Conversaciones sobre el Estado
Imprescindible
J. Alberto Aguilar Iñárritu
San Cristóbal de las Casas,
Chiapas
Agosto 23, 2013
PRIMERA
CONVERSACIÓN
En primer término, quiero agradecer la amable
invitación de la familia Santiago Ramírez para compartir con todos ustedes este
significativo homenaje al profesor Filiberto Santiago Flores, abogado
chiapaneco, cuya memoria centenaria honramos en esta charla sobre temas de
ciencia política, sociología y derecho constitucional.
De igual forma, me es grato saludar a mi
amigo Cesar Augusto Santiago, un hombre de la política activa que ha sabido
conjugar los inestables avatares que impone su práctica, con la impronta de
aquellos que nos dieron Patria y también ocuparse por enaltecer el debate
doctrinario. Desafortunadamente cada vez hay menos actores de la política
contemporánea que se distingan en ese perfil.
Los partidos políticos han venido minimizando,
cuando no dejando de lado, su producción doctrinaria, programática y ética,
además de sus responsabilidades educativas, no sólo con respecto de sus
militantes, sino con relación a la sociedad en su conjunto. Incumplen así con
la Constitución, cuyo artículo 41 les ordena "promover la participación del pueblo en la vida democrática (...) de
acuerdo con los programas, principios e ideas que postulan", tesis fundamental
que se encuentra en la base de la ineludible construcción de ciudadanía y de la
imprescindible expansión de la cultura democrática.
Si todo partido
político es un gobierno en ciernes, entonces debe procurar ser una propuesta
ideológica, un ejemplo de conducta pública, una oferta programática de rumbo y
una expectativa de resolución positiva de las causas de al menos un sector de
la sociedad, seguidor de la agenda por la que dice luchar. Por ello es un
despropósito constatar que en México la política ahora se hace con insuficiencia
manifiesta de esos elementos y la vida partidaria se condensa al costoso predominio
de un excesivo pragmatismo electoral. El resultado de ese desatino es la caída
constante en la capacidad de los representantes electos y la consecuente y
creciente insatisfacción del pueblo.
Entre muchos temas que hemos tenido
oportunidad de comentar con Cesar, hay uno que es recurrente en su discurso y que
para mi resulta particularmente estimulante: el Estado Imprescindible. En septiembre de 1998 nuestro amigo Cesar
Augusto pronunció un conferencia en Zacatecas donde enfatizaba que: el
tema del "Estado imprescindible está
en el centro del debate, sobre todo en momentos en que el neoliberalismo ha
demostrado fehacientemente su fracaso".
La
fecha de aquella plática era todavía cercana a 1994 donde la crisis había trastocado
los esfuerzos de una década por consolidar un nuevo rumbo nacional, impulsados,
-en medio de una severa crisis fiscal, desde el año siguiente del colapso del
régimen de la Revolución en 1982-, bajo los criterios primero del ajuste
económico y luego del cambio estructural, dirigidos a lograr la alineación
global de México. En su exposición nuestro
amigo Santiago planteaba que la crisis en nuestro país tenía "varias causas, entre las que
sobresalen: el desmantelamiento del Estado, es decir, la política de
privatizaciones y la consecuente transformación de un Estado de bienestar que
existió durante más de cinco décadas, a la de un Estado neoliberal, que sólo se
encarga de intervenir para defender los intereses de los capitalistas
nacionales y extranjeros; la apertura indiscriminada de nuestras fronteras a
las mercancías extranjeras en lugar de defender la industria nacional. En
síntesis el desmantelamiento del Estado surgido de la Revolución de 1910, hasta
reducirlo a su mínima expresión".
Como
opción proponía "una tercera vía, que
no tiene que ver ni con el Estado ultraderechista neoliberal ni con el Estado
socialista, sino con el Estado imprescindible: el Estado que recupere su responsabilidad para
con la sociedad y que a la vez intervenga en el desarrollo económico nacional,
en un grado imprescindible". Una proposición de solución a uno de los
debates más importantes de nuestra historia nacional, que después de 1982 tomo
nuevos bríos, y que hasta la fecha no ha concluido: la modernización.
Un
concepto ideológicamente complicado
que amerita al menos establecer cuatro distinciones para y comprender su uso, como bien propone el doctor Gilberto
Giménez[1]:
1.
