del Estado es un largo proceso de avances, parálisis y retrocesos que, a lo largo de distintas estaciones, tiene su origen en la necesidad de renovar los causes de participación pública y expresión política de la nueva diversidad social surgida de los esfuerzos modernizadores de la propia Revolución.  Es decir, es el producto de la intencionalidad de cambio provocada por la interacción de dos polos: la presión opositora de los segmentos más modernos de la sociedad y la respuesta diferenciada, más o menos permeable, de quienes a cada momento detentan el poder, con el objetivo final de garantizar la gobernabilidad y por tanto la permanencia de su mando. Es evidente que hasta ahora, la Reforma del Estado ha sido resultado de la convicción pacifista de una amplia mayoría de mexicanos que han preferido la vía del cambio institucional.

Aunque no entendida como tal, se pueden ubicar motivaciones hacia lo que hoy se llamaría Reforma del Estado, en los síntomas de rechazo al sistema que se suceden hacia finales de los años cincuenta y que se agudizan al final de los años sesenta. Es hasta los últimos años de la década de los setentas y sobre todo a finales de la siguiente década que su agenda adquiere el carácter dominante de Transición a la Democracia.

El proceso denominado Transición a la Democracia, puede situarse en 1977 con el comienzo de la concreción de sucesivas reformas político-electorales incluyentes, propiciadas tanto por la presión de las oposiciones y de la sociedad, como por la inteligencia reformista del propio régimen, que culminarían hacia 1996 con una reforma electoral que entonces se llegó a llamar última o definitiva.

Adicionalmente, también al final de los setentas, por primera vez se mezcla y se confunde, la Reforma del Estado, con una noción de reforma administrativa del Estado mexicano, que entonces tenía la finalidad de hacer más eficiente al sector público ante los requerimientos de la otrora “administración de la abundancia”, sin pasar por la descentralización del control de los procesos y manteniendo la economía mixta y la rectoría del Estado.

A partir de la crisis fiscal de 1982 y las posteriores políticas de ajuste y reforma estructural del modelo económico, así como de la crisis político-electoral de 1988, se entronizan dos propuestas que se entreveran para determinar las nuevas relaciones entre estado y sociedad: reducir el tamaño del estado y avanzar en el camino de la alternancia electoral.

De esta manera, la Reforma del Estado caminó de nuevo por dos avenidas dominantes, la electoral y la económica-administrativa. En esta segunda avenida, se volvió a confundir la Reforma del Estado con la reforma administrativa del estado, pero ahora bajo los supuestos del “Consenso de Washington”, en contra del estado obeso y su “necesario redimensionamiento” en favor de la exaltación del mercado; un aspecto que terminó de consolidarse durante el sexenio del presidente Zedillo.
El arribo de la alternancia electoral, coincidió con la consolidación de las reformas neoliberales y también con el comienzo de la crisis del modelo. La democracia mexicana mostró que estaba constreñida a su faceta electoral, que presentaba un sesgo excesivamente mercadotécnico, y que no era capaz de crear mayorías gobernantes determinando que en México ganar es aspirar a lograr el tercio mayor de la votación.

De esta manera, la democracia mexicana muy pronto comenzó a mostrar signos inequívocos de insuficiencia funcional que la amenazan y obligan a considerar que la Transición esta muy lejos de haber concluido y que es apremiante iniciar una nueva etapa de la Reforma del Estado.

No era capaz de conformar mayorías estables que permitieran su eficacia. Se sobredimensionó su perfil electoral y el peso de los partidos políticos, obstaculizando su desarrollo y el fortalecimiento de la participación ciudadana y, por tanto, dañando la representatividad.

En términos de Norberto Bobbio, es necesario revisar las instituciones que regulan la lucha por el poder y el ejercicio del mismo, así como los valores que animan la vida de tales instituciones. Es necesario revisar el régimen político e iniciar un proceso de Reforma del Poder y consecuente nueva constitucionalidad que permitan concluir la inacabada Transición y robustecer nuestra débil democracia.

