jueves, 22 de agosto de 2013

2012: LA ÚLTIMA ELECCIÓN DEL SIGLO XX Diciembre 12, 2011





Colegio de Profesores-Investigadores con Actividades Académicas Formales en Universidades Extranjeras de Excelencia, A.C. “COPUEX”



 2012: La última elección del siglo XX



J. Alberto Aguilar Iñárritu



Editorial Porrúa/Facultad de Derecho,
UNAM/COPUEX


Diciembre 12, 2011


 


Planteamiento del problema...

El tema que nos convoca: La sucesión Presidencial 2012 ¿Qué hacer para legitimarla, por qué, cómo y cuándo?, es relevante no sólo porque la renovación de la Presidencia de la República y del Congreso de Unión, además de la celebración de quince elecciones concurrentes, constituye un proceso mayor de  reproducción política del Estado mexicano[1]. Lo es también porque después de más de tres décadas de transición mexicana a la democracia, la pregunta explícita resulta al menos sorprendente y da lugar a formular varias preguntas implícitas, por ejemplo:
¿El que el voto contara y se contara como fuente primaria de legitimidad electoral, consumó o no el proceso de adecuación institucional realizado a través de sucesivas reformas electorales: 1977, 1989-1990, 1996, 2007-2008?;
¿Con el advenimiento de la alternancia en el año 2000, concluyó o no el proceso de transición mexicana a la democracia?;
¿Las instituciones que se crearon con motivo de ese proceso de transición, perdieron su capacidad para oficializar la legitimidad de los procesos electorales?, ¿Si es así por qué?;
¿En términos de certeza jurídica y política, cuál es el estado de nuestras elecciones?;
¿Asistimos a una regresión de nuestra joven democracia?
¿Qué ha pasado desde 2006 con nuestras instituciones?
En síntesis: ¿por qué a 12 años del ascenso del primer gobierno de la alternancia, nos estamos formulando una pregunta tan grave como angustiosa?;
Las respuestas posibles, aunque dan lugar a argumentar un amplio espectro de razones, comparten una matriz común: necesariamente deben surgir de la crítica a la interpretación dominante de la transición a la democracia. Según esta, la conquista de la certeza del voto y su derivación posible: la alternancia, resumían la conclusión de ese proceso que se profundizaría de manera natural en la vida de la nación, por la presencia misma de esos factores.
Desde luego es una perspectiva que no sólo pierde de vista el mayor logro de este proceso: la segmentación plural del poder, sino que anestesia la necesidad de actuar en favor de crear una nueva arquitectura institucional que  promueva la profundización democrática, logre eficacia y evite la pérdida de gobernabilidad que hoy se constata. Es una visión que, en combinación con la inercia conservadora de intereses creados, ha estimulado la flagrante inobservancia de la clase política de la necesidad aún no satisfecha de actualizar las instituciones del antiguo régimen o de crear una nueva edificación ad hoc a los requerimientos de la naciente democracia, lo cual ha frenando el desarrollo de la misma e incluso ha dañado lo alcanzado, impidiendo la gobernabilidad democrática anhelada.
Las élites mexicanas en general, no obstante contar con el suficiente número de diagnósticos y propuestas para actuar en favor de la nueva institucionalidad requerida, siguen siendo incapaces de dotar de eficacia republicana al régimen político y de gobierno en la democracia. Ejemplos de sus carencias, son la urgente virtud, hasta hoy ausente, de conformar mayorías estables de gobierno o de garantizar la efectiva representación de las causas de los votantes en el ejercicio del poder y permitir una realista y cierta participación ciudadana en la toma de decisiones de las políticas públicas.
Se han realizados ejercicios colectivos tan amplios y tan plurales, como inteligentes y viables para definir el nuevo rumbo. Sin embargo, sus trabajos y conclusiones no han merecido en la práctica un mejor destino que abarrotar los anaqueles del voluminoso archivo muerto, que se acumula a lo largo de este penoso impasse nacional. Sin duda hay avances, pero estos son insuficientes respecto a la agenda que requiere el cambio democrático nacional. Entre otras, se han pospuesto cuestiones estratégicas como:
  • Solucionar la no resuelta ecuación presidencialismo-pluralismo partidario, a partir de abrir el camino a las coaliciones de gobierno y a la cooperación entre poderes, sin menoscabo de su independencia;
  • Garantizar la voluntad de los militantes y de las causas ciudadanas en la toma de decisiones de los partidos políticos, en particular respecto de selección de candidatos, de dirigencias y en la definición y el respeto pleno de sus documentos básicos;
  • Exigir a los partidos políticos contribuir a la educación política y cívica nacional y por tanto a la creación de ciudadanía, así como a la elevación del debate político, mediante la definición programática de por qué quieren ganar una posición de representación de la ciudadanía y que ganaría ella si eso sucede;
  • Flexibilizar las reglas para la creación de nuevos partidos políticos y permitir las candidaturas ciudadanas con el fin de abrir el oligopolio de las actuales franquicias electorales: concesiones insalvables, que cierran vías a la lucha democrática por el poder en función de intereses personales y de grupo;
  • Hacer de la transparencia y de la rendición de cuentas a nivel federal y, donde hay más rezago, a nivel local, una exigible pauta cotidiana de conducta pública;
  • Dar carta de naturalización a instrumentos de democracia semidirecta, como el referéndum y el plebiscito y la iniciativa ciudadana.
  • Avanzar en la reelección de  diputados, senadores y alcaldes, para propiciar el profesionalismo en los representantes, así como un mayor involucramiento y control de la ciudadanía en la vida pública y estimular a sus representantes a tomar decisiones con un horizonte de largo aliento y a no considerar sólo el interés de padrinazgos políticos e intereses coyunturales;
  • Fortalecer las capacidades constitucionales del Poder Judicial para intervenir en controversias entre poderes federales, entre poderes nacionales y locales, y entre poderes locales, a través de la creación de un tribunal de casación o de un tribunal constitucional, que colabore también en la necesaria doble relación de contrapeso y cooperación entre poderes;
  • Avanzar hacia un federalismo fuerte y cooperativo que potencie la ventajas competitivas de las regiones del país a partir de quitar las restricciones constitucionales a las asociaciones o alianzas entre estados y entre municipios. Incluso crear un cuarto nivel de gobierno de carácter supra regional o de cuencas, metropolitano y comarcal, en bien de un vigoroso desarrollo compartido y una mejor gobernabilidad;
  • Robustecer la capacidad recaudatoria y tributaria del Estado Mexicano, en el entendido que lo fiscal es la columna vertebral del estado y que su diseño y aplicación resulta de un pacto de poder fundador que soporta el rumbo de la nación y que cuando éste no está resuelto, por insuficiencia o mala gestión, se pone en riesgo la propia estabilidad nacional.  


El ausente nuevo pacto de poder...

