sábado, 24 de agosto de 2013

CONVERSACIONES SOBRE EL ESTADO IMPRESCINDIBLE SAN CRISTÓBAL DE LAS CASAS, CHIAPAS AGOSTO 23, 2013







Conversaciones sobre el Estado Imprescindible

J. Alberto Aguilar Iñárritu

San Cristóbal de las Casas, Chiapas

Agosto 23, 2013



PRIMERA CONVERSACIÓN
En primer término, quiero agradecer la amable invitación de la familia Santiago Ramírez para compartir con todos ustedes este significativo homenaje al profesor Filiberto Santiago Flores, abogado chiapaneco, cuya memoria centenaria honramos en esta charla sobre temas de ciencia política, sociología y derecho constitucional.

De igual forma, me es grato saludar a mi amigo Cesar Augusto Santiago, un hombre de la política activa que ha sabido conjugar los inestables avatares que impone su práctica, con la impronta de aquellos que nos dieron Patria y también ocuparse por enaltecer el debate doctrinario. Desafortunadamente cada vez hay menos actores de la política contemporánea que se distingan en ese perfil.  

Los partidos políticos han venido minimizando, cuando no dejando de lado, su producción doctrinaria, programática y ética, además de sus responsabilidades educativas, no sólo con respecto de sus militantes, sino con relación a la sociedad en su conjunto. Incumplen así con la Constitución, cuyo artículo 41 les ordena "promover la participación del pueblo en la vida democrática (...) de acuerdo con los programas, principios e ideas que postulan", tesis fundamental que se encuentra en la base de la ineludible construcción de ciudadanía y de la imprescindible expansión de la cultura democrática.
Si todo partido político es un gobierno en ciernes, entonces debe procurar ser una propuesta ideológica, un ejemplo de conducta pública, una oferta programática de rumbo y una expectativa de resolución positiva de las causas de al menos un sector de la sociedad, seguidor de la agenda por la que dice luchar. Por ello es un despropósito constatar que en México la política ahora se hace con insuficiencia manifiesta de esos elementos y la vida partidaria se condensa al costoso predominio de un excesivo pragmatismo electoral. El resultado de ese desatino es la caída constante en la capacidad de los representantes electos y la consecuente y creciente insatisfacción del pueblo.
Entre muchos temas que hemos tenido oportunidad de comentar con Cesar, hay uno que es recurrente en su discurso y que para mi resulta particularmente estimulante: el Estado Imprescindible. En septiembre de 1998 nuestro amigo Cesar Augusto pronunció un conferencia en Zacatecas donde enfatizaba que:  el tema del  "Estado imprescindible  está en el centro del debate, sobre todo en momentos en que el neoliberalismo ha demostrado fehacientemente su fracaso".

La fecha de aquella plática era todavía cercana a 1994 donde la crisis había trastocado los esfuerzos de una década por consolidar un nuevo rumbo nacional, impulsados, -en medio de una severa crisis fiscal, desde el año siguiente del colapso del régimen de la Revolución en 1982-, bajo los criterios primero del ajuste económico y luego del cambio estructural, dirigidos a lograr la alineación global de México. En su exposición nuestro amigo Santiago planteaba que la crisis en nuestro país tenía "varias causas, entre las que sobresalen: el desmantelamiento del Estado, es decir, la política de privatizaciones y la consecuente transformación de un Estado de bienestar que existió durante más de cinco décadas, a la de un Estado neoliberal, que sólo se encarga de intervenir para defender los intereses de los capitalistas nacionales y extranjeros; la apertura indiscriminada de nuestras fronteras a las mercancías extranjeras en lugar de defender la industria nacional. En síntesis el desmantelamiento del Estado surgido de la Revolución de 1910, hasta reducirlo a su mínima expresión".

