INTERVENCIÓN
DE José Alberto Aguilar Iñárritu EN EL FORO SOBRE PRESIDENCIALISMO DE LA
ESCUELA DE ADMINISTRACIÓN PÚBLICA DEL DISTRITO FEDERAL
José Alberto Aguilar
Iñárritu:
El lunes pasado se inició este interesante foro y en esa ocasión se
establecieron de manera muy puntual los ingredientes que nos van a hacer falta
para dilucidar la mesa de hoy. Entre los puntos
mencionados se estableció, en
primer lugar, que nuestro régimen político, nuestro régimen de gobierno, tiene
características que estimulan la confrontación y no el consenso. Es decir, el
que gana, gana todo y el que pierde, pierde todo. Lo cual, se ha anotado muy
claramente, para efectos de gobernabilidad entra en contradicción con las
características de nuestra democracia, determinadas por una alta difusión
plural del poder. Aunque en su momento la mayoría de los analistas lo circunscribieron
sólo al advenimiento de la alternancia y a que el voto contara y se contara, el
saldo más importante del proceso transicional generado a partir de las reformas
de finales del siglo pasado, sobre todo la de 1996, fue precisamente eso: la
fraccionalización plural del poder.
Así se pasó de un régimen de partido
hegemónico a un estadio donde la realidad política se fraccionaba en una serie
de expresiones plurales en lucha por el poder. Su consecuencia inicial fue que a
partir de las urnas nadie obtuviera la mayoría absoluta, lo cual ha dado lugar
a la constante de gobiernos de primera minoría, con congresos divididos. Hasta
ahora nadie ha sido capaz de ganar las elecciones presidenciales con más de lo
que yo llamo “el 33 por ciento plus” y evitar así enfrentarse a un Congreso
“dividido”, donde a veces ni siquiera la primera minoría corresponde al
gobierno que logró la presidencia de la República y aunque hay quienes ahora se
plantean que pueden arrasar en las elecciones 2012, yo no creo que eso cambie,
al menos yo no lo veo.
Esta recurrente circunstancia
obligaría en primer término a modificar la premisa del que gana, gana todo y el que pierde, pierde todo, para solucionar: la
no resuelta la ecuación presidencialismo-multipartidismo, una sentencia con la
que muchos analistas sintetizan esta situación y que abre un debate entre
distintas posiciones que pueden agruparse en básicamente tres grandes conjuntos.
Un primer grupo que considera que no
hay que hacer nada, que el presidencialismo tal cual existe funciona y si algo
no opera se debe a un problema de personas, a un asunto de incapacidades, que
incluso siempre se pueden corregir aplicando recursos como “los arreglos de
recámara”, útiles para reparar aquello que no marcha bien. Éste es un grupo básicamente
conservador, no visualiza la necesidad de transformar la institucionalidad de
acuerdo con los requerimientos de la realidad.
El segundo grupo, consciente de los
problemas que implica gobernar en minoría, propone crear lo que yo llamaría
mayorías por decreto. Es decir, si el problema es que con el 33 por ciento plus
o 35 por ciento no logro tener una mayoría absoluta en el Congreso, bueno, muy
simple, vamos a resolverlo normativamente, trayendo a la palestra la vieja cláusula
de gobernabilidad de orígenes mussolinianos
y además derogar el tope de 8 por ciento para evitar la sobre representación ,que
surgió de la reforma de 1996, con la finalidad de garantizar un optima
representatividad política y social.
Esta propuesta evidentemente
generaría, en un régimen de fraccionalización del poder como el nuestro, un
proceso creciente de sobrerrepresentación, que “nos estaría llevando a una
etapa pre-Reyes Heroles”. Se soterraría el debate y se propiciaría el desprecio
e incluso el abandono del marco institucional por parte de los segmentos excluidos
por decreto quienes, desde luego, no sólo no colaborarían en favor de la
gobernabilidad del grupo o grupos beneficiados por estos decretos, sino que
buscarían abrir otras vías para llevar adelante su lucha por el poder político.