La posposición, incluso freno a la instrumentación de estos temas y de muchos más, ha propiciado que a lo largo de los últimos diez años México se haya envejecido y perdido el paso en la ruta de su modernización. Un proceso lastimado desde 1994, cuando entró en crisis el proyecto de modernización nacional emprendido desde 1983, al colapso del antiguo régimen en 1982, y que en otros trabajos he denominado la modernización fallida[2] que padecemos en lo económico, en lo político y en lo social.
En el aspecto político, el aspecto más dañino de esta situación radica en la no resolución de la contradicción existente entre la segmentación plural del poder, característica de la realidad política actual, y la forma de gestión cerrada y excluyente que sobre de ella se ejerce, acorde con las inercias de un diseño propio de circunstancias ya rebasadas.
El ejercicio actual del poder se sigue fundamentando en el añejo principio presidencialista de que el que gana, gana todo, y el que pierde, lo pierde todo, lo cual propicia estímulos racionales a la confrontación entre las partes, muy distantes a la colaboración entre las mismas que requiere una democracia bien asentada para poder gobernar con eficacia.  
Al que gana hay que confrontarlo en todo y al que pierde, no hay que dejarlo brillar. Esas son las reglas vigentes que requerimos cambiar y que hoy hacen que se compita electoralmente y que se gobierne entre enemigos, no entre adversarios.
De igual forma con relación a los órganos de gestión electoral de última generación, su diseño no ha sido capaz de superar los intereses del oligopolio de los partidos políticos y de frenar sus embates por partidizar la acción de la institución electoral desde adentro, -es el caso del jugador que hace lo posible por controlar al árbitro-, menos aún lo han podido hacer para contrarrestar las frecuentes acometidas de los grandes grupos fácticos, en complicidad o no con los partidos políticos.
En buena medida el actual debilitamiento de los órganos electorales autónomos, resulta de haber fincado su trazo institucional en el imaginario supuesto de la neutralidad ideológico-partidaria de sus integrantes, cuestión que ha caído por sus fueros una y otra vez a cargo de los propios consejeros elegidos bajo esa premisa. En vez de buscar la inexistente neutralidad política, la institución electoral debió, -y debe tratar de hacerlo ahora -, haber cimentado su diseño en la imparcialidad jurídica y en garantizar su reproducción a partir de las fortalezas de su propio servicio civil de carrera, lo cual cerraría rendijas de influencia a los partidos políticos y eliminaría el tortuoso proceso de designación cameral de sus consejeros, basado en satisfacer cuotas partidarias, así como la existencia de la nueva contraloría externa, también de origen legislativo.
Pero más allá de esas fallas de diseño, y esto rebasa la competencia de los mencionados órganos electorales autónomos, las élites tampoco han trabajado en construir la única muralla capaz de defender al árbitro: la conformación del acuerdo político nacional o pacto de poder mayoritario, que funde y soporte a la democracia como nueva época de la nación.
Me refiero a un gran concierto de voluntades entre todos los segmentos plurales de poder o al menos entre su mayoría absoluta, -yo le he denominado un pacto mayoritario de minorías activas[3]-, donde se convienen las líneas básicas del rumbo nacional que son aceptadas y aprobadas por todos los concertantes y que, -entre otros aspectos-, permiten situar las elecciones en su verdadera dimensión: procesos que definen mandatos y caminos en un ejercicio ceñido a una hoja de ruta y a una brújula estructuralmente pactadas.
En ningún lugar, ni en ningún momento, las elecciones se hicieron para redefinir el rumbo estructural pactado de una democracia, cierto que pueden ser el vehículo para cambiar radicalmente su trayectoria, pero en todo caso eso se dará en el ejercicio del poder y para tener éxito deberá contar con un alineamiento mayoritario de las voluntades diversas y opuestas[4].  
Lo que no es sano, y yo diría demoledor para una democracia, es que sus elecciones se conviertan en los vehículos para hacer la guerra entre sus partes, porque entre ellas no hay acuerdos de fondo y privan sus miedos al exterminio mutuo.
En esos casos, no hay adversarios, sólo enemigos, lo cual afecta desde ese momento la futura gobernabilidad, que por razón de la propia segmentación del poder, necesariamente implica algún grado de colaboración entre triunfadores y derrotados.
Así es México, tres fuerzas principales que se disputan alcanzar el tercio mayor de los votos, - yo le denomino el 33% plus -, para lograr un precario triunfo y otras cuatro que se acomodan en los intersticios de los resultados determinantes para sacar provecho de la situación en favor de su frágil permanencia.
El resultado son elecciones convertidas en batallas campales, acompañadas de guerras sucias y de todas las mañas posibles para no ceder un ápice de la pequeña parcela al enemigo y después hacer del gobierno del ganador, un gobierno minoritario acosado; esto fue el 2006, seguimos padeciendo sus secuelas, y muy posiblemente también será el escenario posterior al primero de Julio del 2012.
En estas condiciones pedirle a los órganos electorales de la nación o incluso a buena parte de los votantes y a los partidos derrotados que acepten la legitimidad de una elección en esos términos, resulta una tarea ardua, por más que se satisfagan los expedientes jurídicos del caso.
Es tanto como requerirle al cuerpo arbitral de un partido de futbol que además de trabajar con su tarjetas, correr para vigilar el respeto al reglamento y garantizar la imparcialidad de sus decisiones, también se encargue de supervisar la seguridad interna y externa del estadio y si se puede de la ciudad, así como de la conducta interna de dirigencias y jugadores en cada liga, en cada equipo y en la propia federación de futbol.
La solución se conoce, está en iluminar aquellos puntos oscuros de nuestra estructura institucional y reanudar los caminos muchas veces desandados: aquellos que llevan a reformar el régimen político y de gobierno y a los partidos políticos.
La elección del 2012 sería muy diferente a lo que se presagia, si alrededor de ella se tejiera un acuerdo básico entre todos los aspirantes a ocupar la silla presidencial para que gane el que gane se reforme el régimen político con el objetivo de hacerlo incluyente de la diversidad en contienda, comenzando por instituir las deseables coaliciones gobernantes en caso de que nadie, como se prevé, obtenga al menos el 50% más uno de los votos tanto en el Ejecutivo, como en el Legislativo.
Claro su contexto sería todavía mejor si los honorables legisladores nos obsequiaran con algunos avances en materia de reforma política, que aunque tal vez  insuficientes, tendrían –parafraseando al Doctor Diego Valadés- “…la virtud principal de marcar el inicio de la reconstrucción institucional del país. Un primer paso de gran trascendencia, aplazado en exceso, que indicaría que el estiaje político ha terminado…y que podemos revertir el déficit de gobernabilidad que padecemos, con unas instituciones que desde hace tiempo no dan para más y que se han sostenido por la inercia de un pasado que se enquistó”
Cierto que otras opiniones afirman en que no hay que hacer nada, que las vetustas instituciones están bien y que sólo es un asunto de sustituir a personas incapaces que no saben gestionarlas. Esta corriente constituye el ala más conservadora de nuestra pluralidad, un segmento plenamente restaurador, y su discurso, congruente con su imaginería, concluye en que si la realidad no se adapta a su modelo peor para la realidad porque habrá que forzarla, lo que en este caso significa limitar o, incluso, cercenar el pluralismo.  
Otras opiniones, situadas al centro de la anterior, establecen que la solución es simple y se resuelve por medio de decretos. En consecuencia proponen modificar el tope de 8% a la sobrerrepresentación en el Legislativo[5] y regresar a la cláusula de gobernabilidad[6] para que el segmento que obtenga el 33% plus de los votos pueda tener mayoría absoluta.
Una propuesta adicional, que se ubica dentro del mismo grupo de la anterior, plantea como solución la incorporación de la segunda vuelta en la elección presidencial, con desfase de un mes en la elección legislativa, suponiendo que el elector le otorgará la mayoría legislativa a la misma bandera que hizo ganar la Presidencia, cuestión que en el análisis comparado[7] no se comprueba.
Esto dos últimos métodos suponen que toda mayoría formal es real, no importa si su construcción se hizo por decreto o por artilugio y tampoco si su conformación implica la exclusión de una parte de la pluralidad en un contexto de alta difusión del poder. La crítica las considera mayorías artificiales  y establece que  una vez decretadas corren el riesgo de que las partes excluidas no las asuman como tal, ni les hagan caso, para efectos de gobernabilidad[8].
El tercer grupo se sitúa del centro a la izquierda y congrega a todas aquellas posiciones que se plantean algún grado de parlamentarización del régimen político, desde generación de un sistema presidencial funcional o de un  gobierno presidencial de gabinete, hasta la creación de un régimen parlamentario, pasando por el semipresidencialismo que separa al Jefe del Estado y al Jefe del Gobierno.
El leit motiv de las propuestas de este grupo, es fortalecer la eficacia de la gobernabilidad democrática a partir de adecuar la forma de gobierno a los requerimientos de la realidad plural segmentada, surgida de la pasada transición.
Su virtud está en hacer avanzar la arquitectura institucional de acuerdo con los requerimientos de la modernización democrática que necesita México. La gran mayoría de ellas se pronuncian por modificar en parte modelo presidencial y no por sustituirlo.
De tal suerte que los analistas[9]  identifican tres esquemas dominantes en este segmento de propuestas: el sistema presidencial funcional y equilibrado; el sistema presidencial con gobierno de gabinete o racionalizado; y el sistema semipresidencial.
El primero, sistema presidencial funcional y equilibrado o funcional, busca garantizar la eficacia del Poder Ejecutivo. Mantiene al Presidente en su carácter de Jefe de Estado y Jefe de Gobierno, y lo dota de varios instrumentos constitucionales para gestionar mejor su relación con el Congreso.
El Presidente puede modificar la correlación de fuerzas en el Legislativo a favor de su gobierno mediante la construcción de alianzas interpartidistas. Es por tanto un modelo proclive a la formación de gobiernos de coalición que no requiere cambiar una letra de la Constitución o de cualquier ley o reglamento, porque sólo basta que la comprensión y aceptación de su circunstancia motiven en tal sentido la voluntad política del Ejecutivo.
Esta propuesta busca estimular la corresponsabilidad del Congreso con el Ejecutivo por vía de conformar y honrar un acuerdo político y legislativo plural específico, -también denominado pacto legislativo expreso-, para generar un equilibrio favorable a la cooperación y colaboración entre esos dos poderes. De ahí que también se proponga fortalecer al Poder Legislativo y sobre todo profesionalizarlo, por lo que es compatible con instituir la reelección consecutiva de legisladores.
Establece la necesidad de construir varios instrumentos constitucionales para tramitar adecuadamente la relación entre esos dos poderes mencionados, entre ellas: la iniciativa legislativa preferente del Presidente; la potestad del  de emitir decretos legislativos sujetos a control por el Poder Legislativo; la reconducción del presupuesto; el veto presidencial sobre leyes, precisar su ejercicio; el veto presidencial sobre presupuesto; y el fortalecimiento de las competencias de las comisiones congresuales.