La
concepción de los clásicos: "el tránsito multisecular de un estado definido
genéricamente 'tradicional' a otro llamado 'moderno' o 'industrial', tránsito
presidido y guiado siempre por la idea de progreso como postulado racionalista,
es decir: del tránsito de la comunidad
tradicional a la sociedad contractual (Tönnies),
del mito a la ciencia (Comte), de la solidaridad por semejanza a la solidaridad por interdependencia
(Durkheim), de la sociedad tradicional a la sociedad racional burocratizada (Max Weber), de las sociedades precapitalistas
a la sociedad capitalista burguesa (Marx), de la costumbre a la
ley, etcétera".
2.
El concepto de modernización que surge en "la primera
postguerra ligado a la problemática del desarrollo económico de las sociedades
llamadas entonces “subdesarrolladas” o “atrasadas” y que en la segunda
postguerra mundial es retomado por la sociología estructural funcionalista de
Talcott Parsons, (siempre pensando en los Estados Unidos), como un proceso inmanente al sistema social, una especie de “maduración obligada” para
sobrevivir, por el que se pasa de una fase “tradicional” caracterizada por el
particularismo, a la adscripción y el globalismo (“Difusseness”), a una fase “moderna”
caracterizada por valores universalistas, la búsqueda de la eficacia y del
logro en la acción, y la especificidad funcional (“Pattern variables”)"[2]
3.
La crítica a la modernización funcionalista
o proceso de deconstrucción de ese paradigma que inicia "a fines de los
años sesenta a partir del postulado neo-evolucionista (desarrollismo), el etnocentrismo
inherente al modelo (americanización, “Westernization”), la dicotomización tradición/modernidad, la a-historicidad (que
considera los fenómenos de la modernización como elementos meramente analíticos
de un modelo sistémico estructural universalmente válido, prescindiendo de toda
determinación geográfica e histórica), la ideología subjetivista del activismo
instrumental basada en la “necesidad de realización” (The Achieving Society) y,
en fin, la ideología del “fin de las ideologías” que el modelo comporta como
una implicación residual" y en América Latina, expresada desde una perspectiva neo-marxista del
“desarrollo del subdesarrollo” en virtud de una situación estructural de
dependencia entre centro y periferia".
4.
La crítica “postmoderna” o “postmarxista”
de nuestros días, que "consuma la deconstrucción del modelo funcionalista
de modernidad mediante la amputación de
su aureola utópica (ideología del progreso) y de su pretendida teleología
hacia niveles crecientes de prosperidad y bienestar. (La) desutopización de la idea de
modernidad en nombre de “valores postmaterialistas” (situados más allá) del
interés económico ligado al valor de cambio, como la calidad de vida y la conservación del medio ambiente. Incluso aquello que denuncian los efectos destructivos de la
modernización (“Homeless Mind”,
etnocidio, ecocidio, “mediacidio”, etcétera) y plantean el rechazo en bloque de
la modernidad y el retorno a modos de vida propios de la civilización
tradicional (movimientos neoruralistas y neocomunales, etcétera)". Hasta aquí la cita.
Sin duda en México la
modernización también ha sido un tema de complejo. Aunque en el tiempo ha
cursado esas cuatro etapas mencionadas, las
mismas perduran y se entrecruzan culturalmente en la cosmovisión de muchos
actores que son o han sido factores de la toma de decisiones del rumbo nacional
y responsables de la acción o de la oposición.
Nuestra cultura, salvo memorables
episodios, no se caracteriza por
engendrar modernidad, por eso tendemos a importarla. Por el contrario para definir nuestro curso de acción somos mejores en reivindicar
nuestro anclaje en el pasado, en la tradición, lo que no significa que
carezcamos de momentos de ruptura cultural que facilitan el ingreso de las vigorosas
etapas de modernización, que también nos han construido. Quiere decir
que nos cuesta mucho trabajo arribar a ellas y que generalmente lo hacemos precedidos de una revolución que termina
comiéndose a sus precursores, a sus actores y a sus hijos, para luego
transar con el pasado y consolidarse entre retrocesos[3].
En los últimos 36 años hemos
intentado, sin resolver, y a contra corriente de nuestra tradición
revolucionaria, la vía política de optar por difíciles acuerdos que, sin romper
del todo la vida institucional, nos permitan transformarnos. No hemos
podido culminar la tarea, todavía no
podemos construir un nuevo Pacto de Poder que soporte un bloque histórico
gobernante que garantice la normalidad democrática.