En este mismo grupo se ubica la
propuesta de la segunda vuelta, con desfase de un mes en la elección
parlamentaria, que para muchos analistas es un proceso parecido a un volado.
Teóricamente se piensa que los votantes le darían la mayoría absoluta en el Congreso
a la fuerza política que le otorgaron la Presidencia. Sin embargo, en el
análisis comparado esta teoría no se comprueba siempre en la práctica. De
acuerdo con análisis muy serios sobre las segundas vueltas en el mundo, una
cosa es clara: con este método se puede lograr mayoría congresual o no.
El tercer grupo está conformado por
una serie de propuestas cuyo común denominador es su apuesta por la política
para estimular la formación de las necesarias mayorías estables, a partir de
incorporar prácticas parlamentarias en el sistema presidencial: “sí, vamos a solucionar
el asunto las mayorías estables pero haciendo política”. Este grupo presenta distintos
gradientes de reforma al modelo presidencial, desde crear una relación más
funcional, responsable y colaboradora, entre el presidente y el Congreso,
fortaleciendo las potestades del primero y del segundo, hasta crear el presidencialismo
con gobierno de gabinete o el semipresidencialismo, sin olvidar que en forma
minoritaria, existe también en este grupo un ala que se pronuncia por ir
directamente hacia el parlamentarismo.
El primer planteamiento, que le
podemos denominar modelo de presidencialismo funcional, propone dotar al
presidente de mejores instrumentos para relacionarse con el Congreso por vía de
acordar un pacto legislativo expreso, para generar un equilibrio favorable a la
cooperación y colaboración entre poderes, al mismo tiempo que fortalecer al
Poder Legislativo y sobre todo profesionalizarlo, por lo que es compatible con
instituir gobiernos de coalición en forma optativa y la posibilidad de la
reelección consecutiva de legisladores.
Establece la necesidad de construir
varios instrumentos constitucionales para posibilitar adecuadamente la relación
Ejecutivo-Legislativo, entre ellas: la iniciativa legislativa preferente
del presidente; la potestad del de
emitir decretos legislativos sujetos a control por el Poder Legislativo; la
reconducción del presupuesto; el veto presidencial sobre leyes, precisar su
ejercicio; el veto presidencial sobre presupuesto; y el fortalecimiento de las
competencias de las comisiones congresuales. En síntesis es "mantengamos el régimen presidencial puro, pero mejoremos
la funcionalidad de su relación con el legislativo y la capacidad de control de
este último y seguramente todo funcionará mejor”.
La propuesta de modelo
presidencialista con gobierno de gabinete, le añade a la función de control del
Congreso, un denominado control intraorgánico del gabinete y establece la
obligatoriedad de los gobiernos de coalición cuando no se obtiene de las urnas
la mayoría absoluta en el Ejecutivo y sobre todo en el Legislativo. Este
planteamiento se puede resumir en la fórmula “mantengamos en el presidente de
la República el doble carácter de Jefe de Estado y de Gobierno, pero nombremos
un Gabinete y un Jefe de Gabinete a propuesta del presidente pero electo por el
Congreso.
El presidente de la República negocia
con el Congreso a través Jefe del Gabinete, -quien puede participar con voz
pero sin voto en las sesiones camarales-, y es el encargado de crear el Plan
Nacional de Desarrollo con la participación del Legislativo y de impulsar el
programa-presupuesto anual en interlocución con el Congreso. El jefe de
Gabinete es un subordinado del Presidente de la República, pero con una
legitimación en las Cámaras gracias a su ratificación o incluso a una suerte de
voto de confianza que, eventualmente puede equilibrase con la incorporación
también del voto de censura.
Entre
los instrumentos de gobierno y de control de gobierno del sistema
presidencial con gobierno de gabinete se configuran: el
reconocimiento constitucional del Gabinete del Poder Ejecutivo; la ratificación
del Gabinete por el Poder Legislativo, el reconocimiento constitucional del
Jefe de Gabinete; la ratificación del Jefe de Gabinete por el Poder
Legislativo; la desaprobación congresual de los miembros del Gabinete y del
Jefe de Gabinete; la remoción libre como potestad presidencial del gabinete
legal; el derecho del gobierno a hacer uso de la voz en el Congreso; la
iniciativa legislativa preferente del Presidente; la reconducción presupuestal;
la pregunta parlamentaria; la interpelación parlamentaria; el veto sobre leyes
precisando las condiciones de su ejercicio;
y la potestad de publicación de las leyes por el Congreso.