Respecto de la segunda propuesta: el sistema presidencial con gobierno de gabinete o racionalizado, los proponentes mantienen también en el Presidente la jefatura del Estado y del gobierno, pero al control del Poder Legislativo sobre el Ejecutivo, le adicionan un denominado por los analistas[10] control intraorgánico que proviene del nominado Gabinete del Poder Ejecutivo. Esta figura supone la creación del Jefe de Gabinete, que es un funcionario subordinado al Presidente que lo propone como responsable de coordinar esa nueva figura, de elaborar el Plan Nacional de Desarrollo, de gestionar el desempeño del programa presupuesto anual y de ser el principal interlocutor con el Congreso, lo que le permite asistir y participar a las sesiones camerales, con voz pero sin voto.
De esta manera se responsabiliza en forma más orgánica al Congreso de las tareas del gobierno, en primer lugar porque, a propuesta del Presidente, este ratifica y/o otorga un voto de confianza al Ejecutivo en la nominación de los integrantes del Gabinete en general y, con respecto del denominado Jefe de Gabinete, en particular.
En segundo lugar porque a través de este esquema, el Congreso establece el seguimiento puntual de la acción de gobierno, cuya evaluación puede en su caso dar lugar a la censura legislativa, que puede propiciar la remoción de cualquier funcionario, incluyendo al Jefe de Gabinete y en consecuencia generar la necesidad de nominar otro Gabinete.
En este modelo, la coaliciones de gobierno, no sólo son altamente valoradas, sino que se establecen por obligatoriedad para evitar que se gobierne en minoría si el candidato triunfante no tiene los votos suficientes para garantizar la mayoría absoluta en el Congreso.
Entre los instrumentos de gobierno y de control de gobierno del sistema presidencial con gobierno de gabinete se configuran: el reconocimiento constitucional del Gabinete del Poder Ejecutivo; la ratificación del Gabinete por el Poder Legislativo, el reconocimiento constitucional del Jefe de Gabinete; la ratificación del Jefe de Gabinete por el Poder Legislativo; la desaprobación congresual de los miembros del Gabinete y del Jefe de Gabinete; la remoción libre como potestad presidencial del gabinete legal; el derecho del gobierno a hacer uso de la voz en el Congreso; la iniciativa legislativa preferente del Presidente; la reconducción presupuestal; la pregunta parlamentaria; la interpelación parlamentaria; el veto sobre leyes precisando las condiciones de su ejercicio;  y la potestad de publicación de las leyes por el Congreso.
La tercera opción, el denominado modelo semipresidencial, a diferencia de las anteriores, propone la separación entre la jefatura de Estado y la jefatura de gobierno. La primera corresponde al  Presidente electo por la ciudadanía y la segunda, el Jefe de Gobierno, recae en un funcionario electo por el Congreso a propuesta del Presidente, en concordancia con la correlación mayoritaria de fuerzas ahí representadas. Esta última circunstancia  consolida  la relación de confianza política del gobierno con el Congreso quien además de su nombramiento, determina su permanencia en el cargo.  
Las competencias del Jefe de Gobierno se establecen en la Constitución y para el ejercicio de la función contaría con la nominación de un Gabinete reconocido constitucionalmente, nombrado por el Legislativo a propuesta suya. Esta forma de gobierno tiene por definición un carácter de coalición obligatoria que asegura la formación de mayorías estables.
Entre los instrumentos de gobierno y de control de gobierno del sistema semipresidencial se enumeran los siguientes: el reconocimiento constitucional del Gabinete del Poder Ejecutivo; la ratificación del Gabinete por el Poder Legislativo; el reconocimiento constitucional del Jefe de Gobierno; el reconocimiento constitucional de las atribuciones del Jefe de Gobierno, entre las que se encuentra la potestad de iniciar leyes; la aprobación del nombramiento del Jefe de Gobierno por el Poder Legislativo; la moción de censura vinculante de los miembros del Gabinete y del Jefe de Gobierno; el fortalecimiento de las competencias de las comisiones del Congreso para evaluar la gestión del gobierno y participar en el proceso presupuestal; el fortalecimiento de la potestad del Congreso de citar a comparecer al Jefe de Gobierno y en general a los servidores públicos del Poder Ejecutivo, el  veto sobre leyes precisando las condiciones de su ejercicio, y la potestad de la publicación de las leyes por el Congreso para superar el veto de bolsillo.



La contienda definitiva entre arcaísmo y modernidad...

