MÉXICO, UN INDECISO PAÍS DE AMÉRICA DEL NORTE
MESA AMERICA DE NORTE Y ASIA
J. ALBERTO AGUILAR IÑÁRRITU
JUNIO 6, 2012
Las
fuertes tradiciones hispana, anglosajona y francesa, que conformaron las
naciones de América del Norte, junto con una historia de hegemonía imperial y
de luchas contra esa dominación, hicieron de esta zona un espacio de relaciones
lejanas, en el que sus integrantes a pesar de estar intrínsecamente vinculados
por mucho tiempo y muchas veces a pesar de ellos, no terminan aún de
encontrarse y tienden al autismo en su estratégica relación, no obstante el
destino indisolublemente compartido que les depara el siglo XXI y que
indudablemente alcanzará a América Central, al Caribe y al Gran Caribe.
En un
mundo donde la economía determina la geopolítica del tercer milenio y exige a
las naciones asumir su dinámica integradora como dato central de su toma de
decisiones, para la mayoría de los habitantes de estas latitudes sigue pasando
desapercibida la importancia de encontrar los caminos que les permitan avanzar hacia
la reunión norteamericana, asunto que por fuerza pasa por definir una fórmula
que promueva y comparta equitativamente los beneficios de esa unión.
Sin
duda en América del Norte estamos llegando tarde a la evolución del mundo
global. Limitados por el intercambio comercial, la onerosa y crispante guerra
contra las drogas y el tema migratorio, seguimos siendo naciones incapaces de
reconocer a nuestros vecinos por encima de nuestra gafas nacionalistas y del
poderoso aldeanismo político y cultural que domina a las tres naciones
norteamericanas.
Seguimos
siendo vecinos distantes, unos más distantes que otros, si se habla
bilateralmente, pero al fin todos distantes si se trata de trilateralidad.
Sin
embargo cada vez es más clara nuestra interdependencia no sólo económica, que
ya tenemos muchos años en eso, sino ahora cultural, de seguridad y aún política
y electoral. México como expulsor de una
de las diásporas más grandes del mundo, es un agente que sin duda dinamiza esta
tendencia. Pero también lo serán los denominados baby boomers, particularmente de los Estados Unidos, que se jubilan
en decenas de millones y a los que sus 1500 dólares de gasto mensual en
promedio, así como la necesidad de las compañías de seguros de abaratar el pago
de su compromisos médicos, los impulsarán a buscar nuevos horizontes fuera de
su natal USA, teniendo como principales y naturales destinos a México y Canadá.
Otra
fuerza que impulsará la mayor integración de Norteamérica son justamente las
necesidades de mercado de la Europa en crisis, donde los Estados Unidos
seguirán siendo por mucho tiempo su principal destino y por tanto las
decisiones de localización continuarán pasando por México y Canadá, como es el
caso de las industrias de aéreopartes y automotriz, que a su vez, México en
particular tenderá a convertirse en un mercado de consumo para sus
exportaciones cada vez más importante.
Desde
luego el tema de Asia se cuece aparte, en particular el de China, porque aunque
de manera correcta todos los países de América del Norte, -en un patrón muy
distinto al de América del Sur-, seguirán ampliando su participación comercial
con ese gigante para equilibrar sus balanzas, es claro que la verdadera fuerza
de las naciones de Norteamérica respecto de Asia dependerá de su nivel de
cohesión regional económica e incluso social, y en materia de seguridad.
En
ese sentido, sin duda fue buena la decisión de México la de participar junto a
Estados Unidos y Canadá en el Acuerdo de
Asociación Transpacífico (TPP), pero la pregunta evidente es si eso ¿será
suficiente?, dada la tradicional propensión mexicana a firmar tratados comerciales
y a abrir su economía como si de ello dependiera su desarrollo, cuestión que ha
sido claramente cuestionada por la realidad.
Nuestra respuesta es que no es
suficiente, como tampoco lo sería impulsar una más fuerte integración de
América de Norte a partir de nuestra presencia activa y decidida, sin tapujos
ni simulaciones, si en México no nos proponemos superar una de las mayores
debilidades de nuestra estructura económica, a saber: la enorme dependencia que tiene nuestra capacidad exportadora de las
importaciones de insumos.
Es decir, todos nuestros esfuerzos
aperturistas e integradores serán inocuos cuando no contraproducentes, respecto
de nuestras necesidades de desarrollo nacional justo, sustentable, equitativo e
incluyente, si no damos un firme golpe de timón para interiorizar los
beneficios de la capacidad exportadora mexicana.
Hay cálculos que establecen que
México requiere importar cuatro de cada
cinco insumos que requiere para exportar, lo cual hace de nuestra economía un
paradójico modelo capitalista exportador cuya acumulación de capital es
exógena, es decir favorable a las economías que nos venden los insumos que
normalmente son aquellas donde concentramos nuestra exportaciones.