No hemos comprendido que para tener éxito en los procesos de
modernización, resulta central aprehender y practicar el método que nuestra propia
historia nos ha enseñado cuando hemos alcanzado esos propósitos, y que normalmente
olvidan o desconocen los 'modernizadores'
que ven el mundo desde los pináculos de la tecnocracia:
·
En primer lugar que para liberar el camino de la modernidad resulta necesario, construir
una salida a los preceptos del arcaísmo desde los postulados y las formas
modernas. Se trata de incorporar al
México profundo para hacerlo un aliado de la reforma y no del conservadurismo.
El éxito de esta empresa reclama asumir que el avance de la modernización es, en primer término, un asunto de
correlación de fuerzas[4].
·
En segundo lugar y en correspondencia con lo
anterior, precisar de acuerdo con los
requisitos de inclusión que requiere un proceso de modernización para ser
exitoso: ¿qué forma de modernización
debemos impulsar para garantizar que sus beneficios, en cantidad y en calidad
sean mayores que sus daños o perjuicios y que sus prometidos beneficios se
aseguren e impacten a la mayoría?
Sólo en pocas y gloriosas
ocasiones hemos sido capaces de alcanzar la síntesis adecuada de esos
contrarios, tradición y modernidad, sin perder el rumbo de la transformación; es entonces, cuando hemos podido acceder a un
nivel superior de evolución[5]. No
tendremos de nuevo esos momentos de éxito, si
perdemos de vista que su forja se fabricó al hacer de la inclusión social una
prioridad del cambio: todos arriba, nadie abajo, del carro de la modernidad.
Este método lo comprendía muy bien el pensamiento y la práctica política
de los liberales mexicanos, -los
modernizadores desde la concepción clásica-, que desde su matriz masona, supieron anudar el hilo conductor que unía
las diversas demandas provenientes de la sociedad colonial, y aun anteriores, y
expresarlas modernamente a través de su sentido social[6]. Sin duda el Liberalismo Social Mexicano, tiene mucho
que enseñar al fallido ejercicio neoliberal que ahora padecemos.
Un ejemplo de ello, que vale la
pena recordar, es la cuestión de la
tierra en México, su génesis se encuentra desde la conquista y la colonia en
las demandas agrarias no resueltas de las comunidades indias y del Calpulli.
Su solución se nutre de la
continuidad evolutiva del pensamiento agrario de José María Morelos y Pavón y
después de Ponciano Arriaga y de Antonio Soto y Gama y de Emiliano Zapata[7], hasta llegar al General Lázaro Cárdenas. Fructifica a partir de articular arcaísmo y modernidad, en una síntesis
progresiva que edifica un poderoso eje de convocatoria histórica, a través de
la Independencia, la Reforma y la Revolución, para formar en cada momento la
base social de los diferentes movimientos revolucionarios, sustentar su promesa
de futuro, y dar rumbo a la modernización del campo mexicano durante el siglo
XX[8].
Cuando a lo largo del último tercio de siglo XX y en lo que va del
siglo XXI, la prioridad del cambio ha tocado al portón del sistema, que caro ha
resultado olvidar esas enseñanzas. En unas ocasiones hemos puesto doble llave a
la cerradura, en otras apenas aceptamos observarlo con recelo por la mirilla de
la puerta, para después penosamente abatirla y dejar pasar sólo un poco de
modernidad, la que salvaguarda al poder vigente o, en todo caso, no lo
perjudica demasiado[9].
En otras, las más comunes,
al intentar construir una alternativa de transformación, se ha hecho a un lado
la premisa de la inclusión social; se declara la apertura, pero cínicamente se
le mete el pié a las propuestas de los convocados y se opta por la vía autoritaria, anticipando así su fracaso. Afortunadamente
no se ha adoptado la visión de Samuel
Huntintong, que advertía natural "modernizarse"
bajo el mando de gobiernos autocráticos y militares, -aplicado en la América
Latina de los años 70 y 80 -, pero sí
se ha intentado la excluyente vía
tecnocrática de imponer el cambio a saltos. Ya tenemos muchos años ensayando ese método y la
actualización institucional no termina de realizarse. Sus impulsores ponen todo su esfuerzo en ganar la decisión de la cúpula,
pero pierden la calle.