Desafortunadamente para el destino de toda propuesta de reforma sustancial del régimen de gobierno, el tema no forma parte de los candidatos definidos hasta ahora por el PRI y el PRD y muy probablemente sea el mismo caso en el PAN. La constante ha sido que los aspirantes más modernos en cada una de esas fuerzas han dejado su lugar a los más tradicionales, quienes en general consideran que todavía es posible ganar la Presidencia de la República por una mayoría aplastante y, aún más, que ese efecto repercutirá en la conformación del Legislativo y suprimirá los congresos divididos, sin mayorías estables.
La realidad habrá de imponerse y demostrar quién tiene la razón, si los que pensamos que la segmentación del poder en México llegó para quedarse o los que consideran que pueden lograr la mayoría absoluta desde las urnas. En todo caso es claro que  la elección 2012, que por desgracia será última del siglo XX y no la primera del XXI, además de establecer un ganador, definirá si las concepciones tradicionales triunfan o son derrotadas y, en función de ese veredicto, se franquearán o no las compuertas que han detenido el cambio.
Sin embargo, todo hace suponer que la elección que haga la diferencia en la disputa entre arcaísmo y modernidad, -a la que venimos asistiendo desde hace muchos años y donde hasta ahora ha ganado el primero-, se dará hacia el 2015 después de hacer pagar todavía mayores costos a la nación por la asfixia que impone el conservadurismo a su desarrollo.
Cuando quien triunfe en la contienda se dé cuenta que la ingobernabilidad es también un asunto de no contar con instituciones renovadas y funcionales a las nuevas realidades, entonces tal vez se disponga abrir la posibilidad de la reforma. Mientras tanto, parece que el 2012 se volverá a jugar entre distintas versiones de la tradición, sus fantasmas y sus muertos insepultos: entre el discurso Atlacomulco-Agualeguas y el discurso Echeverrista-Cardenista o contra alguna forma de reedición del panismo calderonista. Es decir, de nueva cuenta el siglo XX, -con sus saldos negativos no resueltos, en torno al desmoronamiento del fallido proyecto modernizador-, volverá a actuar en el 2012 y a determinar el rumbo de un suceso nacional de reproducción política en el siglo XXI.
El tan sobado discurso de unidad, que retumba en las bocinas de todos los partidos políticos, sólo presagia la división interna. Hasta ahora quien ha resultado mejor librada de la división es la izquierda. Sin embargo, para mantener y acrecentar su cohesión interna requiere acompañar su proceso electoral con la imprescindible construcción de un nuevo partido del siglo XXI[11] y no pretender cubrir las necesidades insatisfechas de la democracia con la figura del caudillo, por muchos votos que este pueda lograr.
El principal partido de izquierda, el PRD, fue el primero en tocar fondo en la descomposición que a todos los partidos políticos afecta. Solucionaron bien sus ajustes internos de coyuntura pero su reto sigue siendo construir una oferta atractiva al hartazgo de la ciudadanía con la política y sus actores. Si lo logra, sin duda podrá ganar el 2015 y perfilar la constitución de un nuevo bloque de poder pactado que sustituya al actual, cada vez más desgastado por su incapacidad para imprimir certidumbre, inclusión, prosperidad y seguridad al itinerario de la nación. Si lo hace ahora, podría dar la sorpresa en el 2012.
El PRI tiene por delante un complejo problema de inclusión que no podrá superar con su tradicional "cargada": la ilusión de la “cargada” es eso; la inclusión es un asunto de abrir espacios para hacer política y demostrar capacidad de gobierno a través del acuerdo interno que arriba a la unidad. Es un partido bajo sospecha de restauración, obligado a demostrar en su propuesta su declarativa renovación y ese requerimiento no lo puede satisfacer con fachadas juveniles que asocian edad y modernidad como si fueran pares automáticos.
 El PRI debe refrescar su pacto interno, empezando por  abandonar toda simulación en la construcción de su oferta hacia una sociedad que reclama ética y certeza, lo cual comienza por respetar las definiciones de sus documentos básicos. No puede olvidar que el 2012 será un referéndum de gobernabilidad y que de las fortalezas que exhiba en la materia dependerá su posibilidad de triunfo. Apostar todo al marketing resulta riesgoso en una elección donde se impulsará el debate de fondo para impactar a los electores "swishers", quienes definirán el resultado de la elección. Si se filtra en el electorado, que su oferta es hueca, mucha forma y poco fondo, sufrirá para ganar.
La corriente actual en el poder del PRI pertenece al neoliberalismo que condujo la modernización fracasada de los años 90. Es la corriente minoritaria de las tres que conforman esa organización política pero la que, aunque en forma subordinada, tiene más presencia en la visión y voluntad del sector pro-oligárquico de la vida nacional. Las otras dos son el añejo nacionalismo revolucionario presente entre los cuadros más antiguos del partido y la socialdemocracia o democracia social que practican los cuadros más modernos, en congruencia con la Declaración de Principios del PRI, pero la que paradójicamente tiene menos posiciones de mando.
Si el PRI no lo logra incluir a todas las corrientes internas en un proyecto común, corre el riesgo de volver a fracturarse y perder de nuevo la carrera presidencial. Hasta ahora las dirigencias de ese partido han mostrado ser buenas para ganar a toda costa, pero todavía no han dejado claro ni por qué, ni para qué lo hacen y menos aún qué gana la mayoría de la sociedad con ello. Muestran un pragmatismo muy alejado de las demandas éticas de una sociedad que necesita poder creer y parecen no darse cuenta que el triunfalismo, el avasallamiento y el fantasma de la restauración, constituyen su grandes venenos no sólo electorales, si no estructurales respecto del reto nacional de hacer de México una Patria donde quepamos todos y todos podamos progresar con dignidad.
El PAN se debate entre la intromisión de su gobierno en sus procesos internos y sus tradiciones civilistas, en medio de un profundo desgaste de sus colores después de más de una década de gobiernos incapaces de cambiar a México por la ruta de la modernidad con equidad social, seguridad y prosperidad; eso que la gente esperaba de ellos cuando les otorgó su voto. Más aún, se pueden vislumbrar grandes divisiones a su interior, al menos entre tres bloques: el panismo tradicional, el panismo foxista y el calderonista, lo cual sin duda constituye un serio flanco de debilidad.
Además sus aspirantes a la candidatura presidencial no logran posicionarse convenientemente en el ánimo de los electores. Parecieran estar más esperanzados en contar con la fuerza de su gobierno como apoyo, que en sus propias capacidades de liderazgo.
Desde luego la obsesión del actual gobierno por mantener el poder a toda costa será un factor temible en todos los sentidos en las elecciones 2012, pero su eficacia estará en función primero de que el candidato nominado sea el preferido por el Presidente Calderón y segundo que los anticuerpos del propio sistema no neutralicen sus acciones en defensa de la estabilidad institucional de la democracia mexicana.
Los otros partidos bisagra, se encuentran ocupados por sobrevivir y avanzar explotando las debilidades de los partidos grandes, sin duda se volverán a beneficiar pero eso no implicará ningún tipo de mejora política nacional. Conservaran y aún mejoraran sus posiciones por cierto a costa del encono de las militancias de los partidos grandes, quienes ya se sienten asaltadas por su intromisión en la selección de candidatos, en particular en el PRI.
La elección del 2012 se visualiza mucho más reñida de lo que indicarían algunas encuestas, desde mi punto de vista será más parecida a la de Michoacán que a la ocurrida en el Estado de México, ambas celebradas en este 2011. Se prevé un padrón de alrededor  de 80 millones de votantes, con una participación de entre 45 y 50 millones de personas, donde el PRI, aunque está bien posicionado, con muy buena campaña tendría problemas para llegar a los 17 millones de votos de la elección de Ernesto Zedillo; el PRD bien podría superarse de un piso de 10 a 12 millones de votos y el PAN tendría por lo menos otro de 10 millones, lo cual hace un total estimado de entre 37 y 39 millones de votos sobre 45 o 50 millones posibles.
Es decir que habría entre 6 y 13 millones de electores que todavía no definen su voto, -y donde hay votos en blanco y por los partidos bisagra-, por lo que no se visualiza espacio para triunfos holgados. Como ya se dijo, la definición de la elección 2012 corresponderá a los votantes cambiantes o independientes,  en particular a los segmentos de conformados por las amas de casa clase media baja y por los trabajadores con negocio propio.
Con independencia de quien gane, es claro que nadie logrará la mayoría absoluta y de nuevo hay espacio para que se presenten altos niveles de cuestionamiento a la legitimidad de la elección en general y a la fuerza triunfante en particular. Lo anterior pese a las buenas intensiones del abigarrado diseño de la norma reformada en 2007-2008 y a los constantes llamados a la civilidad por parte de las autoridades electorales.
Una vez más la ausencia de un nuevo pacto de poder[12] estará en la base del contexto de la elección, complicando y determinando la conflictividad de la misma en el marco de un país acosado por la inseguridad de una guerra que no parece tener fin y de una economía incapaz de proveer de los mínimos de bienestar a crecientes masas de la población, mientras se profundiza la grosera concentración del ingreso que padecemos.  
Una vez más quedará claro que sin ese nuevo pacto de poder de la democracia, no hay manera de transformar los enemigos en adversarios y las elecciones no dejaran de ser un juego de exterminios con nocivas repercusiones en la gobernabilidad de gobiernos de primera minoría con congresos divididos.
Sin duda las autoridades electorales harán bien su tarea, pero de nueva cuenta difícilmente eso bastará para evitar deslegitimaciones, toda vez que ellas mismas han estado sometidas a campañas incrementales de desprestigio con la finalidad de coparlas. En particular, si las señales negativas que se han percibido, -que advierten de una seria intervención electoral del gobierno en favor de su partido-, se cumplen, entonces habría que prepararse para asistir a una conflictiva de grandes proporciones que los mexicanos no merecemos ni deseamos.
Finalmente, at least but not last, la situación de alta inseguridad que se padece en varias partes del país, en el contexto de la denominada guerra contra el narcotráfico, declarada por el gobierno del  Presidente Calderón, indudablemente le añade un factor adicional de incertidumbre al proceso 2012. Es patente en el dicho de muchas autoridades, así como en hechos constatados por la opinión pública, -como el caso del Diputado del PRD, Julio César Godoy Toscano[13], acusado de tener ligas con una organización del narco-, que existe el riesgo de sufrir en algunas zonas intromisiones distorsionantes de este tipo de organizaciones delincuenciales durante las próximas elecciones, tanto en materia de financiamiento sucio, como de compulsión extralegal a candidatos y votantes.
Este es un asunto claramente rechazado por todos los partidos políticos y por la ciudadanía en general, lo cual juega algún papel en su prevención. Pero incontestablemente tanto la prevención, como en su caso la persecución, aseguramiento y sanción conducentes, competen en primer lugar al gobierno federal, a los gobiernos estatales y municipales y, en lo relativo a su función, a las autoridades electorales, aunque es un tema básicamente ministerial.
Me parece que no debemos dudar que se están tomando las medidas necesarias por parte de todos los actores en la esfera de su responsabilidad para neutralizar este riesgo: no hay lugar para concebir unas narco elecciones 2012. Por eso sería muy grave que cualquiera de las opciones en próxima contienda discurriera la posibilidad de convertir en un arma de desprestigio o de alteración de resultados el espectro de la intromisión electoral del narco. Algunos partidos incurrieron en esa negativa hipótesis en las pasadas elecciones de Michoacán cuando no se vieron favorecidos con el voto mayoritario, no obstante haber proclamado horas antes su triunfo, -nunca confirmado-, con base en encuestas de salida mandadas a hacer por ellos mismos.
Peor aún sería que en una inaceptable lógica de entrometerse en las elecciones, más allá de sus legítimas preferencias partidarias y de la justa defensa de sus acciones de gobierno, el  Presidente Calderón cediera a la tentación de convertir el tema del narco en un instrumento que pudiera alterar o manipular el clima electoral en distritos manifiestamente perdidos para su causa.
Actuar de esa manera sería como poner una verdadera carga de dinamita en el proceso electoral, que haría explotar no sólo la confianza ciudadana en el mismo, sino la certidumbre institucional de nuestra reproducción política y, con ello, la precaria estabilidad política nacional, con consecuencia imprevisibles.
Ante eso se debe exigir al Titular del Ejecutivo Federal no sólo un pulcro comportamiento apegado a la norma constitucional, sino también la máxima responsabilidad política y plena consistencia con su convicción democrática y con el amor a la Patria más allá de cualquier color, bandera o candidato partidario.
 ¿Qué hacer...?