La otra propuesta, inscrita en este
grupo y que da nombre a este Coloquio: es el modelo semipresidencial. Este
también reconoce que no se puede seguir gobernando un país con gobiernos de
primera minoría, incluso, de segunda minoría, como ha pasado en el segundo
periodo del actual gobierno, ya que el partido del presidente Calderón sólo recibió
el 24 por ciento de los votos, algo inconcebible en cualquier parte del mundo.
En consecuencia propone que se separe
la jefatura de Estado y la jefatura de Gobierno; y que esta jefatura del
Gobierno sea pactada con el Congreso, una vez que las elecciones hayan
terminado, de acuerdo con los números que resulten de esas elecciones.
Pienso que recientemente se ha
tendido a confundir esta fórmula con el planteamiento de las coaliciones
inherentes a los cuatro modelos mencionados: sistema presidencial funcional;
modelo presidencial con gobierno de gabinete; modelo semipresidencial y sistema
parlamentario. Y creo que al respecto hay que ser muy precisos.
La coalición de gobierno es un
atributo necesario en los tres modelos de presidencialismo aquí descritos y
desde luego en el parlamentario. Sin
embargo, no es ese factor el que los diferencia. Menos aún el gobierno
semipresidencial no se resuelve por la estructuración de un gobierno de
coalición, —y estoy hablando de coalición de gobierno, ni siquiera me estoy
refiriendo a las coaliciones electorales, la mayoría de la cuales en México no
se traducen en una coalición gobernante—. La coalición de gobierno por sí sola
no bastaría para decir que ya cambiamos el régimen a un esquema
semipresidencial. Un régimen semipresidencial difícilmente pudiera tener funcionalidad si no hubiera la posibilidad de
la coalición, porque el jefe de Gobierno es precisamente el resultado de ese
acuerdo, de ese pacto, de esa manera de caminar en ese gobierno junto con las
directrices que se manejen desde la propia jefatura del Estado.
Es muy importante hacer este planteamiento
porque, —lo subrayo a partir de que en este debate que se generó el lunes en la
prensa—, muchos analistas quisieron ver en esto, lo voy a decir claramente, un
planteamiento “grillo”: a quién le sirve o a quién no le sirve electoralmente,
porque legislar en función de coyunturas personales o de grupo es una traición
a la patria. Y aquí nadie, al menos nosotros que hemos promovido esta discusión
en la opinión pública, no estamos planteando eso.
Estamos planteando un proceso serio
donde la coalición es una necesidad más no el todo, y qué bueno que hay
iniciativas en ese sentido en el Poder Legislativo, que nos permiten recordar
que las coaliciones de gobierno en México son un instrumento para reunir una
mayoría gobernante, después de emitido el veredicto del elector, y por tanto no
se relacionan necesariamente con una coalición electoral, además de que resulta
contra natura utilizar este concepto en sentido confrontacional. En este
sentido quienes las confunden favorecen una suerte de electoralización de las coaliciones de gobierno y las convierten en
bandera de un frente de unos contra otros, lo cual también encarece su
viabilidad.
En fin, es importante dejar muy
claro que las coaliciones de gobierno no superan en sí mismas la reforma del
gobierno y menos la del Estado, toda vez que son sólo un instrumento muy útil
de las mismas.
El denominado modelo
semipresidencial, a diferencia de los anteriores, propone la
separación entre la Jefatura de Estado y la Jefatura de Gobierno. La primera
corresponde al Presidente electo por la ciudadanía y la segunda, el Jefe de
Gobierno, posición que recae en un funcionario electo por el Congreso a propuesta
del Presidente, en concordancia con la correlación mayoritaria de fuerzas ahí
representadas.