Entre 1977 a 1996, la Reforma del Estado transitó sobre el diseño y la construcción de tres ruedas de un carro que requería cuatro, estas permitieron el conveniente desplazamiento del proceso de cambio iniciado, pero resultaron insuficientes para concluirlo, hacía falta construir la cuarta rueda:

ü  La primera rueda, fue el reconocimiento a la necesidad de fortalecer la pluralidad en el sistema de partidos y de privilegiar su carácter de organizaciones ciudadanas de interés público, -que no entes públicos-, sujetas al financiamiento del Estado;

ü  La segunda, fue la consecuente ampliación de las formas de representación legislativa estimulando la opción proporcional;

ü  y, la tercera, fue la nueva normalidad de las urnas bajo parámetros de seguridad, para garantizar la confiabilidad del proceso electoral al asegurar que el voto contara y se contara.

La cuarta rueda constituye el gran aspecto no resuelto de la política nacional y fuente constante de conflicto en nuestra vida pública antes mencionada: la inacabada Reforma del Poder. La necesidad de edificar un nuevo pacto de poder y de gestionarlo mediante una arquitectura política adecuada a los requerimientos de la naciente democracia en el siglo XXI. De esto se trata la Reforma al Régimen de Estado y de Gobierno.

Es decir, hasta ahora la Reforma del Estado, en la época moderna de México, ha transitado por dos etapas y debe concluir una tercera consistente en:

  1. Reanimar la capacidad institucional del antiguo régimen para absorber las tensiones políticas y sociales generadas por su insuficiente trasformación frente a las demandas de una sociedad trasformada y los requerimientos administrativos de la “abundancia”;

  1. Reducir el tamaño del Estado, concomitante a los lineamientos del “Consenso de Washington” y sus propuestas gerenciales, y la necesidad de avanzar hacia una firme alternancia electoral; y ahora

  1. La nueva etapa, superar las inercias del antiguo régimen y las insuficiencias de la propuesta neoliberal, para el logro de una eficaz gobernabilidad democrática, de una democracia de resultados que otorgue certidumbre a la nación y una real participación de la sociedad en la toma de decisiones.

En síntesis: ¿Qué Reforma del Estado necesita México hoy?, aquella que promueva la construcción del Régimen Político de la Democracia, a partir de instrumentar un nuevo pacto de poder y nuevas reglas para su ejercicio. Un Pacto Mayoritario de Minorías Activas que dote a la nación de mayorías estables para alcanzar acuerdos en lo fundamental, permita superar el desacuerdo en que vivimos y, en consecuencia, neutralizar la polarización estructural que padecemos.

Una Propuesta…
En el marco de los trabajos auspiciados por la Ley para la Reforma del Estado, cuya vigencia fue de un año a partir del 13 de abril de 2007, tuve la oportunidad, en mi calidad de Consejero de la Presidencia de la Comisión Ejecutiva de Negociación y Construcción de Acuerdos del Congreso de la Unión (CENCA) de elaborar una propuesta de reforma al actual Régimen de Estado y de Gobierno. A manera de cierre de estas notas de exposición, me permito presentar una versión de la misma como un ejemplo concreto de propuesta para avanzar en la cuestión que aquí hemos tratado.

Hay que recordar que este reciente ejercicio de Reforma del Estado arrojó un total de 6,188 propuestas distribuidas en los cinco grandes temas que conformaron su agenda de trabajo: Régimen de Estado y de Gobierno; Democracia y Sistema Electoral;  Federalismo;  Reforma del Poder Judicial; y Garantías Sociales. Sobre el tema Régimen de Estado y de Gobierno se recopiló un rico acervo de 752 propuestas, poco más del 12 por ciento del total, 185 correspondieron a los partidos políticos y 567 a la ciudadanía. De entre ellas destacan tres por contar con el pleno consenso de todas las fuerzas políticas y de la sociedad participante en los foros de consulta pública: construir mayorías estables; propiciar una mayor colaboración entre poderes; y lograr una mayor eficacia política en las acciones ejecutivas y legislativas, todo ello en el marco del pleno respeto a la diversidad de la democracia.