Como opción proponía "una tercera vía, que no tiene que ver ni con el Estado ultraderechista neoliberal ni con el Estado socialista, sino con el Estado imprescindible:  el Estado que recupere su responsabilidad para con la sociedad y que a la vez intervenga en el desarrollo económico nacional, en un grado imprescindible". Una proposición de solución a uno de los debates más importantes de nuestra historia nacional, que después de 1982 tomo nuevos bríos, y que hasta la fecha no ha concluido: la modernización.
Un concepto ideológicamente complicado que amerita al menos establecer cuatro distinciones para y comprender  su uso, como bien propone el doctor Gilberto  Giménez[1]:

1.      La concepción de los clásicos: "el tránsito multisecular de un estado definido genéricamente 'tradicional' a otro llamado 'moderno' o 'industrial', tránsito presidido y guiado siempre por la idea de progreso como postulado racionalista, es decir:  del  tránsito de la comunidad tradicional a la sociedad contractual (Tönnies), del mito a la ciencia (Comte), de la solidaridad por semejanza a la solidaridad por interdependencia (Durkheim), de la sociedad tradicional a la sociedad racional burocratizada (Max Weber), de las sociedades precapitalistas  a la sociedad capitalista burguesa (Marx), de la costumbre a la ley, etcétera".


2.      El concepto de modernización que surge en "la primera postguerra ligado a la problemática del desarrollo económico de las sociedades llamadas entonces “subdesarrolladas” o “atrasadas” y que en la segunda postguerra mundial es retomado por la sociología estructural funcionalista de Talcott Parsons, (siempre pensando en los Estados Unidos), como un proceso inmanente al sistema social, una especie de “maduración obligada” para sobrevivir, por el que se pasa de una fase “tradicional” caracterizada por el particularismo, a la adscripción y el globalismo (“Difusseness), a una fase “moderna” caracterizada por valores universalistas, la búsqueda de la eficacia y del logro en la acción, y la especificidad funcional (“Pattern variables”)"[2]  


3.      La crítica a la modernización funcionalista o proceso de deconstrucción de ese paradigma que inicia "a fines de los años sesenta a partir del postulado neo-evolucionista (desarrollismo), el etnocentrismo inherente al modelo (americanización, Westernization), la dicotomización tradición/modernidad, la a-historicidad (que considera los fenómenos de la modernización como elementos meramente analíticos de un modelo sistémico estructural universalmente válido, prescindiendo de toda determinación geográfica e histórica), la ideología subjetivista del activismo instrumental basada en la “necesidad de realización” (The Achieving Society) y, en fin, la ideología del “fin de las ideologías” que el modelo comporta como una implicación residual" y en América Latina,  expresada desde una perspectiva neo-marxista del “desarrollo del subdesarrollo” en virtud de una situación estructural de dependencia entre centro y periferia".

4.      La crítica “postmoderna” o “postmarxista” de nuestros días, que "consuma la deconstrucción del modelo funcionalista de modernidad mediante la amputación de su aureola utópica (ideología del progreso) y de su pretendida teleología hacia niveles crecientes de prosperidad y bienestar. (La) desutopización de la idea de modernidad en nombre de “valores postmaterialistas” (situados más allá) del interés económico ligado al valor de cambio, como la calidad de vida y la conservación del medio ambiente. Incluso aquello que denuncian los efectos destructivos de la modernización  (Homeless Mind, etnocidio, ecocidio, “mediacidio”, etcétera) y plantean el rechazo en bloque de la modernidad y el retorno a modos de vida propios de la civilización tradicional (movimientos neoruralistas y neocomunales,  etcétera)". Hasta aquí la cita.

Sin duda en México la modernización también ha sido un tema de complejo. Aunque en el tiempo ha cursado esas cuatro etapas mencionadas, las mismas perduran y se entrecruzan culturalmente en la cosmovisión de muchos actores que son o han sido factores de la toma de decisiones del rumbo nacional y responsables de la acción o de la oposición.     
Nuestra cultura, salvo memorables episodios, no se caracteriza por engendrar modernidad, por eso tendemos a importarla. Por el contrario para definir nuestro curso de acción somos mejores en reivindicar nuestro anclaje en el pasado, en la tradición, lo que no significa que carezcamos de momentos de ruptura cultural que facilitan el ingreso de las vigorosas etapas de modernización, que también nos han construido. Quiere decir que nos cuesta mucho trabajo arribar a ellas y que generalmente lo hacemos precedidos de una revolución que termina comiéndose a sus precursores, a sus actores y a sus hijos, para luego transar con el pasado y consolidarse entre retrocesos[3].