Desde su
corto mirador técnico-burocrático, no ven que toda transformación política,
económica y social, del alcance de la transición mexicana a la democracia por
fuerza da lugar a una nueva época que
para consolidarse, necesita construir o
afianzar un nuevo Bloque Histórico de Poder, -que sólo puede surgir de un nuevo
Pacto de Poder -, sin el cual no está en condiciones de definir
mayoritariamente, en sus fundamentales, su hoja de ruta nacional. Veamos, en doscientos años de vida independiente,
México ha sido posible gracias a la celebración de tres grandes pactos de poder que en cada época consolidaron un bloque gobernante y pudieron edificar
y remozar el marco institucional con el que contamos:
El pacto de
Guadalupe Victoria que nos dio nación; el conformado desde Juárez hasta Díaz
que consolidó el Estado; y el creado desde Obregón y Calles hasta Cárdenas que
nos dio un régimen para gobernar la Revolución, mismo que ante su agotamiento
en los años 60 del siglo pasado, optó por abrir en 1977 las puertas a la
transición democrática, hasta su ya referido colapso, que urgió a la política a
desarrollar una nueva propuesta.
Más allá del
debate ideológico sobre la propuesta iniciada en 1983, que asumió el camino de
la integración global de México como programa y que se confrontó con las que
buscaban preservar el desarrollo endógeno y la protección social de la Revolución,
su problema, -y tal vez de ambas-, es que no
fueron capaces de articular mayorías estables, desde luego no sólo
político-electorales, sino también sociales-civiles y locales-mundiales, que
sustentaran sus proyectos. Tampoco los subsiguientes gobiernos de 1994
a 2012 hicieron nada al respecto, no apostaron por la fortalecer la República
para incluir y ecualizar a todos los parciales, menos aún entendieron la
urgente necesidad de construir un nuevo pacto nacional mayoritario de minorías
activas en lucha por el poder[10].
Con la Presidencia de Ernesto Zedillo, se profundizaron los rasgos más
ortodoxamente neoliberales del modelo alternativo propuesto y se terminó de
dar forma a la alternancia electoral que vivimos[11]. Durante los 12 años de los gobiernos del PAN, el neoliberalismo, acompañado de una buena
dosis de incapacidad, determinó la fragua y el quehacer de las políticas públicas. El Estado Imprescindible,
sufrió su desgaste mayores.
Desde antes de la
culminación de la primera transición a la democracia, México busca el cuarto pacto de poder de su historia, el Pacto de Poder
de la Democracia que funde la República
de la Democracia. A lo largo de tres décadas no hemos logrado concretar su
edificación y con frecuencia hemos extraviado el rumbo, siguiendo senderos
fallidos, -por excluyentes-, en el camino hacia la plena modernización nacional[12].
Sin duda hay
importantes cambios parciales, pero no una reexpresión del sistema de gobierno acorde con las nuevas
realidades, lo cual termina presionando aún más al desactualizado marco
institucional y comprometiendo su maniobrabilidad.
Ahora en 2013, veremos
si el Pacto por México puede ir más allá de la coyuntura para inducir una
estructura que supere y mejore su rol, como lo propone la reforma al régimen de
gobierno-, o sólo terminará su vida útil en medio de un proceloso mar de
contradicciones, afectaciones y reclamos[13].
SEGUNDA CONVERSACIÓN
De esta manera, cuando hablamos de nueva República volvemos
a preguntarnos por el Estado
Imprescindible que nos ocupa en esta charla, porque desde mi perspectiva esa es su naturaleza, la que justamente lo
hace imprescindible, el sentido contractual de la organización política de la
sociedad que bien establece el pensamiento clásico desde los tiempos de
Thomas Hobbes.
Sin República no hay posibilidad de armonizar al sociedad,
porque no existe la facultad de ecualizar los intereses particulares que
conforman la diversidad social y cuyas demandas deben tener un punto de
referencia y sanción en el arbitraje del Estado (Locke), para poderse reunir en
un manifiesto interés general.