Abordar la posibilidad de reformar el Régimen de Estado y de Gobierno, no obstante que por su calidad estratégica merezca una atención especial y exista una extendida consciencia de ello, despierta toda clase de suspicacias y resistencias, sin importar que su solución, de asumirse con claridad, definiría sin duda, que nuestra política ha alcanzado un mayor grado de desarrollo y de capacidad para afrontar los retos que le propone la armonía nacional. Tal vez esos sea una manifestación más de aquel asunto de la correlación de fuerzas entre conservadores y reformadores favorable a los primeros, líneas arriba comentada, pero lo cierto es que para frenar su avance, los sectores más radicales de todos los partidos hacen gala de recursos y los moderados, hasta ahora, no han hecho valer su posición con la fuerza necesaria para estimular algún adelanto.

Desde nuestro punto de vista, existen varios problemas cuya existencia contribuye a hacer conflictivo el desahogo de este tema entre las fuerzas políticas:

  1. El primero es discutir las soluciones confrontando modelos teóricos o de derecho constitucional comparado, lo cual lleva a conformar grupos discordantes de baja interlocución, cada uno con argumentos válidos, que en su desempeño culminan enfrentados en un ejercicio que propicia la radicalidad y un dejo de confusión que  falsamente supone no contar con los elementos conceptuales suficientes para construir una toma de decisión positiva, cuando justamente el reto esta en seleccionar de entre el enorme bagaje conceptual los insumos para construir un modelo incluyente.

  1. El segundo consiste en no separar la discusión técnica de la discusión del poder, es decir, pretender que no es posible alcanzar un consenso técnico en una propuesta viable, cuando en realidad la dificultad surge de no asumir y llamar así por su nombre, que las condiciones políticas o, más bien, de lucha y armonía política no están suficientemente maduras para que las fuerzas políticas se acerquen a un pacto de poder y en consecuencia abocarse a construir ese ambiente.


  1. El tercero, no asumir que la construcción de un nuevo régimen político es un asunto que se puede extender por décadas, pero que lo importante es comenzar y hacerlo echando mano de responsabilidad, pragmatismo y seriedad conceptual articulados para lograr el éxito y estar a la altura de los retos de nuestro tiempo.

El método para avanzar es acercar diagnósticos y soluciones y hacerlo bajo el protocolo del máximo consenso posible, lo cual constituye un principio básico de realidad política del cual partir para avanzar con firmeza.

La proposición que a continuación se presenta demuestra que es posible técnicamente alcanzar la convergencia de posiciones en este tema y por ello fue elaborada a partir de las propuestas presentadas por los tres partidos políticos con mayor votación, PAN; PRI; PRD; desde el título mismo, deliberadamente amplio: FORTALECIMIENTO Y MODERNIZACIÓN DEMOCRÁTICA DEL RÉGIMEN PRESIDENCIAL CON PRÁCTICAS PARLAMENTARIAS, se exhibe con claridad esa intencionalidad. El PAN habla de fortalecer el régimen presidencial, el PRI también pero exige su modernización democrática y la mejor y mayor presencia del Congreso en el nombramiento de los encargados del despacho a nivel ejecutivo, en la conformación  de las políticas públicas y en el seguimiento y evaluación de su ejecución, y el PRD se pronuncia por darle al régimen político un mayor perfil parlamentario.

En ese sentido, el propósito de esta iniciativa es doble, dar respuesta a las tres propuestas antes mencionadas, cuyo diagnóstico y solución cuentan con pleno consenso:

1.      Estimular la construcción de mayorías estables,
2.      Facilitar una mayor colaboración entre poderes, y
3.      Asegurar la eficacia y representatividad ciudadana de la política.

Así como mostrar que técnicamente es posible construir un modelo incluyente que demuestra que las aparentes distancias que frenan el acuerdo no son tales, y que existen múltiples coincidencias a nivel de diagnóstico compartido y también de las propuestas de todos. Un instrumento que ya no deje espacio para suponer que todavía no tenemos un referente común de las concordancias o discordancias existentes entre las fuerzas políticas y que, por tanto, permita construir acuerdos.