Mientras México no se proponga superar
su estatus maquilador a partir de apoyar la sustitución de importaciones en
condiciones de mercado abierto o sea de plena competencia, no sólo seguiremos
siendo un país exportador de mano de obra sobreexplotada, sino que no podremos
crecer de acuerdo con las necesidades de nuestra propia población y seguiremos
teniendo como agenda central en América de Norte el tema de la migración y de
la drogas, en tiempos del buy american
y de la firme presión de los sindicatos de E.U. en favor de la restricción
migratoria. Un camino desde luego falso, pero muy vistoso que al final sufren
nuestros paisanos y nuestro país que pierde su bono demográfico para que los
mexicanos en EU produzcan un PIB similar al nuestro allá.
El punto es comprender que el gran
reto de México no sólo es entrar en nuevos mercados por la vía jurídica de
liberar aranceles y someternos a otras disposiciones, -como el caso del ACTA-,
sino sobre todo internalizar o interiorizar nuestro propio proceso exportador para
facturar más valor agregado a partir de relanzar nuestras derruidas cadenas
productivas y convertir ese propósito en una política de Estado consistente en
el mediano y largo plazos.
Basta con imaginar que si redujéramos
uno de los cuatro insumos que importamos, estaríamos incrementando en 20 o 25 %
nuestra capacidad productiva con el concomitante efecto positivo en materia de
empleos, salarios, expansión de mercado interno y desarrollo científico y
tecnológico que ello implicaría.
Si hacemos esto, que al final
significa interiorizar la acumulación de capital que hoy beneficia al exterior,
México se encontraría en posibilidades de subir a la clase media a mucho más
gente, y de esta manera volverse súper atractivo no solo para Estados Unidos y
Canadá, sino para todo el mundo y avanzar en el sentido de supera el actual
alicaído estatus de la justicia social.
La intención debe ser no sólo
convertirnos en un polo atractivo para los países inversores de capital, sino
que a partir de conseguir una mayor sustentabilidad y fortaleza económica, podamos
elevar nuestra capacidad de negociación al interior de América del Norte y así hacer
valer nuestras posiciones en el creciente proceso de integración que viene. Así
podremos apoyar a América Central en su inclusión en ese proceso, al Caribe y
al Gran Caribe, en especial a Colombia y continuar hacia los países andinos y
nuestros aliados en América del Sur.
Integrarnos más en América del Norte,
no significa dar la espalda a América Latina sino reconocer que nuestra
dinámica económica más importante se realiza en este contexto del norte y que a
partir de él debemos retomar nuestra cercanía histórica, cultural y social
latinoamericana para convertirla en un baluarte económico también.
Es el mismo caso con Asía y con
Europa, las característica de las ventajas competitivas que seamos capaces de
fortalecer e impulsar en México, en el marco de nuestra mayor y mejor
integración norteamericana, nos darán las bases para aprovechar los beneficios
de nuestra obligada diversificación con esos mercados.
Integrarnos de manera decidida y
constante en América del Norte y ser promotores de su sentido trilateral, no
significa cancelar la diversificación de nuestras relaciones comerciales con el
mundo, pero tampoco avanzar en ellas quiere decir que debemos considerar
nuestra fuerte presencia norteamericana como un mal del que debemos escapar. Ya
es tiempo de comprendernos a nosotros
mismos en el marco de esa relación norteamericana y de superar la carencia como
gobierno y como país de no tener una visión, propuesta o proyecto para América
del Norte.
En síntesis, es momento de
preguntarnos y responder ¿qué hacer o qué hacemos con nuestra pertenencia a
América del Norte? Para lograrlo debemos realizar varias cuestiones:
·
Primero, abrir de manera clara y
transparente el debate político sobre nuestra integración para superar de una
vez por todas el cerco ideológico que la aprisiona e induce a realizarla de
manera soterrada y también para evitar que ese proceso sólo contemple las
prioridades del gran capital;
·
Segundo, necesitamos inducir en México un
mayor conocimiento sistematizado sobre nuestros vecinos y propiciar que ellos nos conozcan mejor; ya
es momento de superar los dañinos clichés con los que tendemos, en la ignorancia,
a definirnos unos respecto de los otros;
·
Tercero, debemos acostumbrarnos a pensar a
México por encima de nuestros atavismos y, sin hacer a un lado nuestros
problemas y menos su resolución, apropiarnos de la imagen objetivo del país que
queremos y podemos ser, toda vez que contamos con las condiciones necesarias
para constituir una de las cinco principales economías del mundo en los
próximos 20 o 30 años y de esa manera visualizar nuestra integración en el
contexto de Norteamérica;
·
Cuarto, es momento de aprender a producir
y a pensar en tres idiomas, los mismos de América del Norte y de definir
nuestra imagen en Norteamérica y de ahí lanzarla al mundo.
·
Quinto, asumir que este tema forma parte
también del capítulo insuficientemente resuelto de la construcción del México
democráticamente moderno del siglo XXI y por tanto debe formar para de la
urgente definición de un nuevo proyecto de país compartido que tanta falta nos
hace tener.
Finalmente, debe ser
claro que nuestros paradigmas para percibir a México en el mundo del siglo XX,
ya no son útiles para navegar en las procelosas aguas globales del XXI. Si no
nos podemos comprender en América del Norte, si no somos capaces de ubicarnos
en ese contexto y sacar la mayor ventaja de él, no nos podremos entender en el
mundo.
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