Ese es justamente
el problema que enfrenta México desde 1982, cuando colapsó también el Pacto de
Poder sobre el que se había construido la tercera República. La República de la
Revolución. Al reconocer que somos una
nación es búsqueda de un nuevo Pacto de Poder, porque estamos des-pactados, es
reconocer que somos una nación obligada a restituir la República, que
realistamente sólo se puede logra con éxito, si lo hacemos bajo las reglas y
requerimientos de la naciente democracia. De ahí la República de la Democracia o la cuarta República mexicana. Es
decir estamos obligados a hacerlo bajo las características de la democracia en
México, un país con déficits en ciudadanía por tanto en transparencia y
rendición de cuentas, además de justicia
y sobre todo igualdad social.
La nueva República
está obligada a ecualizar intereses muy polarizados para lograr la inclusión
del conflicto social y por tanto su solución por los causes del Estado de
derecho. Por eso está obligada a ser una república social; pero también
necesita garantizar la protección de los derechos y libertades del ciudadano,
en particular en las esferas ideológica y económica, por lo cual deber ser una
República liberal; y finalmente, aunque no al final, necesita garantizar la seguridad jurídica del
gobernado, como primera clausula de contrato social que la origina, por lo cual
está también obligada a ser un República de derecho. Desde mi perspectiva,
estas son en consecuencia, las
características del Estado Imprescindible que buscamos para México: un
Estado social, laico, de derecho.
TERCERA CONVERSACIÓN
Nada tiene que ver
en esa concepción el debate sobre el tamaño del Estado que tan obsesivamente envolvió
y confundió las discusiones de los años 80 y 90 del siglo pasado y que, por
tanto, contextualizaban la propuesta de Cesar Augusto sobre el estado
Imprescindible.
El neoliberalismo
focalizado en quitar todo obstáculo a la apropiación global del capital
financiero, necesitaba comenzar por remover las detentes del Estado nacional,
es especial de aquellos de compromiso social, fueran estos de cuna
nacionalista-revolucionaria o socialdemócrata. El argumento fundamental partía
de un hecho real, las profundas crisis fiscales que se enfrentaban en todo el
mudo, que hacían inviable la aplicación
de los grandes presupuestos que habían crecido desde la postguerra para
propiciar el desarrollo humano y social.
Luego entonces de
la mano de los ajustes fiscales que reclamaban las crisis como la mexicana de
1982, para lograr un déficit público en equilibrio o manejable, se aplicaron
los llamados cambios estructurales, donde el concepto de reforma del estado,
acuñado por Banco Mundial, nada tenía que ver con el integral contemporáneo,
porque se reducía a implantar el Estado mínimo.
Al respecto vale precisar que el concepto de
limite del Estado que acuña esta visión minimalista interesada, nada tiene que
ver con la que plantea el liberalismo político desde Jonh Locke que se finca en
la protección de los derechos del individuo en una suerte de libertad negativa,
que se encuentra en la base de toda propuesta o construcción institucional
propia del constitucionalismo.
La lucha neoliberal por el Estado mínimo,
mañosamente adopta el camuflaje de la limitación al poder del Estado para ganar
el consenso liberal, y realmente introducir un verdadero desmantelamiento
justamente de los propios controles políticos que el liberalismo ideo para
frenar todo intento de oligopolización o sobre determinación de cualquier tipo
de acción corporativa sobre la libertad del ciudadano, sea esta desde luego de carácter
político o económico, como es el caso de referencia, o ideológico cuando hay
una gravitación excesiva de los medios de comunicación sobre la libertad e
opinión de la gente. Pero antes de continuar, un poco de historia.
La primera vez que aparece el concepto de
neoliberalismo es en 1938, en el
contexto de la junto con la pérdida de confianza generalizada y fortalecimiento
de las propuestas socialistas, vivían el embate desde el propio capitalismo
liberal de las propuestas de John Maynard Keynes. En tal ocasión un grupo de
connotados liberales: Louis Rougier, Walter Lippmann, Friedrich,
Wilhelm Röpke y Alexander Rüstow, entre otros, convocan en Paris el coloquio que
se denominaría Walter Lippman, con el fin de debatir sobre la posible substitución del liberalismo
económico del laissez-faire ante su fracaso. Alexander Rüstow propuso que se denominara a
ese proyecto neoliberalismo, desde luego no se lograron muchos consensos y los
más radicales como von Hayek y von Mises caminarían por la exacerbación
economicista de liberalismo, hasta ser factores ideológicos determinantes de la
propuesta neoliberal de los años 80 del siglo XX , donde Milton Friedman y sus teorías de choque y estabilización
condujeron las políticas económicas de Estados Unidos, Reino Unido y del Chile de
Pinochet y hasta extenderse por el mundo.