En los últimos 36 años hemos intentado, sin resolver, y a contra corriente de nuestra tradición revolucionaria, la vía política de optar por difíciles acuerdos que, sin romper del todo la vida institucional, nos permitan transformarnos. No hemos podido culminar la tarea, todavía no podemos construir un nuevo Pacto de Poder que soporte un bloque histórico gobernante que garantice la normalidad democrática.

No hemos comprendido que para tener éxito en los procesos de modernización, resulta central aprehender y practicar el método que nuestra propia historia nos ha enseñado cuando hemos alcanzado esos propósitos, y que normalmente olvidan o desconocen los 'modernizadores' que ven el mundo desde los pináculos de la tecnocracia:

·         En primer lugar que para liberar el camino de la modernidad resulta necesario, construir una salida a los preceptos del arcaísmo desde los postulados y las formas modernas. Se trata de incorporar al México profundo para hacerlo un aliado de la reforma y no del conservadurismo. El éxito de esta empresa reclama asumir que el avance de la modernización es, en primer término, un asunto de correlación de fuerzas[4].

·         En segundo lugar y en correspondencia con lo anterior, precisar de acuerdo con los requisitos de inclusión que requiere un proceso de modernización para ser exitoso: ¿qué forma de modernización debemos impulsar para garantizar que sus beneficios, en cantidad y en calidad sean mayores que sus daños o perjuicios y que sus prometidos beneficios se aseguren e impacten a la mayoría?

Sólo en pocas y gloriosas ocasiones hemos sido capaces de alcanzar la síntesis adecuada de esos contrarios, tradición y modernidad, sin perder el rumbo de la transformación;  es entonces, cuando hemos podido acceder a un nivel superior de evolución[5]. No tendremos de nuevo esos momentos de éxito, si perdemos de vista que su forja se fabricó al hacer de la inclusión social una prioridad del cambio: todos arriba, nadie abajo, del carro de la modernidad.

Este método lo comprendía muy bien el pensamiento y la práctica política de los liberales mexicanos, -los modernizadores desde la concepción clásica-, que desde su matriz masona, supieron anudar el hilo conductor que unía las diversas demandas provenientes de la sociedad colonial, y aun anteriores, y expresarlas modernamente a través de su sentido social[6]. Sin duda el Liberalismo Social Mexicano, tiene mucho que enseñar al fallido ejercicio neoliberal que ahora padecemos.

Un ejemplo de ello, que vale la pena recordar, es la cuestión de la tierra en México, su génesis se encuentra desde la conquista y la colonia en las demandas agrarias no resueltas de las comunidades indias y del Calpulli.  

Su solución se nutre de la continuidad evolutiva del pensamiento agrario de José María Morelos y Pavón y después de Ponciano Arriaga y de Antonio Soto y Gama y de Emiliano Zapata[7], hasta llegar al General Lázaro Cárdenas. Fructifica a partir de articular arcaísmo y modernidad, en una síntesis progresiva que edifica un poderoso eje de convocatoria histórica, a través de la Independencia, la Reforma y la Revolución, para formar en cada momento la base social de los diferentes movimientos revolucionarios, sustentar su promesa de futuro, y dar rumbo a la modernización del campo mexicano durante el siglo XX[8].

Cuando a lo largo del último tercio de siglo XX y en lo que va del siglo XXI, la prioridad del cambio ha tocado al portón del sistema, que caro ha resultado olvidar esas enseñanzas. En unas ocasiones hemos puesto doble llave a la cerradura, en otras apenas aceptamos observarlo con recelo por la mirilla de la puerta, para después penosamente abatirla y dejar pasar sólo un poco de modernidad, la que salvaguarda al poder vigente o, en todo caso, no lo perjudica demasiado[9].