En primer lugar terminar de conformar el Consejo del IFE para dar un mensaje de certeza jurídica. Es imprescindible obligar a la Cámara de Diputados a cumplir con la Ley, lo contrario resulta por lo menos aberrante. Es claro que el alto nivel de institucionalidad y  eficacia operativa alcanzados por las autoridades electorales es suficiente para garantizar que las elecciones se realicen dentro de los estándares esperados, pero eso no basta para cerrarle la puerta a las suspicacias y a las tentaciones de denunciar ilegitimidad ante la eventual derrota, se demanda también integrar y completar la forma.
Adicionalmente es necesario neutralizar el efecto de las campañas mediáticas contra el IFE comenzando por exhibir moderación y prudencia en el comportamiento administrativo del Instituto Federal Electoral, en particular con relación al manejo de los recursos por parte los consejeros, en especial con respecto a sus prebendas de ley. Pero también se requiere explicar a la opinión pública que cerca del 65% del alto presupuesto electoral que a mucha gente ofende y es base ataques mediáticos se gasta en dos rubros: registro electoral y capacitación de funcionarios insaculados en cada proceso electoral,  50% y el 15% respectivamente. Son dos rubros resultantes del criterio de desconfianza en el que se basó el diseño del modelo electoral mexicano y cuya superación dependerá, -reiteramos-, de que las elecciones se realicen entre adversarios pactados y no entre enemigos a destruir.
Aún más, en un  informe  reciente, la Organización de Estados Americanos (OEA)[14], establece que de acuerdo con la relación entre el costo total de las elecciones y el número de votantes registrados, el coste de cada voto en México se ubica  en 4.2 dólares, mientras que en Estados Unidos alcanza los 28 dólares y en Brasil 19.9 dólares.  Refiere también que son los partidos políticos mexicanos quienes reciben un subsidio muy elevado y sugiere aplicar el modelo mexicano en toda América Latina.
Por otro lado, resulta imperativo avanzar en el fortalecimiento de los órganos reguladores en materia de medios y así apoyar el trabajo de las autoridades electorales para equilibrar la acción mediática. Se debe evitar que los medios sobre determinen la elección, al gravitar excesivamente sobre las preferencias del elector, así como trabajar en la regulación del uso proselitista de las encuestas, tan en boga a últimas fechas.
Así mismo, es necesario hacer un replanteamiento de la Fiscalía Especializada para la Atención de Delitos Electorales (FEPADE), a partir de la revisión de los tipos penales y de las sanciones en materia electoral vigentes, en el entendido que esa normatividad presenta un alto grado de obsolescencia respecto de nuevos supuestos no contemplados en su origen. Además de impulsar su plena autonomía del Ejecutivo Federal, como la mejor garantía de eficacia jurídica de la ley en la materia.
Sin embargo, lo más importante es neutralizar la creciente tendencia hacia la "espotización" de las elecciones que minimiza la importancia de la propuesta política, no educa al elector y somete al debate a una ruidosa cascada de mensajes de 30 segundos.
A pesar de los esfuerzos del legislador en la reforma electoral de 2007-2008, vuelve a ser necesario revisar el régimen de propaganda electoral, para incrementar la cultura política ciudadana mediante el debate, porque hasta ahora siguen ganando la carrera los espots. Esta "espotización"  propicia, además de vaciedad, distorsiones que convierten en un mero espectáculo el ejercicio electoral que determina el destino del país, donde la baja calidad de la información proporcionada por estos mensajes, hace posible una mayor manipulación del elector. La importancia de la propuesta es sustituida por el peso de la sensación, mientras la racionalidad del votante es neutralizada, y su opinión es reducida a un cambiante estado de ánimo.
La forma de combatir este nocivo fenómeno es forzar el debate público entre los aspirantes, primero al interior de los partidos políticos y luego de cara a la ciudadanía. Las redes sociales, muchos más dinámicas y libres, han venido constituyendo una alternativa para superar el cerco del espot, pero siendo muy importantes, todavía no llegan con suficiencia a los grandes públicos que definen una elección.
De ahí que el IFE debería estimular la formación de organizaciones ciudadanas independientes de cualquier partido, para que, en calidad de sus coadyuvantes, impulsen el debate de propuestas entre aspirantes, toda vez que esa vía constituye un eje de educación democrática del elector que además eleva la calidad de la política en las elecciones.
La fiscalización del dinero en los comicios es otro punto complejo y todavía no resuelto, a atender. Neutralizar la acción del llamado dinero sucio y en general de todo recurso que propicie inequidad y rebase los topes de campaña, requiere de la acción coordinada de varias instituciones del Estado y del gobierno, sobradamente las financieras. Desde luego hay avances significativos[15], pero todavía existen campos oscuros capaces de distorsionar los procesos electorales, que ameritarían acciones más contundentes que pueden llegar a cancelar el triunfo del candidato cuya campaña rebasó los topes de ley o incluso cancelar el registro del partido en cuestión.
Otro rubro fundamental donde se podría avanzar para colaborar con la legitimidad de la elección, es el relativo a impulsar una Ley de Partidos. Es claro que tal y como está, el sistema de partidos se encuentra desgastado. Hemos arribado al fin de la era Reyes Heroles y es momento de abrir de nuevo las compuertas para refrescar al sistema.
Hay cinco maneras de hacerlo: una, la que nos ocupa, promulgar una nueva ley de partidos políticos; dos, -ya se dijo-, fortalecer el debate contra la espotización, a los órganos reguladores para que sean verdaderamente independientes particularmente en materia de medios y hacer una revisión a fondo de tipificación penal con que cuenta la Fiscalía Especializada para la Atención de Delitos Electorales, así como dotarla con autonomía efectiva respecto del Ejecutivo Federal y reforzar la fiscalización del dinero; tres dar lugar a las candidaturas independientes; cuatro a la reelección de legisladores y alcaldes, y cinco, impulsar algún avance en materia de gobiernos de coalición.

Nueva Ley de Partidos Políticos...

Es de recordarse que el actual sistema de partidos tiene su origen en la reforma electoral que impulsa Jesús Reyes Heroles en 1977, denominada: Ley de Organizaciones y Procesos Electorales (LOPPE)[16]. Esta Ley surgió de la necesidad de ampliar los márgenes de maniobra del antiguo régimen político, cuya alta rigidez se expresó en la campaña electoral de 1976 donde el candidato del PRI, José López Portillo, fue el único postulante del sistema legal de partidos políticos.
El otro candidato fue el viejo líder ferrocarrilero comunista, Valentín Campa Salazar, cuyo partido político, -proscrito en 1940[17] por segunda vez desde su creación en 1919 y fuertemente golpeado después del Movimiento estudiantil de 1968-,  recibió alrededor de un millón de votos no válidos por carecer de registro. Estos votos exhibieron con claridad el principio del agotamiento del sistema de partido hegemónico, mismo que comenzaría un largo camino hacia el derrumbe de su hegemonía a partir de 1983, con dos fuertes crisis en 1988-89[18] y en 1994-95, hasta el advenimiento de la alternancia en el año 2000.  

La sagacidad política del entonces Secretario de Gobernación, Jesús Reyes Heroles, abrió la puerta para que el Presidente José López Portillo decidiera iniciar la construcción de una nueva arquitectura en materia de partidos políticos, diseñada bajo el criterio reyes heroliano de que lo que opone apoya.
La apertura política que implicaba la LOPPE constituiría una bocanada de oxigeno para renovar la fortaleza del régimen político de la Revolución que, no obstante, habría de colapsarse pocos años después en medio de una profunda crisis fiscal para dar lugar, con las siglas del PRI todavía en el poder, pero con un priismo distinto al surgido de la Revolución, a la fracasada búsqueda sustitutiva de un nuevo régimen político[19].
De esta manera se inició un largo proceso de conformación de un nuevo sistema de partidos políticos que tendría su segundo gran momento de impulso con la Reforma Política de 1996[20]. La característica central de este proceso de constitución de un nuevo sistema de partidos políticos fue su verticalidad, es decir su conformación de arriba hacia abajo, y no como resultado de la voluntad de partes específicas de la ciudadanía que deciden organizarse políticamente desde abajo hacia arriba para luchar electoralmente y llevar al poder su visión de país, intereses y propuestas, como sucede en la mayoría de los procesos democráticos.
Surgió en consecuencia el actual sistema de partidos  franquiciado, basado en concesiones otorgadas a grupos específicos de poder que pronto fueron dueños excluyentes de las mismas y desde entonces las dominan para beneficio de sus propios intereses personales o de grupo. Este proceso propicio un alto grado de impermeabilidad tanto al interior de los propios partidos políticos como de la sociedad en general, respecto de la representación de las causas de la gente, de las propuestas de sus militantes y de las decisiones de acceso a las candidaturas.  
En resumen, la lucha por abrir el acceso democrático al poder se tradujo en la formación de otro oligopolio que volvía a limitar, ahora desde una apariencia de pluralidad, las legitimas aspiraciones de participación política de los mexicanos y se perdió no sólo la posibilidad del entreveramiento generacional, sino de la renovación misma de los cuadros, de los partidos y de su discurso y propuestas.
Se llenó de oro a los partidos políticos e indirectamente a sus cofradías propietarias. Sus fallas en la representación social, redujeron cada vez más sus posibilidades de ayudar a procesar los intereses particulares por el ecualizador tamiz del interés general. Por tanto, por omisión, contribuyeron a incrementar los riesgos de no poder canalizar institucionalmente la conflictiva social y a que el sistema perdiera cada vez más parcelas de gobernabilidad.
Es decir, en un contexto general de debilitamiento de la República, del ascenso de los denominados poderes fácticos legales e ilegales, de la conformación de gobiernos de primera minoría con congresos divididos, de insuficiencia económica y de vulneración de la seguridad ciudadana, el actual sistema de partidos políticos ha revelado  su incapacidad para representar a la sociedad y muestra así su baja utilidad para el interés público.
La política actual perdió condición para ser constructiva, es incapaz de modificar la correlación de fuerzas excluyente que hoy asfixia el desarrollo compartido, democrático y equitativo del país, porque se encuentra subordinada al mismo. En consecuencia dejó de ser útil a la mayoría ciudadana y se convirtió en materia de negociaciones cupulares, que normalmente se traducen en dinero.
La pluralidad partidaria se mantuvo en el número pero no en la esencia y la lucha del poder por el poder mismo se constituyó en emblema de la práctica partidaria.

De ahí la necesidad de crear una Ley de Partidos Políticos que supere los planteamientos actuales contenidos en el Libro Segundo del Código Federal de Instituciones y Procedimientos Electorales (COFIPE), para democratizar y transparentar sus procedimientos y  estimular la recuperación de la confianza ciudadana en esas instituciones.

 

Se deben instituir nuevos bienes a tutelar por esa Ley como por ejemplo:  la garantía  de respeto absoluto a sus documentos básicos y a sus procedimientos para renovarlos; la salvaguarda de la integridad del instituto político por encima del peso que cualquier líder, caudillo o candidato en su momento pueda tener; y la congruencia entre sus pactos internos y su oferta a la sociedad, que desde luego puede variar con cada elección pero no respecto de la esencia partidaria de cada organización; y sobre todo la permeabilidad y representatividad social de la organización partidaria.