Ahora vale subrayar las distinciones entre el
neoliberalismo y el liberalismo político. Norberto Bobbio[14],
nos recuerda que el Estado Liberal permitió la pérdida del poder ideológico
mediante la concesión de los derechos civiles, en primera instancia de la
libertad religiosa y de opinión, y la pérdida del monopolio económico mediante
la concesión de la libertad económica y que terminó por conservar únicamente el
monopolio de la fuerza legítima cuyo ejercicio, además, quedó limitado por el
reconocimiento de los derechos del hombre y por los diferentes vínculos
jurídicos que dieron origen a la figura histórica del Estado de derecho. Es
decir se configuró la protección de lo que el mismo Bobbio ha
denominado 'las cuatro grandes
libertades de los modernos': personal, de opinión, de reunión, de
asociación"[15].
Es decir, "Sólo el Estado liberal
constituye la expresión terminada del ideal del "gobierno de las
leyes", en la medida en la que restringe su intervención en la sociedad
económica y en la sociedad ideológica porque respeta los límites legales
impuestos por los derechos de libertad individuales. En breve: es un Estado
laico y limitado"[16].
Al respecto Pedro Salazar[17]
precisa y establece una útil y sustancial diferencia sobre el término de Estado
limitado: "un Estado puede ser limitado en sus poderes o en sus funciones,
la primera acepción es propia del "gobierno de las leyes", del
Estado de derecho contrario al gobierno absoluto. En el segundo sentido "entramos a los dominios del Estado mínimo, que se opone al Estado máximo. El primer tipo de
limitación es propia del Estado de derecho
y en ese sentido lo es del liberalismo político, el segundo tipo, el Estado
mínimo, es liberalismo relativo al
liberalismo económico, que exacerbado, diríamos nosotros se convierte en
neoliberalismo.
Siguiendo con Salazar[18]
en la problematización de tema, el autor establece que un Estado limitado en sus poderes por los derechos de libertad no es
necesariamente un Estado mínimo,
-o sea limitado en sus funciones-, y este, el
Estado mínimo, no es invariablemente
un Estado de derecho, mientras que su contrario un Estado no mínimo incluso cercano al Estado máximo si puede serlo en la medida que respete los límites
impuestos por los derechos de libertad. Ejemplos de lo anterior son: el
Estado de bienestar de la posguerra, un Estado no mínimo, tal vez cercano a
máximo, pero de derecho; mientras que el Estado soviético fue un Estado máximo
pero también absoluto y el Estado del
golpista chileno Pinochet, contradiciendo a Hayek, fue mínimo pero absolutista
en extremo.
Esta interesante observación nos lleva a
establecer la frontera entre el liberalismo político clásico y el liberalismo
económico, sobre todo respecto de aquel que se reedita como neoliberalismo. El primero si bien respeta la libertad
económica no depende de ella para ejercer su función que es ante todo la de
salvaguardar los derechos de libertad de los individuos[19],
incluso si para ello debe limitar los
poderes no sólo públicos, sino los económicos e ideológicos sobre los que
en principio no actúa ni tiene atribuciones, pero si estos tienden a concentrarse y como tal pueden convertirse en
un poder absoluto, es deber del liberalismo político bien entendido proceder a
limitarlos, porque por principio esta opuesto a cualquier forma de
concentración del poder sobre la que antepone esa suerte de libertad negativa.
Más aún para
el liberalismo político el imperativo de la igualdad legal de los individuos y
su complemento activo que es su capacidad de elegir, se encuentran íntimamente
ligados al desarrollo de los derechos sociales, sin los cuales no es posible materialmente
garantizar una concurrencia en igualdad de condiciones u oportunidades por
parte de los miembros de una sociedad, ni de partida ni de llegada. Este es uno de los puntos de toque del
liberalismo político con la socialdemocracia.