En otras, las  más comunes, al intentar construir una alternativa de transformación, se ha hecho a un lado la premisa de la inclusión social; se declara la apertura, pero cínicamente se le mete el pié a las propuestas de los convocados y se opta por la vía autoritaria, anticipando así su fracaso. Afortunadamente no se ha adoptado la visión de Samuel Huntintong, que advertía natural "modernizarse" bajo el mando de gobiernos autocráticos y militares, -aplicado en la América Latina de los años 70 y 80 -, pero sí se ha intentado la excluyente vía tecnocrática de imponer el cambio a saltos. Ya tenemos muchos años ensayando ese método y la actualización institucional no termina de realizarse. Sus impulsores ponen todo su esfuerzo en ganar la decisión de la cúpula, pero pierden la calle.
Desde su corto mirador técnico-burocrático, no ven que toda transformación política, económica y social, del alcance de la transición mexicana a la democracia por fuerza da lugar a una nueva época que para consolidarse, necesita construir o afianzar un nuevo Bloque Histórico de Poder, -que sólo puede surgir de un nuevo Pacto de Poder -, sin el cual no está en condiciones de definir mayoritariamente, en sus fundamentales, su hoja de ruta nacional. Veamos, en doscientos años de vida independiente, México ha sido posible gracias a la celebración de tres grandes pactos de poder que en cada época consolidaron un bloque gobernante y pudieron edificar y remozar el marco institucional con el que contamos:

El pacto de Guadalupe Victoria que nos dio nación; el conformado desde Juárez hasta Díaz que consolidó el Estado; y el creado desde Obregón y Calles hasta Cárdenas que nos dio un régimen para gobernar la Revolución, mismo que ante su agotamiento en los años 60 del siglo pasado, optó por abrir en 1977 las puertas a la transición democrática, hasta su ya referido colapso, que urgió a la política a desarrollar una nueva propuesta.

Más allá del debate ideológico sobre la propuesta iniciada en 1983, que asumió el camino de la integración global de México como programa y que se confrontó con las que buscaban preservar el desarrollo endógeno y la protección social de la Revolución, su problema, -y tal vez de ambas-, es que no fueron capaces de articular mayorías estables, desde luego no sólo político-electorales, sino también sociales-civiles y locales-mundiales, que sustentaran sus proyectos.  Tampoco los subsiguientes gobiernos de 1994 a 2012 hicieron nada al respecto, no apostaron por la fortalecer la República para incluir y ecualizar a todos los parciales, menos aún entendieron la urgente necesidad de construir un nuevo pacto nacional mayoritario de minorías activas en lucha por el poder[10]
Con la Presidencia de Ernesto Zedillo, se profundizaron los rasgos más ortodoxamente neoliberales del modelo alternativo propuesto y se terminó de dar forma a la alternancia electoral que vivimos[11].  Durante los 12 años de los gobiernos del PAN, el neoliberalismo, acompañado de una buena dosis de incapacidad, determinó la fragua y el quehacer de las  políticas públicas. El Estado Imprescindible, sufrió su desgaste mayores.

Desde antes de la culminación de la primera transición a la democracia, México busca el cuarto pacto de poder de su historia, el Pacto de Poder de la Democracia que  funde la República de la Democracia. A lo largo de tres décadas no hemos logrado concretar su edificación y con frecuencia hemos extraviado el rumbo, siguiendo senderos fallidos, -por excluyentes-, en el camino hacia la plena modernización nacional[12].

Sin duda hay importantes cambios parciales, pero no una reexpresión  del sistema de gobierno acorde con las nuevas realidades, lo cual termina presionando aún más al desactualizado marco institucional y comprometiendo su maniobrabilidad. 
Ahora en 2013, veremos si el Pacto por México puede ir más allá de la coyuntura para inducir una estructura que supere y mejore su rol, como lo propone la reforma al régimen de gobierno-, o sólo terminará su vida útil en medio de un proceloso mar de contradicciones, afectaciones y reclamos[13].

SEGUNDA CONVERSACIÓN
De esta manera, cuando hablamos de nueva República volvemos a preguntarnos por el  Estado Imprescindible que nos ocupa en esta charla, porque desde mi perspectiva esa es su naturaleza, la que justamente lo hace imprescindible, el sentido contractual de la organización política de la sociedad que bien establece el pensamiento clásico desde los tiempos de Thomas Hobbes.

Sin República no hay posibilidad de armonizar  al sociedad, porque no existe la facultad de ecualizar los intereses particulares que conforman la diversidad social y cuyas demandas deben tener un punto de referencia y sanción en el arbitraje del Estado (Locke), para poderse reunir en un manifiesto interés general.