De igual forma se debe proteger que los partidos políticos cumplan con su obligación de educar, tanto a la sociedad para colaborar en la construcción de una mayor y más solida ciudadanía, como al interior de su vida partidaria respecto de la capacitación de sus cuadros, de su desarrollo ideológico y de su visión nacional e internacional del país y por tanto de su discurso y propuestas.

Los partidos políticos constituyen proyectos de gobierno en ciernes y como tal están obligados a comportarse con la máxima responsabilidad ante la nación; esa es la base de su carácter constitucional como entidades de interés público.

La nueva Ley de Partidos debe bajar los requisitos para constituir nuevos partidos políticos, -cuya creciente elevación parece diseñada para proteger el vetusto oligopolio de las franquicias agotadas-, y con ello evitar la violación a los preceptos constitucionales establecidos en los artículos 6 y 9 de la carta magna, en la que incurren las disposiciones del mencionado Libro Segundo del COFIPE que sólo permiten constituir un partido político cada seis años a partir del mes de enero siguiente a la elección presidencial[21] y que claramente limitan las tuteladas libertades de expresión y de asociación de los mexicanos.

Adicionalmente se debe revisar el requisito de las asambleas. En la práctica sólo ha demostrado ser otra limitante a la constitución partidaria, -además de una vía de entrada del corporativismo-. Cuando un partido pierde su registro por no cubrir el tope de votos de ley, muestra su poca utilidad: sus otrora sedicentes asambleístas brillan por su ausencia.

Es necesario dejar de medir la representatividad de los partidos políticos con un criterio sólo numérico y simplificar los requisitos para formar nuevos partidos desvinculando este hecho del financiamiento público automático. Se debe diferenciar el otorgamiento de prerrogativas a  los partidos ya registrados de los que aspiran a un registro o eliminar la vinculación entre registro y financiamiento público y ligar esta última a la votación que obtengan las organizaciones recién creadas.  

Es indudable que al flexibilizar los requisitos constitutivos de nuevos partidos políticos, sin demérito de la formalidad requerida para asegurar su plena legalidad,  se abrirán opciones que contribuirían a distender el cerrado clima político que padecemos y permitirían aquilatar la validez de las propuestas y de la opciones de cada candidatura por lo que valen y no porque estas sean funcionales a quienes controlan las oligopólicas llaves de acceso al poder.

En México lo que hace falta es airear, oxigenar la política, abrir opciones y romper concesiones para incluir y dar oportunidades al gran talento desperdiciado de la nación. Por eso sigue siendo central a ampliar y tutelar la democratización de la vida interna de los partidos, en particular respecto de la nominación de dirigencias y candidaturas, donde es fundamental asegurar la plena consistencia entre la aspiración a una candidatura y el compromiso, manejo y defensa de los documentos básicos partidarios.  

Por lo anterior, sería deseable que en la nueva Ley de Partidos Políticos, además de hacer de las elecciones primarias una constante, se definieran los requisitos mínimos que deben cubrir los aspirantes. Se debe establecer un piso de derechos y obligaciones de los militantes para defenderlos con base en los derechos fundamentales de asociación y de participación políticas consagrados en la Constitución y no únicamente respecto de la norma interna de cada organización partidaria y coligar la imprescindible certeza de la justicia partidaria a la existencia de órganos internos, cuyas garantías de autonomía e independencia también deben estar protegidas por la mencionada Ley de Partidos.

Por otro lado, la nueva Ley de Partidos debe enfatizar la transparencia y la rendición de cuentas hacia la militancia y hacia la sociedad por parte de las dirigencias de cada organización[22] y obligarlas a presentar un padrón vigente de militantes y adherentes que evite la doble afiliación y exhiba la real representatividad social de cada partido.

En materia de destino del gasto partidario, la nueva Ley de Partidos, debe ampliar y garantizar el financiamiento a las fundaciones y centros de capacitación de cuadros asociados a cada instituto político, para evitar, -como ahora sucede-, que estos sean los rubros que menos recursos reciben, lo cual consolida la perniciosa pobreza del actual discurso partidario en todas las organizaciones.

 

 

Candidaturas Independientes y  Reelección Consecutiva...

 

Con relación a las candidaturas independientes la buena noticia es que fueron aprobadas por la Cámara de Diputados en el mes de noviembre de 2011[23] y que el Senado seguramente ratificará esta voluntad legislativa en el retorno de su modificada minuta, la mala noticia es que  los ciudadanos interesados sólo podrán comenzar a ejercer este derecho a partir de las elecciones federales intermedias de 2015 y que todavía no se establece la fórmula para financiar sus campañas electorales.

Es decir, para efectos del tema que nos ocupa en este ensayo, los efectos benéficos de las candidaturas independientes previstos para impactar el fortalecimiento democrático del sistema de partidos y su rendición de cuentas, en tanto que un sistema complementario de competencia que colaborara con el buen fin de la próxima elección, no existirán.

El caso de la reelección consecutiva  de legisladores y de alcaldes no vio la luz verde en la Cámara de Diputados y ahora deberá ser revisada por los Senadores que tendrán la opción de rechazar la minuta aprobada, lo cual resulta poco probable, y/o de enviar una nueva iniciativa al respecto o dar por cancelado el asunto.
Es de recordarse que los promotores de la reelección de legisladores y de alcaldes le otorgan la virtud de profesionalizar a los representantes, responsabilizarlos ante la ciudadanía y por tanto disminuir el poder de coacción que sobre ellos pudieran ejercer las cúpulas partidistas y los cacicazgos locales. Sin embargo hay quienes consideran que la reelección consecutiva debe complementarse con la existencia paralela de procedimientos de revocación de mandato.
Otros analistas establecen que basta con acompañar este proceso con una ley general de rendición de cuentas y de transparencia partidista -Ley de Partidos-, así como con una reglamentación en materia de financiamiento y una reforma a la Ley de Radio y Televisión.
Al respecto hay que recordar que la figura de la reelección consecutiva de legisladores formaba parte de la Constitución mexicana hasta 1933, cuando fue abolida para asegurar la disciplina partidista en ambas cámaras y así apoyar la consolidación del régimen de partido hegemónico propio del siglo pasado. Por lo que mantener esa prohibición en el contexto de pluralidad política actual, pierde todo sentido.
Quienes consideran que la restitución constitucional de esta figura colaboraría en el fortalecimiento de la democracia, asumen que también actúa en favor de una mayor y mejor gobernabilidad, debido a que la mencionada profesionalización de la clase política se traduciría en el impulso a agendas de mayor profundidad y aliento. Establecen también que se  impactarían las decisiones políticas de los representantes en favor de la ciudadanía, toda vez que se encarece ir en contra de los intereses de sus electores, so pena de lastimar sus propias posibilidades de reelección y por tanto de sobrevivencia política.
Es claro que decretar la reelección consecutiva a nivel federal, implica su homologación en  las constituciones locales, además de  precisar sus límites[24]. Este último, es un aspecto particularmente importante respecto de la reelección de alcaldes, -que se asocia al debate sobre la revocación del mandato-. Definirlo implica optimizar por un lado la búsqueda de una mejor administración de las presidencias municipales, al tiempo que, por otro lado, se evite la generación de eventuales cacicazgos.



Revocación de mandato o Juicio Político...

Este instrumento, -pensado para robustecer la rendición de cuentas y el buen gobierno-, es un tipo de referéndum que promueve la destitución de un gobernante cuando un porcentaje determinado de ciudadanos censura de manera muy seria su desempeño. Sin embargo, algunos autores la consideran una herramienta no deseable, en atención a dos aspectos: el impacto negativo que produce su aplicación sobre la estabilidad del gobierno y/o a su  posible uso faccional en la confrontación política de grupos de interés.
En consecuencia afirman que contar con la posibilidad de la reelección consecutiva antes referida, también fortalece la rendición de cuentas y el control ciudadano sobre los gobernantes y no genera las consecuencias negativas mencionadas. No obstante para otros analistas el problema de la perpetuación de un mal gobierno, causa un daño mayor, lo cual amerita reducir el tiempo de duración de su afectación, por lo que consideran que no hay motivo para permitir su extensión hasta la próxima elección.


Coaliciones de Gobierno...