Aún más Salazar nos recuerda que el proceso
contemporáneo de Constitucionalización ha
dado lugar a la ampliación del catálogo de los derechos reconocidos en el
derecho positivo y que ha venido proyectándose en el nivel internacional (en
una doble vertiente: horizontal y verticalmente). Desde los derechos de
libertad (que Bobbio llamaba "las cuatro grandes libertades de los
modernos"), pasando por los derechos políticos y hasta llegar a los
derechos sociales, las Constituciones modernas han venido reconociendo un mayor
número de derechos individuales como fundamento y fin último de los Estados
contemporáneos. Además, dichos derechos se han convertido en la columna
vertebral de las cartas y pactos supranacionales" y nos ofrece una
ilustrativa síntesis del pensamiento político bobbiano[20]:
Derechos del hombre, democracia y
paz son tres momentos necesarios del mismo movimiento histórico: sin derechos
del hombre reconocidos o protegidos no hay democracia; sin democracia no
existen las condiciones mínimas para la solución pacífica de los conflictos.
Con otras palabras, la democracia es la sociedad de los ciudadanos y los
súbditos se convierten en ciudadanos cuando les son reconocidos algunos
derechos fundamentales; sólo existirá una paz estable, una paz que no tenga a
la guerra como alternativa, cuando existan ciudadanos que no sean de éste o de
aquél estado, sino del mundo.
Finalmente, a diferencia de la condena que el
neoliberalismo ha impuesto sobre el Estado Imprescindible desde su perspectiva de
Estado-nación y de la creciente crisis de la democracia representativa en e el
contexto de la mundialización de todos los procesos, no sólo los económicos, hay
un gran espacio para su desarrollo en ambas vertientes. Si bien es cierto que
el Estado nación difícilmente puede por sí solo confrontar los grandes
problemas mundiales y resulta muy grande para centralizar la gestión de todos
los pequeños problemas locales y sectoriales, ello no implica su desaparición
sino su transformación:
Uno hacia su creciente integración en redes y
dos hacia extender y radicalizar la democracia a todos los espacios de
interacción social, más allá de las instituciones representativas.
Muchas gracias.
[1]
Modernización, Cultura e Identidad Social. Gilberto Giménez. Instituto
de Investigaciones Sociales de la UNAM.
1995. p. 3, 4, 5, 6, 7
[2] Ibídem. Según
Jeffrey C. Alexander, este modelo tiene por contexto el ambiente inusitadamente
estable y optimista de la segunda postguerra en la que Estados Unidos se
destaca como la sociedad más democrática y estable del mundo
[3]
México, una modernización fallida. J. Alberto Aguilar Iñárritu. “Balance en el proceso
democratizador de México 1988-2009”. Editorial
Porrúa/Facultad
de Derecho/UNAM/COPUEX. 2010. p. 4
[4]
Ibídem
[5] Ídem. p. 6. Olvidamos con
frecuencia que los mejores episodios de modernidad mexicana pudieron
consolidarse porque se encontraron los equilibrios incluyentes entre arcaísmo y
modernidad para dar lugar a un vector síntesis. Por ejemplo la secularización
de la sociedad que inicia a cargo de la pléyade liberal en el siglo XIX o la construcción institucional social del
siglo XX a cargo de la Revolución, no obstante ser ambas causas revolucionarias
donde quien triunfa impone al derrotado su visión, fueron ante todo procesos
cuya legitimidad y viabilidad, se logra a partir de la incorporación
mayoritaria de intereses.
[6] Ver más en Jesús Reyes Heroles, “Liberalismo Social”, en El Liberalismo Mexicano, La Introducción de
las Ideas, Vol. III, Fondo de Cultura Económica, México, 1974, pp. 541-542
[7] Ver Sentimientos
de la Nación, José María Morelos, Septiembre 14, 1813. Voto Particular
sobre la propiedad, Ponciano Arriaga,
Junio 23, 1856. El Pensamiento de Antonio Díaz Soto y Gama a
través de 50 años de labor periodística, 1899-1949, Román
Iglesias González, Instituto de Investigaciones Jurídicas. Universidad Nacional
Autónoma de México. México. Primera edición 1997. pp. 478. Plan de Ayala, Emiliano Zapata, Noviembre 25 de 1911.
[8] México,
una modernización fallida. J. Alberto Aguilar Iñárritu. “Balance en el proceso democratizador
de México 1988-2009”. Editorial
Porrúa/Facultad de Derecho/UNAM/COPUEX. 2010.
