domingo, 31 de marzo de 2013

MÉXICO, UN INDECISO PAÍS DE AMÉRICA DEL NORTE


MÉXICO, UN INDECISO PAÍS DE AMÉRICA DEL NORTE
MESA AMERICA DE NORTE Y ASIA
J. ALBERTO AGUILAR IÑÁRRITU
JUNIO 6, 2012



Las fuertes tradiciones hispana, anglosajona y francesa, que conformaron las naciones de América del Norte, junto con una historia de hegemonía imperial y de luchas contra esa dominación, hicieron de esta zona un espacio de relaciones lejanas, en el que sus integrantes a pesar de estar intrínsecamente vinculados por mucho tiempo y muchas veces a pesar de ellos, no terminan aún de encontrarse y tienden al autismo en su estratégica relación, no obstante el destino indisolublemente compartido que les depara el siglo XXI y que indudablemente alcanzará a América Central, al Caribe y al Gran Caribe.

En un mundo donde la economía determina la geopolítica del tercer milenio y exige a las naciones asumir su dinámica integradora como dato central de su toma de decisiones, para la mayoría de los habitantes de estas latitudes sigue pasando desapercibida la importancia de encontrar los caminos que les permitan avanzar hacia la reunión norteamericana, asunto que por fuerza pasa por definir una fórmula que promueva y comparta equitativamente los beneficios de esa unión.

Sin duda en América del Norte estamos llegando tarde a la evolución del mundo global. Limitados por el intercambio comercial, la onerosa y crispante guerra contra las drogas y el tema migratorio, seguimos siendo naciones incapaces de reconocer a nuestros vecinos por encima de nuestra gafas nacionalistas y del poderoso aldeanismo político y cultural que domina a las tres naciones norteamericanas.

Seguimos siendo vecinos distantes, unos más distantes que otros, si se habla bilateralmente, pero al fin todos distantes si se trata de trilateralidad.

Sin embargo cada vez es más clara nuestra interdependencia no sólo económica, que ya tenemos muchos años en eso, sino ahora cultural, de seguridad y aún política y electoral.  México como expulsor de una de las diásporas más grandes del mundo, es un agente que sin duda dinamiza esta tendencia. Pero también lo serán los denominados baby boomers, particularmente de los Estados Unidos, que se jubilan en decenas de millones y a los que sus 1500 dólares de gasto mensual en promedio, así como la necesidad de las compañías de seguros de abaratar el pago de su compromisos médicos, los impulsarán a buscar nuevos horizontes fuera de su natal USA, teniendo como principales y naturales destinos a México y Canadá.




Otra fuerza que impulsará la mayor integración de Norteamérica son justamente las necesidades de mercado de la Europa en crisis, donde los Estados Unidos seguirán siendo por mucho tiempo su principal destino y por tanto las decisiones de localización continuarán pasando por México y Canadá, como es el caso de las industrias de aéreopartes y automotriz, que a su vez, México en particular tenderá a convertirse en un mercado de consumo para sus exportaciones cada vez más importante.

Desde luego el tema de Asia se cuece aparte, en particular el de China, porque aunque de manera correcta todos los países de América del Norte, -en un patrón muy distinto al de América del Sur-, seguirán ampliando su participación comercial con ese gigante para equilibrar sus balanzas, es claro que la verdadera fuerza de las naciones de Norteamérica respecto de Asia dependerá de su nivel de cohesión regional económica e incluso social, y en materia de seguridad.

En ese sentido, sin duda fue buena la decisión de México la de participar junto a Estados Unidos y Canadá en el Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP), pero la pregunta evidente es si eso ¿será suficiente?, dada la tradicional propensión mexicana a firmar tratados comerciales y a abrir su economía como si de ello dependiera su desarrollo, cuestión que ha sido claramente cuestionada por la realidad.

Nuestra respuesta es que no es suficiente, como tampoco lo sería impulsar una más fuerte integración de América de Norte a partir de nuestra presencia activa y decidida, sin tapujos ni simulaciones, si en México no nos proponemos superar una de las mayores debilidades de nuestra estructura económica, a saber: la enorme dependencia que tiene nuestra capacidad exportadora de las importaciones de insumos.

Es decir, todos nuestros esfuerzos aperturistas e integradores serán inocuos cuando no contraproducentes, respecto de nuestras necesidades de desarrollo nacional justo, sustentable, equitativo e incluyente, si no damos un firme golpe de timón para interiorizar los beneficios de la capacidad exportadora mexicana.

Hay cálculos que establecen que México  requiere importar cuatro de cada cinco insumos que requiere para exportar, lo cual hace de nuestra economía un paradójico modelo capitalista exportador cuya acumulación de capital es exógena, es decir favorable a las economías que nos venden los insumos que normalmente son aquellas donde concentramos nuestra exportaciones.