Es documento que pretende ser el principio de un ejercicio de convergencia plural que por definición no esta  concluido, ni estará hasta que todas las fuerzas políticas así lo decidan y que llegado el momento, dado un cierto nivel de madurez de las condiciones políticas, permita asumir la decisión de enviarlo al proceso legislativo como iniciativa o de asumirlo como un documento que deberá continuar su proceso de discusión en nuevas instancias procesales.

El documento de trabajo en cuestión se compone de una primera parte consistente en una presentación gráfica que presenta el modelo propuesto y sus partes, y un segunda parte que se presenta en forma normativa, sugiriendo las modificaciones a los artículos correspondientes.



DOCUMENTO GRÁFICO


FORTALECIMIENTO Y MODERNIZACIÓN DEMOCRÁTICA DEL RÉGIMEN PRESIDENCIAL CON PRÁCTICAS PARLAMENTARIAS

























DOCUMENTO NORMATIVO


FORTALECIMIENTO Y MODERNIZACIÓN DEMOCRÁTICA DEL RÉGIMEN PRESIDENCIAL CON PRÁCTICAS PARLAMENTARIAS


VOTO DE CENSURA
Artículo 73. … (El Congreso tiene facultad:)
I. ...
II. Para censurar al Gabinete y al Jefe de Gabinete. El voto de censura deberá ser presentado cuando menos por la mitad de los miembros de alguna de las Cámaras y aprobado por el voto de las dos terceras partes de los diputados y senadores presentes en sus respectivas Cámaras. No se podrá presentar más de un voto de censura al año en cada Cámara;
III. a XXX. …

VOTO DE CONFIANZA
          El Presidente de la República podrá solicitar al Congreso un voto de confianza expreso para el Jefe de Gabinete y el Gabinete. Para tal efecto, el Jefe de Gabinete comparecerá ante el Congreso o la Comisión Permanente, quien se pronunciará sin debate, por el voto de la mayoría absoluta de sus integrantes y dentro de un plazo no mayor de setenta y dos horas, que empezarán a contar a partir de que el Congreso reciba la comunicación del Presidente de la República por escrito. En caso de haber transcurrido el plazo señalado y no hubiere pronunciamiento alguno, se entenderá que el voto de confianza ha sido otorgado.”
PREGUNTA PARLAMENTARIA
          A) “Los diputados y senadores al Congreso de la Unión tendrán el derecho a formular preguntas escritas y orales al Gobierno Federal, en el ámbito de la comisiones a que se encuentres adscritos, respectivamente.”

          B) “Los Grupos Parlamentarios en ambas cámaras del Congreso de la Unión tendrán el derecho a formular preguntas escritas y orales al Gobierno Federal.”

INTERPELACIÓN
          “Los diputados y senadores al Congreso de la Unión tendrán el derecho de interpelar al Jefe de Gabinete, los secretarios de estado, al Procurador General de la República, a los jefes de los departamentos administrativos, así como a los directores y administradores de los organismos  descentralizados  federales  o de las empresas de participación estatal mayoritaria, sobre asuntos relativos a la administración pública.”

NOMBRAMIENTO Y RATIFICACIÓN DEL GABINETE Y DEL JEFE, ASÍ COMO LA PROPUESTA DEL PROGRAMA DE GOBIERNO
El Presidente de la República someterá a la Cámara de Diputados la ratificación del Gabinete, del Jefe de Gabinete y del Programa de Gobierno, dentro de un plazo de diez días naturales a partir de su toma de posesión. Si la Cámara no resolviere en un plazo de diez días naturales, la propuesta que presentó el Presidente se tendrá por ratificada.
En caso de que la Cámara de Diputados rechace la propuesta presentada, el Presidente someterá una nueva propuesta, en los términos del párrafo anterior. Si esta segunda propuesta fuere rechazada, el Presidente de la República decidirá la integración del Gabinete, del Jefe de Gabinete y el Programa de Gobierno.

Artículo 74.  … (Son facultades exclusivas de la Cámara de Diputados:)
I. a II. ...
III. Ratificar al Gabinete, al Jefe de Gabinete y el Programa de Gobierno que someta a su consideración el Presidente de la República con el voto de la mayoría absoluta de los miembros presentes en sesión;
IV. a VIII. ...