[9] Idem
[10] "..
la conformación del acuerdo político
nacional o pacto de poder mayoritario, que funde y soporte a la democracia como
nueva época de la nación...un gran concierto de voluntades entre todos los
segmentos plurales de poder o al menos entre su mayoría absoluta...un pacto mayoritario de minorías activas, donde
se convienen las líneas básicas del rumbo nacional. Ver 2012: La última elección del siglo
XX, J. Alberto Aguilar Iñárritu, Pag 5, 6 y 7
"La sucesión Presidencial 2012. ¿Qué hacer para legitimarla, por qué cómo
y cuándo? Editorial Porrúa/Facultad de Derecho, UNAM/COPUEX Diciembre 12, 2011
[11] Durante la Presidencia de
Ernesto Zedillo, se profundizaron los rasgos más ortodoxamente neoliberales del
modelo alternativo triunfante y se terminó de dar forma a la alternancia
electoral que vivimos. Fue un gobierno cuyo trayecto estuvo indisolublemente
marcado por la crisis financiera que enfrentó y que la anterior administración
decía que propició. Una frase muy usada por entonces era que a Zedillo, en
efecto, le habían entregado la economía
del país prendida de alfileres, pero que él se los quitó. Esta crisis que a nivel internacional se
conoció como el Efecto Tequila, en México tomo el nombre del error de diciembre y aunque desde
nuestra perspectiva realmente evidenciaba los problemas estructurales del
modelo, en su forma coyuntural la mayoría de los analistas coinciden en que fue
producto de la incapacidad de la nueva administración para diseñar una
estrategia eficaz que permitiera amortiguar el impacto del vencimiento de los llamados Tesobonos, unos pagares denominados
en dólares, resultantes de la deuda de corto plazo con la que la administración
del presidente Carlos Salinas decidió afrontar su fuerte déficit en cuenta
corriente que alcanzó el 7% del PIB en 1994. En
diciembre de 1994, se instrumentó una antes
desechada táctica de libre flotación de la paridad peso-dólar que, mezclada con
graves fugas de información confidencial y combinada con los efectos del
levantamiento Zapatista en Chiapas (EZLN) y los arteros asesinatos de Luis
Donaldo Colosio y de Francisco Ruíz Massieu, propició la fuga de divisas del
país más grande de la que se tenga memoria. De inmediato el precio del dólar
creció en casi 100%, causando la quiebra de miles de compañías, desempleo y
múltiples moratorias de pago. La banca nacional vislumbró el colapso, para
evitarlo el gobierno de Zedillo recurrió al presidente William Clinton y
recibió apoyos del orden de decenas de miles de millones de dólares y con ellos
muchos compromisos, no sólo económicos sino políticos. Adicionalmente instrumentó
el Fondo Bancario de protección al Ahorro FOBAPROA que, en medio de duras
críticas sobre su falta de transparencia, también tejió una densa capa de
impunidad sobre las acciones de algunos de sus beneficiados, rayanas en el
fraude.
[12] México, una modernización
fallida. J.
Alberto Aguilar Iñárritu. “Balance en el proceso democratizador de México 1988-2009”. Editorial
Porrúa/Facultad de Derecho/UNAM/COPUEX. 2010.
[13] HACIA UNA AGENDA DE INNOVACIÓN LEGISLATIVA: La experiencia de una Ley
Marco en México. J. Alberto Aguilar Iñárritu. Agosto 20 2013. El Centro
de Investigaciones Legislativas de la UAM-Iztapalapa, la Cámara de Diputados,
el Senado de la República, la Asamblea Legislativa del DF, UACM y BUAP
[15]
La democracia constitucional. Una radiografía
teórica. Pedro Salazar Ugarte. Fondo de Cultura Económica. Instituto de
Investigaciones Jurídica-UNAM. 2006 pág. 82
[16] Idem p. 80
[17]
Ibídem
[18]
Idem p. 81
[19]
Las cuatro grandes libertades de los modernos,
así denominadas por de Bobbio: personal, de opinión, de reunión, de asociación.
[20] El Constitucionalismo de Norberto Bobbio: Un puente entre el poder y el
derecho. Pedro Salazar Ugarte.. Instituto
de Investigaciones Jurídicas, UNAM. p. 9 http://www.juridicas.unam.mx/publica/rev/cconst/cont/14/ard/ard7.htm