Ese es justamente el problema que enfrenta México desde 1982, cuando colapsó también el Pacto de Poder sobre el que se había construido la tercera República. La República de la Revolución. Al reconocer que somos una nación es búsqueda de un nuevo Pacto de Poder, porque estamos des-pactados, es reconocer que somos una nación obligada a restituir la República, que realistamente sólo se puede logra con éxito, si lo hacemos bajo las reglas y requerimientos de la naciente democracia. De ahí la República de la Democracia o la cuarta República mexicana. Es decir estamos obligados a hacerlo bajo las características de la democracia en México, un país con déficits en ciudadanía por tanto en transparencia y rendición  de cuentas, además de justicia y sobre todo igualdad social.

La nueva República está obligada a ecualizar intereses muy polarizados para lograr la inclusión del conflicto social y por tanto su solución por los causes del Estado de derecho. Por eso está obligada a ser una república social; pero también necesita garantizar la protección de los derechos y libertades del ciudadano, en particular en las esferas ideológica y económica, por lo cual deber ser una República liberal; y finalmente, aunque no al final,  necesita garantizar la seguridad jurídica del gobernado, como primera clausula de contrato social que la origina, por lo cual está también obligada a ser un República de derecho. Desde mi perspectiva, estas son en consecuencia, las características del Estado Imprescindible que buscamos para México: un Estado  social, laico, de derecho.

TERCERA CONVERSACIÓN
Nada tiene que ver en esa concepción el debate sobre el tamaño del Estado que tan obsesivamente envolvió y confundió las discusiones de los años 80 y 90 del siglo pasado y que, por tanto, contextualizaban la propuesta de Cesar Augusto sobre el estado Imprescindible.

El neoliberalismo focalizado en quitar todo obstáculo a la apropiación global del capital financiero, necesitaba comenzar por remover las detentes del Estado nacional, es especial de aquellos de compromiso social, fueran estos de cuna nacionalista-revolucionaria o socialdemócrata. El argumento fundamental partía de un hecho real, las profundas crisis fiscales que se enfrentaban en todo el mudo, que hacían inviable  la aplicación de los grandes presupuestos que habían crecido desde la postguerra para propiciar el desarrollo humano y social.

Luego entonces de la mano de los ajustes fiscales que reclamaban las crisis como la mexicana de 1982, para lograr un déficit público en equilibrio o manejable, se aplicaron los llamados cambios estructurales, donde el concepto de reforma del estado, acuñado por Banco Mundial, nada tenía que ver con el integral contemporáneo, porque se reducía a implantar el Estado mínimo.

Al respecto vale precisar que el concepto de limite del Estado que acuña esta visión minimalista interesada, nada tiene que ver con la que plantea el liberalismo político desde Jonh Locke que se finca en la protección de los derechos del individuo en una suerte de libertad negativa, que se encuentra en la base de toda propuesta o construcción institucional propia del constitucionalismo.

La lucha neoliberal por el Estado mínimo, mañosamente adopta el camuflaje de la limitación al poder del Estado para ganar el consenso liberal, y realmente introducir un verdadero desmantelamiento justamente de los propios controles políticos que el liberalismo ideo para frenar todo intento de oligopolización o sobre determinación de cualquier tipo de acción corporativa sobre la libertad del ciudadano, sea esta desde luego de carácter político o económico, como es el caso de referencia, o ideológico cuando hay una gravitación excesiva de los medios de comunicación sobre la libertad e opinión de la gente. Pero antes de continuar, un poco de historia.