REQUISITOS PARA SER PRESIDENTE
Artículo 82. … (Para ser Presidente se requiere:)
I. a V. …
VI. No ser Jefe de Gabinete, secretario o subsecretario de Estado, jefe o secretario general de Departamento Administrativo, Procurador General de la República, a menos de que se separe de su puesto dos años antes del día de la elección y seis meses antes en el caso de ser Gobernador de algún Estado; y
VII. …


FACULTADES Y OBLIGACIONES DEL PRESIDENTE
Artículo 69. A la apertura de Sesiones Ordinarias del Primer Periodo del Congreso podrá asistir el Presidente de la República y presentar un informe por escrito, en el que manifieste el estado general que guarda la administración pública del país. En la apertura de las sesiones extraordinarias del Congreso de la Unión, o de una sola de sus Cámaras, el Presidente de la Comisión Permanente, informará acerca de los motivos o razones que originaron la convocatoria.

Artículo 89. …  (Las facultades y obligaciones del Presidente son las siguientes:)
I. a XVI. …
XVII. Nombrar al Gabinete y al Jefe de Gabinete, con la ratificación de la Cámara de Diputados, y removerlos libremente;
XVIII. a XX. …

REQUISITOS PARA SER JEFE DE GABINETE
Artículo 91. Para ser Jefe de Gabinete o Secretario del Despacho se requiere: ser ciudadano mexicano por nacimiento, estar en ejercicio de sus derechos, tener treinta años cumplidos.




FACULTADES Y OBLIGACIONES DEL JEFE DE GABINETE
Artículo 92.
A. Todos los Reglamentos, Decretos, Acuerdos y Ordenes del Presidente deberán estar firmados por el Jefe de Gabinete y el Secretario de Estado o Jefe de Departamento Administrativo a que el asunto corresponda, y sin este requisito no serán obedecidos.
B. Las facultades y obligaciones del Jefe de Gabinete son las siguientes:
I. Preparar y convocar las sesiones del Gabinete;
II. Presidir las sesiones del Gabinete, en los casos de ausencia del Presidente de la República;
III. Coordinar las actividades de las Secretarías de Estado, Departamentos Administrativos y entidades paraestatales e informar al Presidente;
IV. Conducir las relaciones del Gobierno Federal con el Poder Legislativo Federal;
V. Tramitar los nombramientos que otorgue el Presidente;
VI. Asistir a las sesiones del Congreso al menos una vez por mes, alternativamente a cada una de sus Cámaras y en sus recesos a la Comisión Permanente, para informar de la marcha del gobierno, y en su caso, responder preguntas y atender interpelaciones, sin perjuicio de lo dispuesto en el artículo 93, párrafo segundo;
VII. Intervenir sin voto en las sesiones del Congreso cuando lo considere oportuno;
VIII. Elaborar la iniciativa de Ley de Ingresos y el Proyecto de Presupuesto de Egresos de la Federación y presentarlos ante la Cámara de Diputados;
IX. Ser el responsable del Programa de Presupuesto Anual;
X. Las que le delegue el Presidente, sin contravenir lo dispuesto por la Constitución, los tratados internacionales y las leyes, y
XI. Las demás que esta Constitución y las leyes establezcan.