En el aparatado correspondiente a la Reforma al Régimen de Gobierno, se hizo una descripción del estado del debate en México. Primero se estableció que existe una suficiente variedad de propuestas para tomar una decisión, misma que está en función de lograr una correlación de fuerzas favorable al cambio, a partir de construir un liderazgo colectivo portador de la voluntad política de hacerlo.
Segundo se mostró que hay una gran cercanía entre las distintas posiciones que proponen reformar el sistema presidencial, en particular respecto de la necesidad de abrir las compuertas culturales, legales y políticas, para instituir los gobiernos de coalición en México.
Tercero, se afirmó que avanzar en un reforma de gobierno en el sentido expresado, además de estimular la formación de las urgentes mayorías estables, transformaría a los actuales enemigos que hoy se confrontan en las elecciones mexicanas, en adversarios pactados comprometidos con una democracia de resultados. Es decir, se abonaría el camino para construir lo que he denominado el Cuarto Pacto de Poder[25] en la historia de la nación mexicana y con ello, a la consolidación de la democracia mexicana.
Recientemente en México se reavivó el debate en torno a los gobiernos de coalición con base en una iniciativa que en tal sentido presentara el Senado[26], lo que dio lugar a otras similares en la Cámara de Diputados y luego al rechazo a la propuesta por parte de sectores partidarios conservadores y a la manifestación de apoyo de un grupo plural de intelectuales y políticos. Al respecto es importante precisar que la intensión de esas iniciativas para la formar gobiernos de coalición, se concibieron con un sentido táctico para avanzar en la Reforma del Régimen de Gobierno, de ninguna manera tenían la intensión sustituir el todo por la parte, ni de reducir o mutilar el gran calado de las reforma.
Se buscaba comenzar por las coaliciones de gobierno optativas detonar la transformación integral de las reglas de gobierno para  recobrar la eficacia del Estado y  atender, entre otros, los tópicos más acuciantes de la agenda nacional: seguridad y economía.
Sin embargo, al calor de su presentación y discusión públicas, se mezclaron posiciones tácticas con simplificaciones que tendían a comprimir la Reforma del Régimen de Gobierno al tema de las coaliciones, sujetando el debate integral a una de sus partes. Incluso hubo algunas posiciones que incurrieron en el grave error de confundir un gobierno de coalición, con una coalición electoral, olvidando que el debate actual sobre las coaliciones de gobierno en México las considera un instrumento para reunir una mayoría gobernante, después de emitido el veredicto del elector.
Además esas posiciones confusas no consideraron que inducir una suerte de electoralización de las coaliciones de gobierno, las convertiría en bandera de un frente de unos contra otros, lo cual encarecería todavía más su viabilidad.
En síntesis, la propuesta de abrir el camino para instituir los gobiernos de coalición no supera la Reforma del gobierno y menos la del Estado, toda vez que es sólo un instrumento muy útil de las mismas. Por tanto, su mención por separado debe ser vista con un sentido táctico, que tiene por objeto contribuir a detonar la necesaria edificación de la nueva arquitectura institucional que requiere el México democrático del siglo XXI.  
Incorporar en la Constitución la factibilidad opcional de los gobiernos de coalición, tiene el propósito de señalar a los contendientes, pasadas las elecciones, en un camino de concordia que produzca nuevos equilibrios políticos en bien de la República, sin restringir a ninguna fuerza en su legítima lucha por el poder.
Por ello es contra natura y resulta ridículo utilizar este concepto en sentido excluyente. La viabilidad misma de los gobiernos de coalición supone que en la fase electoral los contendientes se miren como adversarios, no como enemigos a exterminar.
Se debe intentar lograr mayorías estables de gobierno en las urnas, pero también considerar que se puede conformar un gobierno de mayoría a través de pactos legislativos expresos que tengan como base la integración plural del programa y del gobierno.
La integración plural debe ser tan amplia o tan intensa, como sea el soporte del voto ciudadano a la propuesta triunfadora. Lo importante es hacer trasparente la voluntad del elector al respecto, medida por el porcentaje específico votos que recibió la bandera ganadora en la integración del Congreso.


















Conclusiones...

La democracia mexicana a través de la voluntad del elector, determinó el fin de todo poder hegemónico, por lo que toda voz que afirme lo contrario o es ingenua o es mal intencionada.
El 24 de agosto de 2011, fueron dados a conocer los resultados de la Segunda Encuesta Nacional de Cultura Constitucional levantada por el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM, todos ellos testimoniales muy relevantes de la percepción ciudadana sobre el maltrecho estatus del Estado de Derecho en México[27].  
En particular se destaca que el 70% de los entrevistados manifestó su aprobación a convocar un Congreso Constituyente y que, ante el severo deterioro institucional al que se ha llegado, el análisis de las respuestas arroja la necesidad de rediseñar el Estado. Al final de este ensayo me permito presentar algunas de sus láminas, que colaboran, -como todo ese interesante esfuerzo-, en precisar el contexto de opinión pública que rodea los esfuerzos de las fuerzas políticas en torno a la sucesión presidencial del 2012.
Desafortunadamente , -al igual que durante los últimos casi doce años-, parece que antes del comienzo de esas elecciones ya no se superará el raquitismo legislativo en materia de reformas de gran calado. Una vez más nuestra vida pública enfrentará con más debilidades que fortalezas una trascendental reproducción política, ahora en el 2012.
La falta de un gran acuerdo mayoritario de la diversidad nacional seguirá siendo el gran ausente en el proceso. No sólo no se concretará, sino que incluso está fuera de las agendas partidarias. De nueva cuenta la restitución de la República será pospuesta de cara a otra sucesión presidencial y México volverá a afrontar los nuevos retos del su siglo XXI con las inercias del pasado, sin contar con la renovación institucional requerida.
Lo dicho, 2012, será la última elección del siglo XX, esperemos que los costos de esta oscura audacia no graviten demasiado sobre nuestras posibilidades de retornar como nación integrada a la modernidad cuya ruta hasta ahora tenemos perdida.


Segunda Encuesta Nacional de Cultura Constitucional
Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM
Instituto Federal Electoral
24 de agosto de 2011









[1]  Elecciones concurrentes Julio 1, 2012:
o de el
1.        Campeche: 21 Diputados de Mayoría Relativa, 14 Diputados de Representación Proporcional, 11 Ayuntamientos;  
2.        Colima: 16 Diputados de Mayoría Relativa, 9 Diputados de Representación Proporcional, 10 Ayuntamientos;  
3.        Chiapas: Gobernador, 24 Diputados de Mayoría Relativa, 16 Diputados de Representación Proporcional, 118 Ayuntamientos*;
4.        Distrito Federal: Jefe de Gobierno, 40 Diputados de Mayoría Relativa, 26 Diputados de Representación Proporcional, 16 Delegaciones;
5.        Guanajuato: Gobernador, 22 Diputados de Mayoría Relativa, 14 Diputados de Representación Proporcional, 46 Ayuntamientos;  
6.        Guerrero: 28 Diputados de Mayoría Relativa, 18 Diputados de Representación Proporcional, 81 Ayuntamientos;  
7.        Jalisco: Gobernador, 20 Diputados de Mayoría Relativa, 19 Diputados de Representación Proporcional, 125 Ayuntamientos;  
8.         México: 45 Diputados de Mayoría Relativa, 30 Diputados de Representación Proporcional, 125 Ayuntamientos;  
9.        Morelos: Gobernador, 18 Diputados de Mayoría Relativa, 12 Diputados de Representación Proporcional, 33 Ayuntamientos;
10.     Nuevo León: 26  Diputados de Mayoría Relativa, 16 Diputados de Representación Proporcional, 51 Ayuntamientos;  
11.     Querétaro, 15 Diputados de Mayoría Relativa, 10 Diputados de Representación Proporcional, 18 Ayuntamientos;  
12.     San Luis Potosí: 15 Diputados de Mayoría Relativa, 12 Diputados de Representación Proporcional, 58 Ayuntamientos;
13.      Sonora: 21 Diputados de Mayoría Relativa, 12 Diputados de Representación Proporcional, 72 Ayuntamientos;
14.     Yucatán: Gobernador, 15 Diputados de Mayoría Relativa, 10 Diputados de Representación Proporcional, 106 Ayuntamientos;  
15.     Tabasco: Gobernador, 21 Diputados de Mayoría Relativa, 14 Diputados de Representación Proporcional, 17 Ayuntamientos;  **;
* La reforma electoral de 2010 al Código de Procedimientos Electorales del Estado de Chiapas contempla que las elecciones de diputados locales y ayuntamientos serán coincidentes a partir de 2012.
**En 2009 hubo 11 elecciones coincidentes con la del 5 de julio, sólo Coahuila y Tabasco celebraron su elección en una fecha posterior a la elección federal. Las elecciones de ayuntamientos en Coahuila se llevan a cabo cada 4 años.