La primera vez que aparece el concepto de neoliberalismo es en 1938, en el contexto de la junto con la pérdida de confianza generalizada y fortalecimiento de las propuestas socialistas, vivían el embate desde el propio capitalismo liberal de las propuestas de John Maynard Keynes. En tal ocasión un grupo de connotados liberales: Louis Rougier, Walter Lippmann, Friedrich, Wilhelm Röpke y Alexander Rüstow, entre otros, convocan en Paris el coloquio que se denominaría Walter Lippman, con el fin de debatir sobre la posible substitución del liberalismo económico del  laissez-faire ante su fracaso. Alexander Rüstow propuso que se denominara a ese proyecto neoliberalismo, desde luego no se lograron muchos consensos y los más radicales como von Hayek y von Mises caminarían por la exacerbación economicista de liberalismo, hasta ser factores ideológicos determinantes de la propuesta neoliberal de los años 80 del siglo XX , donde Milton Friedman  y sus teorías de choque y estabilización condujeron las políticas económicas de Estados Unidos, Reino Unido y del Chile de Pinochet y hasta extenderse por el mundo.
Ahora vale subrayar las distinciones entre el neoliberalismo y el liberalismo político. Norberto Bobbio[14], nos recuerda que el Estado Liberal permitió la pérdida del poder ideológico mediante la concesión de los derechos civiles, en primera instancia de la libertad religiosa y de opinión, y la pérdida del monopolio económico mediante la concesión de la libertad económica y que terminó por conservar únicamente el monopolio de la fuerza legítima cuyo ejercicio, además, quedó limitado por el reconocimiento de los derechos del hombre y por los diferentes vínculos jurídicos que dieron origen a la figura histórica del Estado de derecho. Es decir se configuró la protección de lo que el mismo  Bobbio ha denominado 'las cuatro grandes libertades de los modernos': personal, de opinión, de reunión, de asociación"[15].

Es decir, "Sólo el Estado liberal constituye la expresión terminada del ideal del "gobierno de las leyes", en la medida en la que restringe su intervención en la sociedad económica y en la sociedad ideológica porque respeta los límites legales impuestos por los derechos de libertad individuales. En breve: es un Estado laico y limitado"[16].

Al respecto Pedro Salazar[17] precisa y establece una útil y sustancial diferencia sobre el término de Estado limitado: "un Estado puede ser limitado en sus poderes o en sus funciones, la primera acepción es propia del "gobierno de las leyes", del Estado de derecho contrario al gobierno absoluto. En el segundo sentido "entramos a los dominios del Estado mínimo, que se opone al Estado máximo. El primer tipo de limitación es propia del Estado de derecho y en ese sentido lo es del liberalismo político, el segundo tipo, el Estado mínimo, es liberalismo relativo al liberalismo económico, que exacerbado, diríamos nosotros se convierte en neoliberalismo.

Siguiendo con Salazar[18] en la problematización de tema, el autor establece que un Estado limitado en sus poderes por los derechos de libertad no es necesariamente un Estado mínimo, -o sea limitado en sus funciones-, y este, el Estado mínimo, no es invariablemente un Estado de derecho, mientras que su contrario un Estado no mínimo incluso cercano al Estado máximo si puede serlo en la medida que respete los límites impuestos por los derechos de libertad. Ejemplos de lo anterior son: el Estado de bienestar de la posguerra, un Estado no mínimo, tal vez cercano a máximo, pero de derecho; mientras que el Estado soviético fue un Estado máximo pero también absoluto y el Estado del golpista chileno Pinochet, contradiciendo a Hayek, fue mínimo pero absolutista en extremo.

Esta interesante observación nos lleva a establecer la frontera entre el liberalismo político clásico y el liberalismo económico, sobre todo respecto de aquel que se reedita como neoliberalismo. El primero si bien respeta la libertad económica no depende de ella para ejercer su función que es ante todo la de salvaguardar los derechos de libertad de los individuos[19], incluso si para ello debe limitar los poderes no sólo públicos, sino los económicos e ideológicos sobre los que en principio no actúa ni tiene atribuciones, pero si estos tienden a concentrarse y como tal pueden convertirse en un poder absoluto, es deber del liberalismo político bien entendido proceder a limitarlos, porque por principio esta opuesto a cualquier forma de concentración del poder sobre la que antepone esa suerte de libertad negativa.

Más aún para el liberalismo político el imperativo de la igualdad legal de los individuos y su complemento activo que es su capacidad de elegir, se encuentran íntimamente ligados al desarrollo de los derechos sociales, sin los cuales no es posible materialmente garantizar una concurrencia en igualdad de condiciones u oportunidades por parte de los miembros de una sociedad, ni de partida ni de llegada. Este es uno de los puntos de toque del liberalismo político con la socialdemocracia.