FACULTADES Y OBLIGACIONES DEL GABINETE
C. Las facultades y obligaciones del Gabinete son las siguientes:
I. Conocer y opinar sobre la iniciativa de la Ley de Ingresos y el Proyecto de Presupuesto de Egresos de la Federación;
II. Analizar, discutir y definir las políticas públicas del Gobierno Federal;
III. Conocer y opinar sobre los proyectos de reglamento,
IV. Conocer y discutir las iniciativas de ley que el Presidente considere presentar al Congreso, y las observaciones a los proyectos de ley o decreto que éste le remita;
V. Conocer los tratados que el Presidente se proponga celebrar;
VI. Opinar acerca de la intervención del Ejecutivo en la operación de las entidades paraestatales;
VII. Firmar las iniciativas del Jefe de Gabinete en materia presupuestal, y
VIII. Las demás que esta Constitución y las leyes establezcan.
Artículo 93. El Jefe de Gabinete, los Secretarios del Despacho y los Jefes de los Departamentos Administrativos, luego que esté abierto el período de sesiones ordinarias, darán cuenta al Congreso, del estado que guarden sus respectivos ramos.
Cualquiera de las Cámaras podrá citar al Jefe de Gabinete, los secretarios de estado, al Procurador General de la República, a los jefes de los departamentos administrativos, así como a los directores y administradores de los organismos  descentralizados  federales  o de las empresas de participación estatal mayoritaria, para que informen cuando se discuta una ley o se estudie un negocio concerniente a sus respectivos ramos o actividades.
RESPONSABILIDAD DEL JEFE DE GABINETE
Artículo 110.- Podrán ser sujetos de juicio político los senadores y diputados al Congreso de la Unión, los Ministros de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, los Consejeros de la Judicatura Federal, el Jefe de Gabinete, los Secretarios de Despacho, los Jefes de Departamento Administrativo, los Diputados a la Asamblea del Distrito Federal, el Jefe de Gobierno del Distrito Federal, el Procurador General de la República, el Procurador General de Justicia del Distrito Federal, los Magistrados de Circuito y Jueces de Distrito, los Magistrados y Jueces del Fuero Común del Distrito Federal, los Consejeros de la Judicatura del Distrito Federal, el consejero Presidente, los Consejeros Electorales, y el Secretario Ejecutivo  del  Instituto Federal Electoral, los Magistrados del Tribunal Electoral, los Directores Generales y sus equivalentes de los organismos descentralizados, empresas de participación estatal mayoritaria, sociedades y asociaciones asimiladas a éstas y fideicomisos públicos.

Artículo 111.- Para proceder penalmente contra los Diputados y Senadores al Congreso de la Unión, los Ministros de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, los Magistrados de la Sala Superior del Tribunal Electoral, los Consejeros de la Judicatura Federal, el Jefe de Gabinete, los Secretarios de Despacho, los Jefes de Departamento Administrativo, los Diputados a la Asamblea del Distrito Federal, el Jefe de Gobierno del Distrito Federal, el Procurador General de la República y el Procurador General de Justicia del Distrito Federal, así como el Consejero Presidente y los Consejeros Electorales del Consejo General del Instituto Federal Electoral, por la comisión de delitos durante el tiempo de su encargo, la Cámara de Diputados declarará por mayoría absoluta de sus miembros presentes en sesión, si ha o no lugar a proceder contra el inculpado.

ARTÍCULOS TRANSITORIOS


PRIMERO.- El presente Decreto entrará en vigor el 1° de diciembre de 2012.

SEGUNDO.- Al entrar en vigor el presente Decreto, deberá expedirse la Ley Reglamentaria de la Fracción II del Artículo 73 de la Constitución General de la República e impulsarse las reformas y adiciones a la Ley Orgánica del Congreso de la Unión; Ley Orgánica de la Administración Pública Federal; Ley de Planeación; Ley Federal de Presupuesto y Responsabilidad Hacendaria y demás disposiciones legales aplicables en la materia, en un plazo no mayor de 60 días naturales, contados a partir de la fecha de la vigencia de este Decreto.





[1] Una tendencia que, desde nuestra perspectiva, debe ser calificada de estructural, no de coyuntural como proponen los análisis subjetivistas que reducen la ineficacia en la gobernabilidad, sólo a la incapacidad de los actores en turno.

[2] Por régimen político se entiende el conjunto de las instituciones que regulan la lucha por el poder y el ejercicio del poder y de los valores que animan la vida de tales instituciones. BOBBIO, Norberto; MATTEUCCI, Nicola y PASQUINO, Gianfranco: Diccionario de Política. Editorial Siglo Veintiuno Editores. Décima edición en español. México. 1997.

[3] En el mundo global, el acontecer político interno está cada vez más impactado por el externo, por lo que asegurar la vigencia contemporánea de la nación quiere decir también asegurar su capacidad para actuar como un agente con peso suficiente, proporcional a su tamaño, en las definiciones de la mundialización, lo cual exige en primer término garantizar la fortaleza del estado.