Esta
última circunstancia consolida la relación de confianza política del
Gobierno con el Congreso quien además de su nombramiento, determina su
permanencia en el cargo. Las
competencias del Jefe de Gobierno se establecen en la Constitución y para ejercer
su función contaría con el nombramiento de un Gabinete reconocido
constitucionalmente, definido y votado por el Legislativo a propuesta suya.
Esta forma de Gobierno tiene por definición un carácter de coalición obligatoria que asegura la formación de
mayorías estables.
Entre los instrumentos de gobierno y
de control de gobierno del sistema semipresidencial se enumeran lo siguientes:
el reconocimiento constitucional del Gabinete del Poder Ejecutivo; la
ratificación del Gabinete por el Poder Legislativo; el reconocimiento constitucional
del Jefe de Gobierno; el reconocimiento constitucional de las atribuciones del
Jefe de Gobierno, entre las que se encuentra la potestad de iniciar leyes; la
aprobación del nombramiento del Jefe de Gobierno por el Poder Legislativo; la
moción de censura vinculante de los miembros del Gabinete y del Jefe de
Gobierno; el fortalecimiento de las competencias de las comisiones del Congreso
para evaluar la gestión del gobierno y participar en el proceso presupuestal;
el fortalecimiento de la potestad del Congreso de citar a comparecer al Jefe de
Gobierno y en general a los servidores públicos del Poder Ejecutivo, el veto sobre leyes precisando las condiciones
de su ejercicio, y la potestad de la publicación de las leyes por el Congreso
para superar el veto de bolsillo.
Ahora, dicho lo anterior, hay una
cuestión que también tiene que tratarse en este foro. Si bien estamos hablando
del proceso de reforma al Ejecutivo, mal haríamos en no considerar la reforma
al Legislativo. ¿Funcionaria alguno de los esquemas planteados, en particular
el semipresidencialismo, con el Congreso actual? Mi posición es que no.
Nosotros no podemos trabajar con un Congreso como el que tenemos hoy. Esta, como
todas las insuficiencias en la democracia, desde mi punto de vista, se resuelven
con más democracia, y el problema es que el Congreso no ha tenido la
posibilidad de vivir una real y trascendente modernización democrática y, en
ese sentido, es una víctima más que un victimario. Se sigue manejando con
estructuras, no digamos del siglo pasado, sino del siglo XIX. Visualizamos un
creciente proceso de cooptación, de captura del Congreso por parte de intereses
creados, empezando por las cofradías dirigentes de los mismos partidos
políticos, donde para poder acceder a un cargo en el Legislativo hay que estar
en el marco de su conveniencias y apetitos más inmediatos. Se ha dado mucha
libertad a la cofradías adueñadas de los partidos políticos, cuya
discrecionalidad lo mismo frena la posibilidad de la reelección, que abarata la
calidad de la representación política de la sociedad y de los mandos
partidarios.
Recordemos que la reelección se
quita en 1933, precisamente para fortalecer el presidencialismo en el marco del
naciente partido hegemónico y para debilitar tanto al Congreso, como a la
independencia de sus integrantes. Es decir, cuando se habla de la reelección,
debiéramos decir en México: restituir la reelección que la Constitución
preveía, para otorgar al legislador la posibilidad de la autonomía.
El Congreso también es afectado por
la creciente pérdida de representatividad de los partidos políticos con
respecto a las causas de la gente. De hecho, comentábamos en la antesala antes
de llegar a esta Mesa, que el ataque hacia el Congreso ahora, —que me parece
también fatal porque una democracia sin un Congreso no es tal—, tiene que ver
con la desesperación de los titulares del Poder Ejecutivo de los últimos años,
de alternancia para acá, de no poder superar las limitaciones de la no resuelta
ecuación presidencialismo-pluralismo ya referida, y entonces acuden al
expediente fácil, pero altamente peligroso, de decir “ataquemos al Congreso,
porque ellos frenan”. Y nos quedamos en ese afán.
La otra proviene de la percepción de
la gente que, con origen en la miseria de nuestra política actual poco servible
al ciudadano, dice: “bueno, es que no entiendo al Congreso, yo no veo en él
solución a mis problemas”. Lo cual también es propio de los partidos políticos.