Aún más Salazar nos recuerda que el proceso contemporáneo de Constitucionalización  ha dado lugar a la ampliación del catálogo de los derechos reconocidos en el derecho positivo y que ha venido proyectándose en el nivel internacional (en una doble vertiente: horizontal y verticalmente). Desde los derechos de libertad (que Bobbio llamaba "las cuatro grandes libertades de los modernos"), pasando por los derechos políticos y hasta llegar a los derechos sociales, las Constituciones modernas han venido reconociendo un mayor número de derechos individuales como fundamento y fin último de los Estados contemporáneos. Además, dichos derechos se han convertido en la columna vertebral de las cartas y pactos supranacionales" y nos ofrece una ilustrativa síntesis del pensamiento político bobbiano[20]:
Derechos del hombre, democracia y paz son tres momentos necesarios del mismo movimiento histórico: sin derechos del hombre reconocidos o protegidos no hay democracia; sin democracia no existen las condiciones mínimas para la solución pacífica de los conflictos. Con otras palabras, la democracia es la sociedad de los ciudadanos y los súbditos se convierten en ciudadanos cuando les son reconocidos algunos derechos fundamentales; sólo existirá una paz estable, una paz que no tenga a la guerra como alternativa, cuando existan ciudadanos que no sean de éste o de aquél estado, sino del mundo.
Finalmente, a diferencia de la condena que el neoliberalismo ha impuesto sobre el Estado Imprescindible desde su perspectiva de Estado-nación y de la creciente crisis de la democracia representativa en e el contexto de la mundialización de todos los procesos, no sólo los económicos, hay un gran espacio para su desarrollo en ambas vertientes. Si bien es cierto que el Estado nación difícilmente puede por sí solo confrontar los grandes problemas mundiales y resulta muy grande para centralizar la gestión de todos los pequeños problemas locales y sectoriales, ello no implica su desaparición sino su transformación:

Uno hacia su creciente integración en redes y dos hacia extender y radicalizar la democracia a todos los espacios de interacción social, más allá de las instituciones representativas.

Muchas gracias.