[4] El ejercicio del poder entendido cómo la acción de una específica correlación de fuerzas con propósitos estratégicos, organizadora y gestora del ámbito público, que se ejecuta a través de las reglas de un complejo entramado institucional, determinado cultural y temporalmente.
[5] Un cambio cualitativo propiciado por la voluntad de la sociedad, fecundado por ella misma y gestado en el propio antiguo régimen, gracias a la capacidad de este último para soportar la transición con la fortaleza de los acuerdos y de los pactos internos para asegurar la tolerancia institucional requerida.
[6] 24 millones de personas (48.5% de la PEA) tienen empleo formal y 19 millones de personas (39.8% de la PEA) tienen ocupaciones insatisfactorias; inestables, precarias o informales. El desempleo, utilizando la reclasificación del autor, asciende a 13.1%.  1 millón de nuevos mexicanos cada año y arriba de medio millón de emigrantes anuales. La meta sería crear más de 2 millones de nuevos empleos anuales.
 Márquez Ayala, David. Reporte Económico: El empleo. Eje del desarrollo. La Jornada. (México) 27 de Agosto, 2007.

[7] Estas reformas del Estado fueron inspiradas en la idea de fortalecer el mercado y reducir primero, para robustecer después, las capacidades estatales. Tendieron a confundir los instrumentos o paradigmas de gestión con los objetivos y estrategias de construcción y conducción política. Tuvieron un sesgo de carácter administrativo y gerencial, orientado a conseguir la eficiencia de un Estado selectivo, centrado en tareas fundamentales, y en poner límites a la arbitrariedad y a la corrupción. No tuvieron en cuenta las reglas del juego del régimen político vigente, ni tampoco la debilidad del marco político-institucional democrático, los procesos históricos y otras características. Estas ausencias limitaron el proceso de transformación que no contribuyó a generar reformas consistentes, coherentes y articuladas en el largo plazo. No se comprendió que las instituciones nunca son producto de un acto de voluntad aislado, sino el resultado de un proceso complejo de construcción social y que la construcción de capacidades estatales implica también un proceso de aprendizaje condicionado por el tiempo, la historia y el espacio. En síntesis, no se entendió que el gran reto de la Reforma del Estado es el cambio del modelo de desarrollo –y del modelo de Estado correspondiente– lo que no responde a una lógica instrumental. Implica un cambio de actores, de poder, de conocimiento, de habilidades y competencias, así como de modelos mentales y valorativos. En 1997 el Banco Mundial propuso un modelo de Reforma del Estado que denominó “Nueva Administración Pública”, basado en la autonomización de los servicios que presta el Estado, la competencia entre ellos, el control por parte de los consumidores y la contractualización de sus relaciones, es decir un modelo de gestión gerencialista. Ver más de este análisis crítico  en: Zurbriggen, Cristina. "La falacia tecnocrática y la reforma del Estado. A 10 años del informa del Banco Mundial". Nueva Sociedad. No. 210, Jul - Ago 2007. Buenos Aires, Argentina. Pp. 156 - 172
[8] Propuesta planteada por Luís Donaldo Colosio, cuya resolución aún sigue pendiente.
[9] Los conservadores ven al nuevo siglo con ojos del siglo pasado (o antes) para dejarlo todo igual o, lo que es lo mismo, darle la vuelta en sentido inverso a las manecillas del reloj de la historia y, los transformadores son aquellos que aceptan correr el riesgo de equivocarse al proponer nuevas soluciones para nuevos problemas, pero que sin duda acertarán más que quienes renuncian al cambio, porque ellos ya están de principio equivocados.
[10] Con frecuencia se tiende a olvidar que la política es el arte de lo posible y las recientes experiencias del trabajo legislativo así lo comprueban, particularmente respecto de las iniciativas en materia constitucional. Hay una relación directamente proporcional entre la concreción o especificidad de los asuntos y la disminución de las resistencias, lo cual facilita alcanzar los consensos necesarios para su aprobación. De ahí que normalmente la estrategia legislativa más adecuada sea concentrar la mayor energía política posible en identificar y negociar aquellos temas capaces de detonar transformaciones estructurales en cadena, más que intentar modificaciones integrales de entrada

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