En conclusión, tendríamos que hacer una revisión muy importante del Congreso
para que esto funcionara.
Un primer punto central es un
problema de transparencia y rendición de cuentas. El Congreso no puede ser
opaco. En la medida en que sea opaco tendrá menos libertad y eficiencia de los
propios legisladores. Dos, no debemos tener a los legisladores sometidos a esa
cosa rara que se llama Junta de Coordinación, que es mucho más autoritaria que
aquell Gran Comisión del partido hegemónico. Yo les recuerdo a ustedes, nada
más, en aquella época la Gran Comisión se integraba por 32 legisladores en la
Cámara de Diputados y por 29 en la Cámara de Senadores. Actualmente la Junta de
Coordinación está formada por los coordinadores de los partidos representados
y, en realidad, es una junta de tres, donde por voto paritario se determina
cuántas hojas hay que comprar o si hay que comprar papel de baño.
Es decir, definitivamente, un nivel
de autoritarismo brutal. La propia opacidad de las Comisiones afecta a los
diputados. Realmente nunca saben seriamente, dependiendo de los partidos, pero
en general no saben a dónde se fue el dinero o qué pasó con él.
Otro elemento central es la falta de
un estatuto de derechos y obligaciones de los legisladores y de un mecanismo de
cortesía y de disciplina interna, determinada por los propios legisladores.
Evidentemente también existe el
problema de la eficacia. Nosotros no podemos tener un congreso como el que se
requiere, por una operación de este tipo, si las comisiones no funcionan, si no
están fortalecidas, si no se les da, por ejemplo, incluso la posibilidad de
votar en primera lectura los procesos de iniciativa de ley.
Supuestamente las comisiones son
especializadas en los temas y tienen que llevar al Pleno temas que nadie
entiende y que terminan votando a quién sabe qué horas y “ya, vámonos, a ver
qué dijo el líder y lo votamos así y san se acabó”; cuando podríamos haberlo
resuelto en una comisión de la manera más sería e incluso darles fuerza en el
mismo Congreso en términos de comisiones de investigación, que se tienen muy
sueltas.
Es necesario fortalecer la autonomía
de la Auditoría Superior de la Federación para que ayude al esquema de la
transparencia de las cuentas en el propio Congreso. En fin, es una lista que no me quiero extender más, porque
da para mucho, pero sólo apunto,
simplemente, que se necesita modificar el Congreso.
Ahora, quiero referirme al tema de la
reforma del Estado. Como en general respecto de todas las reformas en este
país, la parálisis que sufrimos no deriva de que no sepamos qué pasa, no deriva
de que no sepamos que hacer; deriva básicamente del triunfo de un bloque
conservador, del arcaísmo sobre las posibilidades de la modernización
democrática y política de este país. Y ése es el problema de fondo. Para lograr
romper ese bloque se requiere de voluntad política, es decir, de un elemento de
fuerza política y de crear un frente contrario a dicho bloque, lo cual
desafortunadamente no se ha logrado. Y aquí yo haría mal en ponerle requisitos a
por dónde comenzar. Comencemos por donde se pueda, yo incluso he dicho que a la
mejor la primera reforma del Estado que nos detona las demás, es la reforma
fiscal, por ejemplo, que es la columna vertebral del Estado, el pacto básico
para mantener al Estado. Si tenemos que empezar por avanzar en estos procesos y
después ver el Congreso, o al revés, como sea, lo importante es avanzar.
El 2012 seguramente será un
referéndum entre las posibilidades de la restauración, y con esto no estoy
refiriéndome a un solo partido político, porque hay restauradores en todos; las
posibilidades del arcaísmo están en todos los ámbitos y obstaculizan a las
posibilidades de la modernización democrática de México, que ya nos merecemos. El
2012 por desgracia volverá a ser un confrontación entre fuerzas de la
tradición, no de la modernización, por ello será, esperemos, la última elección
del siglo XX.