[1] Modernización, Cultura e Identidad Social. Gilberto  Giménez. Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM. 1995. p. 3, 4, 5, 6, 7
[2] Ibídem. Según Jeffrey C. Alexander, este modelo tiene por contexto el ambiente inusitadamente estable y optimista de la segunda postguerra en la que Estados Unidos se destaca como la sociedad más democrática y estable del mundo
[3] México, una modernización fallida. J. Alberto Aguilar Iñárritu. “Balance en el proceso democratizador de México 1988-2009”. Editorial Porrúa/Facultad de Derecho/UNAM/COPUEX. 2010. p. 4
[4] Ibídem
[5] Ídem. p. 6. Olvidamos con frecuencia que los mejores episodios de modernidad mexicana pudieron consolidarse porque se encontraron los equilibrios incluyentes entre arcaísmo y modernidad para dar lugar a un vector síntesis. Por ejemplo la secularización de la sociedad que inicia a cargo de la pléyade liberal en el siglo XIX o  la construcción institucional social del siglo XX a cargo de la Revolución, no obstante ser ambas causas revolucionarias donde quien triunfa impone al derrotado su visión, fueron ante todo procesos cuya legitimidad y viabilidad, se logra a partir de la incorporación mayoritaria de intereses.
[6] Ver más en Jesús Reyes Heroles, “Liberalismo Social”, en El Liberalismo Mexicano, La Introducción de las Ideas, Vol. III, Fondo de Cultura Económica, México, 1974, pp. 541-542
[7] Ver Sentimientos de la Nación, José María Morelos, Septiembre 14, 1813. Voto Particular sobre la propiedad, Ponciano Arriaga, Junio 23, 1856. El Pensamiento de Antonio Díaz Soto y Gama a través de 50 años de labor periodística, 1899-1949, Román Iglesias González, Instituto de Investigaciones Jurídicas. Universidad Nacional Autónoma de México. México. Primera edición 1997. pp. 478. Plan de Ayala, Emiliano Zapata, Noviembre 25 de 1911.
[8] México, una modernización fallida. J. Alberto Aguilar Iñárritu. “Balance en el proceso democratizador de México 1988-2009”. Editorial Porrúa/Facultad de Derecho/UNAM/COPUEX. 2010.
[9] Idem
[10] ".. la conformación del acuerdo político nacional o pacto de poder mayoritario, que funde y soporte a la democracia como nueva época de la nación...un gran concierto de voluntades entre todos los segmentos plurales de poder o al menos entre su mayoría absoluta...un pacto mayoritario de minorías activas, donde se convienen las líneas básicas del rumbo nacional. Ver 2012: La última elección del siglo XX, J. Alberto Aguilar Iñárritu, Pag 5, 6 y 7 "La sucesión Presidencial 2012. ¿Qué hacer para legitimarla, por qué cómo y cuándo? Editorial Porrúa/Facultad de Derecho, UNAM/COPUEX Diciembre 12, 2011
[11] Durante la Presidencia de Ernesto Zedillo, se profundizaron los rasgos más ortodoxamente neoliberales del modelo alternativo triunfante y se terminó de dar forma a la alternancia electoral que vivimos. Fue un gobierno cuyo trayecto estuvo indisolublemente marcado por la crisis financiera que enfrentó y que la anterior administración decía que propició. Una frase muy usada por entonces era que a Zedillo, en efecto, le habían entregado la economía del país prendida de alfileres, pero que él se los quitó.  Esta crisis que a nivel internacional se conoció como el Efecto Tequila, en México tomo el nombre del error de diciembre y aunque desde nuestra perspectiva realmente evidenciaba los problemas estructurales del modelo, en su forma coyuntural la mayoría de los analistas coinciden en que fue producto de la incapacidad de la nueva administración para diseñar una estrategia eficaz que permitiera amortiguar el impacto del vencimiento de  los llamados Tesobonos, unos pagares denominados en dólares, resultantes de la deuda de corto plazo con la que la administración del presidente Carlos Salinas decidió afrontar su fuerte déficit en cuenta corriente que alcanzó el 7% del PIB en 1994. En diciembre de 1994, se instrumentó una antes desechada táctica de libre flotación de la paridad peso-dólar que, mezclada con graves fugas de información confidencial y combinada con los efectos del levantamiento Zapatista en Chiapas (EZLN) y los arteros asesinatos de Luis Donaldo Colosio y de Francisco Ruíz Massieu, propició la fuga de divisas del país más grande de la que se tenga memoria. De inmediato el precio del dólar creció en casi 100%, causando la quiebra de miles de compañías, desempleo y múltiples moratorias de pago. La banca nacional vislumbró el colapso, para evitarlo el gobierno de Zedillo recurrió al presidente William Clinton y recibió apoyos del orden de decenas de miles de millones de dólares y con ellos muchos compromisos, no sólo económicos sino políticos. Adicionalmente instrumentó el Fondo Bancario de protección al Ahorro FOBAPROA que, en medio de duras críticas sobre su falta de transparencia, también tejió una densa capa de impunidad sobre las acciones de algunos de sus beneficiados, rayanas en el fraude.
[12] México, una modernización fallida. J. Alberto Aguilar Iñárritu. “Balance en el proceso democratizador de México 1988-2009”. Editorial Porrúa/Facultad de Derecho/UNAM/COPUEX. 2010.
[13] HACIA UNA AGENDA DE INNOVACIÓN LEGISLATIVA: La experiencia de una Ley Marco en  México. J. Alberto Aguilar Iñárritu. Agosto 20 2013. El Centro de Investigaciones Legislativas de la UAM-Iztapalapa, la Cámara de Diputados, el Senado de la República, la Asamblea Legislativa del DF, UACM y BUAP
[14] Norberto Bobbio Il futuro de la democrazia, cit., p. 125[14]
[15] La democracia constitucional. Una radiografía teórica. Pedro Salazar Ugarte. Fondo de Cultura Económica. Instituto de Investigaciones Jurídica-UNAM. 2006 pág. 82
[16] Idem p. 80
[17] Ibídem 
[18] Idem p. 81
[19] Las cuatro grandes libertades de los modernos, así denominadas por de Bobbio: personal, de opinión, de reunión, de asociación.
[20] El Constitucionalismo de Norberto Bobbio: Un puente entre el poder y el derecho. Pedro Salazar Ugarte.. Instituto de Investigaciones Jurídicas, UNAM. p. 9 http://www.juridicas.unam.mx/publica/rev/cconst/cont/14/ard/ard7.htm