Fuente IFE. Fecha de actualización 26 de octubre de 2011


[2] Ver "México, una modernización fallida", J. Alberto Aguilar Iñárritu, Colaboración para el libro:“Balance en el proceso democratizador de México 1988-2009”, Editorial Porrúa/Facultad de Derecho, UNAM/COPUEX, Noviembre 30, 2009.
[3] Ver "El Cuarto Pacto de Poder", J. Alberto Aguilar Iñárritu, Editorial Porrúa/Facultad de Derecho, UNAM/COPUEX, Noviembre 20, 2010
[4] Es cierto también, que si esa democracia es incapaz de abrir las compuertas del cambio estructural una vez que la voluntad mayoritaria lo ha decidido, entonces habrá fracasado en su institucionalidad, ésta se habrá roto y el camino restante podrá ser la insurgencia de cualquier signo.
[5] El 22 de agosto de 1996 se publicó una reforma constitucional que modificó la formula de sobrerrepresentación, fijándola en 8%. Dicho mecanismo consiste en la prohibición de que un partido tenga mayoría absoluta en la Cámara de Diputados. En la minuta de Reforma Política aprobada en noviembre de 2011, los diputados eliminan la cláusula de gobernabilidad en la Asamblea del DF y homologan su marco jurídico con el de la Cámara de Diputados al introducir el tope de 8% a la sobre representación.
[6] Córdoba, José. “Para gobernar México”, Nexos. Futuros políticos para México, México, número 384, diciembre de 2009. En: http://www.nexos.com.mx/?P=leerarticulo&Article=56106 (10 de febrero de 2009).
[7] Reformas en el Aire, María Amparo Casar, Revista Nexos 01/12/2009
[8] Es de observarse que representantes de estas y todas las opiniones agrupadas en estos tres segmentos, existen en todos los partidos políticos, desde luego de algunos grupos en unos más que en otros, pero ningún instituto político se puede definir como un tipo homogéneo o puro.
[9]  Ver Informe Instituto de Investigaciones Jurídicas, UNAM-Comisión Ejecutiva de Negociación y Construcción de Acuerdos del Congreso de la Unión CENCA

[10] Ver Informe Instituto de Investigaciones Jurídicas, UNAM-Comisión Ejecutiva de Negociación y Construcción de Acuerdos del Congreso de la Unión CENCA

[11] El segundo partido nacional que nacería en la nueva centuria, después del PANAL, pero esperemos que este no se proponga  mirar al futuro por el espejo retrovisor.
[12] Ver "El Cuarto Pacto de Poder", J. Alberto Aguilar Iñárritu, Editorial Porrúa/Facultad de Derecho, UNAM/COPUEX, Noviembre 20, 2010.

[13] "Godoy Toscano, el diputado acusado de nexos con el narco, asume el cargo" CNN México. Jueves, 23 de septiembre de 2010 

[14] Política, Dinero y Poder,  Un dilema para las democracias de las Américas. Sección de Obras de Política y Derecho. Organización de Estados Americanos (OEA). Diciembre, 2011. Uruguay, 16. 2 dólares; Honduras 10.2 dólares, y Costa Rica  9.6 dólares http://www.oas.org/es/sap/docs/OEA_Politica_dinero_y_poder.pdf.
[15] El IFE cuenta con la Unidad de Fiscalización de los Recursos de los Partidos Políticos. No está limitada por los secretos bancario, fiduciario y fiscal y tiene acceso a la información del sistema bancario nacional y de las autoridades fiscales.

[16] Historia del Instituto Federal Electoral http://www.ife.org.mx/portal/site/ifev2/menuitem.cdd858023b32d5b7787e6910d08600a0/

Nuria Fernández, La reforma política: orígenes y limitaciones. Cuadernos Políticos, número 16, México, D.F., editorial Era, abril-junio de 1978, pp. 16-30 http://www.cuadernospoliticos.unam.mx/cuadernos/contenido/CP.16/CP16.4.NuriaFernandez.pdf

[17] El Partido Comunista Mexicano se fundó en 1919, siendo en consecuencia el más antiguo del siglo XX. En 1929 fue declarado ilegal y de nuevo en 1940 volvió a la clandestinidad, después de un período de 5 años de legalidad, que inició en 1935 bajo el gobierno del General Lázaro Cárdenas. Fue el núcleo para la formación de la Confederación General de Trabajadores y de la Confederación de Trabajadores de México (CTM) que luego constituiría hasta la fecha uno de los sectores que conforman el PRI. Durante los años 50 y 60, el Partido Comunista Mexicano fue duramente combatido por los gobiernos del PRI, cuestión que se precipitó en torno al Movimiento estudiantil de 1968. Posteriormente el PCM evolucionó hacia posturas cercanas al Eurocomunismo que se desarrolla sobre todo en Italia y en la crítica a las acciones. Después de la promulgación de la LOPPE, el PCM participa en las elecciones legislativas de 1979 para conformar la LII Legislatura y gana también por vez primera en su historia una presidencia municipal en Alcozauca de Guerrero, además de 18 diputados de representación proporcional. En 1981, el PCM se fusiona con el Movimiento de Acción y Unidad Socialista, el Partido del Pueblo Mexicano y el Movimiento de Acción Popular, para constituir el Partido Socialista Unificado de México, mismo que posteriormente dará lugar al Partido de la Revolución Democrática  (PRD) mediante su fusión con la Corriente Democrática que entonces abandonaba al PRI. No obstante una pequeña corriente se negó en 1981 a extinguir el PCM en 1981 y continuó publicando su órgano oficial bajo el nombre de “Resurgimiento”. Ver Carr, Barry (1996). La izquierda mexicana a través del siglo XX. México: Era. 968-411-387-0.
[18] Ver Elecciones de 1988 en México. crisis del autoritarismo (pp. 229-262)  Juan Molinar, Jeffrey Weldon  Revista Mexicana de Sociología Vol. 52, No. 4, Oct-Dic 1990 y Evolución Política del PRI de 1994 a la fecha. Sociedad y Desarrollo en México. Ing. Francisco Amparán. ITESM Campus Laguna (2001)

[19] Ver "México, una modernización fallida", J. Alberto Aguilar Iñárritu, Colaboración para el libro:“Balance en el proceso democratizador de México 1988-2009”, Editorial Porrúa/Facultad de Derecho, UNAM/COPUEX, Noviembre 30, 2009.
[20] LA REFORMA POLÍTICA DE 1996 EN MÉXICO Eduardo Andrade http://www.bibliojuridica.org/libros/libro.htm?l=155


[21] Artículo 28 Libro Segundo COFIPE
1. Para constituir un partido político nacional, la organización interesada notificará ese propósito al Instituto Federal Electoral en el mes de enero del año siguiente al de la elección presidencial. A partir de la notificación, la organización interesada deberá informar mensualmente al propio Instituto del origen y destino de los recursos que obtenga para el desarrollo de sus actividades tendentes a la obtención del registro legal y realizará los siguientes actos previos tendentes a demostrar que se cumple con los requisitos señalados en el artículo 24 de este Código:
a) Celebrar por lo menos en veinte entidades federativas o en doscientos distritos electorales, una asamblea en presencia de un funcionario del Instituto, quien certificará:
I. El número de afiliados que concurrieron y participaron en la asamblea estatal o distrital, que en ningún caso podrá ser menor a tres mil o trescientos, respectivamente, de conformidad con lo dispuesto por el inciso b) del párrafo 1 del artículo 24; que asistieron libremente y conocieron y aprobaron la declaración de principios, el programa de acción y los estatutos; y que suscribieron el documento de manifestación formal de afiliación;
II. Que con las personas mencionadas en la fracción anterior, quedaron formadas las listas de afiliados, con el nombre, los apellidos, su residencia y la clave de la credencial para votar, y
III. Que en la realización de la asamblea de que se trate no existió intervención de organizaciones gremiales o de otras con objeto social diferente al de constituir el partido político, salvo el caso de agrupaciones políticas nacionales.
b) Celebrar una asamblea nacional constitutiva ante la presencia del funcionario designado por el Instituto, quien certificará:
I. Que asistieron los delegados propietarios o suplentes, elegidos en las asambleas estatales o distritales;
II. Que acreditaron por medio de las actas correspondientes, que las asambleas se celebraron de conformidad con lo prescrito en el inciso a) de este artículo;
III. Que se comprobó la identidad y residencia de los delegados a la asamblea nacional, por medio de su credencial para votar u otro documento fehaciente;
IV. Que fueron aprobados su declaración de principios, programa de acción y estatutos; y
V. Que se formaron listas de afiliados con los demás militantes con que cuenta la organización en el país, con el objeto de satisfacer el requisito del porcentaje mínimo de afiliados exigido por este Código. Estas listas contendrán los datos requeridos en la fracción II del inciso anterior.
2. El costo de las certificaciones requeridas será con cargo al presupuesto del Instituto. Los funcionarios autorizados para expedirlas están obligados a realizar las actuaciones correspondientes.
3. En caso de que la organización interesada no presente su solicitud de registro en el plazo previsto en el párrafo 1 del artículo 29 de este Código, dejará de tener efecto la notificación formulada.


[22] En todo caso es dable y se puede establecer que cierta información relativa a las estrategias electorales de cada partido político tenga un carácter reservado o confidencial.


[23] Se reforma el párrafo primero y la fracción II del artículo 35 constitucional: "II. Poder ser votado para todos los cargos de elección popular, teniendo las calidades que establezca la ley. El derecho de solicitar el registro de candidatos ante la autoridad electoral corresponde a los partidos políticos, así como a los ciudadanos que soliciten su registro de manera independiente y cumplan con los requisitos, condiciones y términos que determine la legislación;"
Martes, 08 de Noviembre de 2011, Primer Periodo Ordinario, No. Gaceta del Senado: 304


[24] En el dictamen aprobado por el Senado, se establecen tres períodos para diputados y dos períodos para senadores.

[25] Ver "El Cuarto Pacto de Poder", J. Alberto Aguilar Iñárritu, Editorial Porrúa/Facultad de Derecho, UNAM/COPUEX, Noviembre 20, 2010.
[26] Ver Gobiernos de Coalición. Senador Manlio Fabio Beltrones. Coordinador del Grupo Parlamentario del PRI y  de la Junta de Coordinación Política del Senado de la República. 14 de septiembre de 2011.
[27] Ver Segunda Encuesta Nacional de Cultura Constitucional. Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM. Instituto Federal Electoral. 24 de agosto de 2011

No hay comentarios:

Publicar un comentario