José Alberto Aguilar
Iñárritu:
Empiezo por la pregunta que nos hace nuestro amigo. Muy sencillo. El Estado es
el representante político y jurídico de la nación, el gobierno es el conductor
del Estado. El Estado es el carro, el Gobierno el conductor. Aquí tenemos que
descubrir cómo mejorar el desempeño de encargado, del conductor y de eso se
trata este Coloquio. Yo creo que debemos precisar que estamos hablando de seleccionar
un modelo y los mecanismos para detonarlo.
Muy brevemente. México ha vivido en
sus 200 años de existencia, desde mi punto de vista, de tres pactos políticos
nacionales o pactos de poder, grandes contratos que determinan el rumbo
nacional, acordados por la mayoría de los actores relevantes o élites
nacionales de cada momento.
Los tres pactos de poder de los que
ha vivido México son: el pacto Guadalupe Victoria, que da inicio a la posibilidad
de la nación con la real independencia. Es el más reducido, pero muy importante
por su circunstancia. Después, el proceso Juárez-Díaz que le otorga un Estado a
la nación. Y después, el pacto Obregón-Calles-Cárdenas que posibilita el
régimen político de la Revolución y nos permite transitar con desarrollo buena
parte del siglo XX.
Este último pacto se agotó en 1982
en medio de una seria crisis fiscal que colapsó el antiguo régimen; desde
entonces hemos estado huérfanos de pacto. Se intentó en los años 90 un nuevo pacto
de poder, concomitante al proyecto de modernización emprendido, pero este terminó también en crisis en 1994, en
medio de un proceso que he denominado la modernización fallida.
Desde entonces ni siquiera hemos intentado
construir un nuevo pacto de poder durante estos diez años de alternancia. Lograrlo
nos permitiría enderezar el rumbo y conformar una democracia donde habría
adversarios que compiten pero también pactan y colaboran y no enemigos en una
confrontación de exterminio. Es necesario ordenar este combate que tenemos,
porque yo a una diferencia de Ricardo, si creo que vivimos un combate entre
enemigos, no una contienda entre adversarios, porque no estamos pactados.
Éste es uno de los elementos de lo
que tenemos aquí. Miren ustedes, lo que está en el debate de fondo de este
planteamiento, es el problema de tener un gobierno fuerte, precisamente porque
aquí, en esta Mesa, se ha establecido con toda precisión el asunto de los
poderes fácticos, legales e ilegales. Un gobierno débil, como el que tenemos en
este momento en su versión Ejecutiva, en su versión Legislativa y en su versión
Judicial, es pasto de esos poderes. En México padecemos un apoderamiento, una
cooptación, una captura de las instituciones por parte de estos poderes, lo
cual sin duda será uno de los ejes principales en el debate electoral del 2012.
Entonces, lo que estamos viendo aquí
es parte de ese debate. Cuando yo hablo de avanzar en la reforma fiscal, me
refiero a aquilatar su carácter de columna vertebral del Estado, al momento de
tratar de encontrar por dónde detonar el
cambio. No olvidemos que la Revolución francesa
se detona básicamente por una crisis fiscal, porque lo fiscal es el gran
pacto, el gran acuerdo que soporta al Régimen de Estado y de Gobierno.
Porque para definir quién pone,
cuánto pone para gastar, en qué, con qué transparencia y rendición de cuentas, hay
que ir a la base de esa columna vertebral del Estado.
México sufre el pacto fiscal de los
poderes facticos, no el pacto fiscal que requiere la República restituida. De
esto se trata este Coloquio, de hablar de cómo restituir la República, porque
no podemos seguir haciendo transitar los intereses generales del país o el
interés general de la nación por los reducidos espacios del interés particular
de unos cuantos poderes fácticos.
Esa es la crisis de la República en
la que vivimos, y es lo que da lugar, entre otras cosas, a que no se pueda
avanzar en lo que nos decía nuestro amigo Mauricio Merino, en términos de la
ética pública. Ahí la ética pública es pasto seco e inflamable, de estos
apoderamientos y de estas fracturas.
Yo me felicito el estar en esta Mesa
porque creo que es confluyente y muy enriquecedora de lo que estamos planteando
aquí. Yo no veo prácticamente contradicción en lo que se ha dicho aquí, veo que
se añade y se enriquece un planteamiento tan complejo como esto.