Mientras México no se proponga superar su estatus maquilador a partir de apoyar la sustitución de importaciones en condiciones de mercado abierto o sea de plena competencia, no sólo seguiremos siendo un país exportador de mano de obra sobreexplotada, sino que no podremos crecer de acuerdo con las necesidades de nuestra propia población y seguiremos teniendo como agenda central en América de Norte el tema de la migración y de la drogas, en tiempos del buy american y de la firme presión de los sindicatos de E.U. en favor de la restricción migratoria. Un camino desde luego falso, pero muy vistoso que al final sufren nuestros paisanos y nuestro país que pierde su bono demográfico para que los mexicanos en EU produzcan un PIB similar al nuestro allá.

El punto es comprender que el gran reto de México no sólo es entrar en nuevos mercados por la vía jurídica de liberar aranceles y someternos a otras disposiciones, -como el caso del ACTA-, sino sobre todo internalizar o interiorizar nuestro propio proceso exportador para facturar más valor agregado a partir de relanzar nuestras derruidas cadenas productivas y convertir ese propósito en una política de Estado consistente en el mediano y largo plazos.

Basta con imaginar que si redujéramos uno de los cuatro insumos que importamos, estaríamos incrementando en 20 o 25 % nuestra capacidad productiva con el concomitante efecto positivo en materia de empleos, salarios, expansión de mercado interno y desarrollo científico y tecnológico que ello implicaría.

Si hacemos esto, que al final significa interiorizar la acumulación de capital que hoy beneficia al exterior, México se encontraría en posibilidades de subir a la clase media a mucho más gente, y de esta manera volverse súper atractivo no solo para Estados Unidos y Canadá, sino para todo el mundo y avanzar en el sentido de supera el actual alicaído estatus de la justicia social.

La intención debe ser no sólo convertirnos en un polo atractivo para los países inversores de capital, sino que a partir de conseguir una mayor sustentabilidad y fortaleza económica, podamos elevar nuestra capacidad de negociación al interior de América del Norte y así hacer valer nuestras posiciones en el creciente proceso de integración que viene. Así podremos apoyar a América Central en su inclusión en ese proceso, al Caribe y al Gran Caribe, en especial a Colombia y continuar hacia los países andinos y nuestros aliados en América del Sur.

Integrarnos más en América del Norte, no significa dar la espalda a América Latina sino reconocer que nuestra dinámica económica más importante se realiza en este contexto del norte y que a partir de él debemos retomar nuestra cercanía histórica, cultural y social latinoamericana para convertirla en un baluarte económico también.

Es el mismo caso con Asía y con Europa, las característica de las ventajas competitivas que seamos capaces de fortalecer e impulsar en México, en el marco de nuestra mayor y mejor integración norteamericana, nos darán las bases para aprovechar los beneficios de nuestra obligada diversificación con esos mercados.

Integrarnos de manera decidida y constante en América del Norte y ser promotores de su sentido trilateral, no significa cancelar la diversificación de nuestras relaciones comerciales con el mundo, pero tampoco avanzar en ellas quiere decir que debemos considerar nuestra fuerte presencia norteamericana como un mal del que debemos escapar. Ya es tiempo de  comprendernos a nosotros mismos en el marco de esa relación norteamericana y de superar la carencia como gobierno y como país de no tener una visión, propuesta o proyecto para América del Norte.

En síntesis, es momento de preguntarnos y responder ¿qué hacer o qué hacemos con nuestra pertenencia a América del Norte? Para lograrlo debemos realizar varias cuestiones:

·         Primero, abrir de manera clara y transparente el debate político sobre nuestra integración para superar de una vez por todas el cerco ideológico que la aprisiona e induce a realizarla de manera soterrada y también para evitar que ese proceso sólo contemple las prioridades del gran capital;

·         Segundo, necesitamos inducir en México un mayor conocimiento sistematizado sobre nuestros vecinos  y propiciar que ellos nos conozcan mejor; ya es momento de superar los dañinos clichés con los que tendemos, en la ignorancia, a definirnos unos respecto de los otros;

·         Tercero, debemos acostumbrarnos a pensar a México por encima de nuestros atavismos y, sin hacer a un lado nuestros problemas y menos su resolución, apropiarnos de la imagen objetivo del país que queremos y podemos ser, toda vez que contamos con las condiciones necesarias para constituir una de las cinco principales economías del mundo en los próximos 20 o 30 años y de esa manera visualizar nuestra integración en el contexto de Norteamérica;

·         Cuarto, es momento de aprender a producir y a pensar en tres idiomas, los mismos de América del Norte y de definir nuestra imagen en Norteamérica y de ahí lanzarla al mundo.

·         Quinto, asumir que este tema forma parte también del capítulo insuficientemente resuelto de la construcción del México democráticamente moderno del siglo XXI y por tanto debe formar para de la urgente definición de un nuevo proyecto de país compartido que tanta falta nos hace tener.

Finalmente, debe ser claro que nuestros paradigmas para percibir a México en el mundo del siglo XX, ya no son útiles para navegar en las procelosas aguas globales del XXI. Si no nos podemos comprender en América del Norte, si no somos capaces de ubicarnos en ese contexto y sacar la mayor ventaja de él, no nos podremos entender en el mundo.










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