Cuando María Amparo Casar nos dice:
“oye, pero tú no puedes tomar partecitas que te gustan de un modelo y no otras
que no te gustan, sino que tienes que ser congruente en el diseño,
evidentemente”. Aquí de lo que se trata es que haya la voluntad política para
adecuar el régimen político y de una vez por todas terminar de enterrar esos
muertos insepultos del siglo pasado que todavía obstaculizan el progreso de la
nación. Para concluir la transición, vamos exigiendo un modelo.
Los regímenes políticos se construyen
para superar los obstáculos que afectan la vida pública, aquí se mencionó a
Francia. Francia es realmente el resultado de un gran rompecabezas construido
por su historia. Se fue armando como un diseño institucional hecho para
cualquier circunstancia hasta ahora conocida de la realidad francesa. Si no
funciona de un lado, funciona del otro, funciona de muchas maneras. Ese es el
régimen francés. Por eso no es cuestión importar a México una firma francesa,
es cuestión de entender cómo adecuar nuestro régimen político con base en la
superación de nuestros retos, como hasta antes de este largo impasse lo veníamos haciendo. Aquí hemos
tenido regímenes que no operarían en otro lado. ¿Cuál debemos tener ahora?
Bueno, hay forma de decidirlo de acuerdo con las premisas que ya se dijeron
aquí. Si la voluntad política existe, lo demás es diseñar el modelo
constitucional adecuado para lograr un Estado fuerte, un gobierno fuerte, que
permita atender esquemas como la seguridad para todos y una economía incluyente
y próspera.
La lucha por el problema de la
seguridad que tenemos en este momento, tendría otra cara si en vez de ser
planteado por un gobierno de primera minoría, con el 24 por ciento de los
votos, fuera planteado en el marco de un consenso nacional, de grandes actores
con una mayoría gobernante; respecto de la economía sucede exactamente igual.
Yo creo que, como dice Alejandro
Encinas, esto es un planteamiento también de partidos. No podemos avanzar en
este proceso si no tenemos un nuevo sistema de partidos, que responda también a
las nuevas realidades. El sistema actual de partidos surge de la época de Reyes
Heroles y se encuentra agotado.
Dicen que él iba a crear jaulas de
oro para sus pajaritos multicolores. Y yo entiendo perfectamente bien la
función de un secretario de Gobernación en el antiguo régimen, para darle oxigeno
al antiguo régimen, lo cual también sirvió para airear al conjunto de la
política nacional. Tenía para su momento una definición del poder correcta.
¿Pero eso es lo que necesitamos ahora? Yo creo que no. Necesitamos revisar como
hacer que los partidos políticos garanticen una mejor y mayor representación de
la gente.
Yo creo que, en efecto, el elemento
que nos recuerda Mauricio Merino: no olvidar el federalismo como un componente
central, la vida municipal. Además, son los ingredientes que esto debe tener.
Es decir, haciendo eco del esquema gradualista que nos planteaba Ricardo,
haciendo eco de que sí, en efecto, tenemos nosotros avances legales. Debemos
decidir si es gradualismo o maximalismo enterrar lo que se murió, para poderle asegurar
la vida de lo que nace, porque ya hace mucho tiempo que constatamos que lo que
nace no termina de nacer, y lo que muere no termina de morir. Esta es la
circunstancia que define el deterioro nacional de los últimos años y el fracaso
de estas élites que ahora se autodenominan generación
del bicentenario.
Yo sé que los mexicanos, y con esto
termino, somos buenos para tres cosas: somos buenos para cambiar a destiempo;
para cambiar por medio de revoluciones que nos recuerdan que hemos perdido
mucho tiempo, y para imponer gobiernos
autoritarios y no seguir perdiendo el tiempo. Hoy tenemos la posibilidad de
darle la vuelta a esa moneda. Ya no cambiar a destiempo y cambiar en el marco
de la democracia, pero para lograrlo sí debemos apurarnos un poquito más.
No hay comentarios:
Publicar un comentario