martes, 2 de julio de 2013

CONSTRUYENDO EL FEDERALISMO DEL SIGLO XXI





CONSTRUYENDO EL FEDERALISMO DEL SIGLO XXI


INSTITUTO DE ESTUDIOS DEL FEDERALISMO "PRISCILIANO SÁNCHEZ"


J. ALBERTO AGUILAR IÑÁRRITU

JUNIO 17, 2013

GUADALAJARA, JALISCO





CONTEXTO
En primer término quiero agradecer la amable invitación que me ha hecho el Dr. Javier Hurtado para participar en este importante evento y saludar a dos destacados juristas, mis compañeros de mesa, María del Pilar Hernández Martínez y José Barragán Barragán,  así como reconocer a todos ustedes su amable presencia.
Celebrar el 190 aniversario de la creación del Estado de Jalisco y del inicio del  Federalismo mexicano, es honrar la memoria de muchos vibrantes episodios definitorios de nuestra historia política, donde la convicción libertaria de este pueblo de occidente se convirtió en un baluarte de la fórmula que, en el Acta Constitutiva de la Federación Mexicana, permitió unir a la nación en los primeros tiempos de su compleja gestación.
Es, desde luego, honrar también, en las enormes figuras de Prisciliano Sánchez y su "Pacto Federal de Anáhuac"  y de Mariano Otero y su "voto particular", a la prodiga inteligencia progresista del liberalismo social mexicano, cuya praxis, doctrina y honesta convicción, todavía hoy nos muestran la ruta hacia la felicidad.
Pero es también una excelente oportunidad para recordar nuestras asignaturas pendientes en la inaplazable tarea de actualizar las instituciones de la República, a la luz de las transformaciones que la democracia exige, para profundizar sus efectos positivos y consolidar su vigencia.  Entre ellas, la construcción del Federalismo mexicano del siglo XXI.
En doscientos años de vida independiente, México ha vivido de tres grandes pactos de poder que permitieron edificar el marco institucional que hoy nos conduce: el pacto de Guadalupe Victoria que nos dio nación; el conformado desde Juárez hasta Díaz que consolidó el Estado; y el creado desde Obregón y Calles hasta Cárdenas que nos dio un régimen para gobernar la Revolución. Este último terminó su vigencia en 1982 en medio de una profunda crisis fiscal, que colapsó el régimen revolucionario y urgió a la política a desarrollar una nueva propuesta.
Desde entonces estamos a la búsqueda del cuarto pacto de poder de nuestra historia, que por fuerza debe ser el pacto de poder de la democracia. Hemos avanzado mucho, pero a lo largo de tres décadas no hemos logrado terminar de concretar una ruta de consenso mayoritario hacia la plena modernización nacional y con frecuencia nos hemos extraviado siguiendo senderos fallidos[1]. Es imperativo proponernos consolidar un nuevo bloque histórico soportado en un proyecto de nación compartido de prosperidad, igualdad, democracia y seguridad jurídica, que cimiente en la diversidad nuestra unidad en lo fundamental y de un sentido de grandeza a nuestro tránsito por este siglo.
Necesitamos inaugurar la cuarta era de la República, la República de la Democracia, para poder ecualizar, con plena libertad, legalidad y legitimidad, todos los intereses particulares en el interés general de la nación, restituido como norma fundamental de nuestra convivencia. Sólo así podremos superar la colonización de los poderes facticos que sufre la República, conscientes de que no es su inexistencia lo que da certeza al interés mayoritario de la nación sino la fortaleza de la República, como poder superior a todos los parciales que la conforman, en el acuerdo básico y en la eficacia jurídica de la Ley[2].  
En esta perspectiva, actualizar el federalismo es una pieza central de la funcionalidad deseada para esta nueva época. Porque la modernidad no es patrimonio del centro y la riqueza regional de la nación es fuente primordial de su desarrollo; su exclusión anuncia la debilidad de una propuesta o su fracaso.




El FEDERALISMO
El federalismo mexicano además de ser una posición ideológica progresista, es una fórmula histórica para organizar al poder emanado del pueblo. Es un  producto esencial del primero de los tres grandes pactos de poder que han soportado nuestra vida independiente: el de Guadalupe Victoria.
Es una forma de gobierno, que no de Estado, una técnica para organizar los poderes públicos, como bien lo explica el Doctor Barragán en su obra "El Federalismo mexicano. Visión histórico constitucional[3]".  Una feliz solución mexicana que resuelve el debate de la coexistencia entre dos soberanías, la federal y la local, y que hoy, nos da la pauta para superar el verticalismo que ha sufrido el federalismo, en particular desde el siglo pasado, y que todavía espera ser desmontado en bien del desarrollo equitativo y competitivo de México.
Sin embargo, en cada una de la tres épocas antes referidas resultantes de los pactos de poder ya mencionados, la práctica política de gobierno y después la interpretación doctrinaria, otorgan su sello particular al federalismo. Todas prohíjan una tendencia constante hacia la preeminencia del gobierno federal sobre los estatales y de estos con respecto a los municipales.  Así hemos cursado del federalismo fundacional de 1824, al liberal de 1857 y de ahí, a partir de 1917, al denominado por algunos autores federalismo unitario[4] cuya principal característica es que su soberanía es superior a la suma de los estados[5].

Tres hilos conductores permiten explicar la evolución de este proceso de modalidades federalistas centralizadoras:

Primero, la mudanza interpretativa de la denominada cláusula residual, condensada en el artículo 124 constitucional, que fue invirtiendo 180 grados la percepción de su sentido original al acompasar la creciente preeminencia federal sobre lo local;

Segundo, el control federal de la materia fiscal, columna vertebral del Estado, que paternalistamente subordinó e irresposabilizó a los estados y a los municipios respecto de un quehacer fundante de todo pacto político; y

Tercero, la prohibición a la reelección inmediata de alcaldes, que fortaleció el verticalismo político del sistema.

El artículo 124 constitucional consigna que:

 "Las facultades que no están expresamente concedidas por esta Constitución a los funcionarios federales, se entienden reservadas a los Estados".

La esencia de esta norma se remonta al voto particular de Mariano Otero en el Acta de Reformas del 21 de mayo de 1847, donde establecía que:

 “Los Poderes de la Unión derivan todos de la Constitución, y se limitan sólo al ejercicio de las facultades expresamente designadas en ella misma, sin que se entiendan permitidas otras por falta de expresa restricción”.

Una inteligente fórmula que rescataba las posiciones que diferentes diputaciones provinciales, -como las de Jalisco[6], Yucatán, Veracruz y Querétaro-, defendieron en los debates de 1824 y que en 1847 nació con el fin de regular la excesiva gravitación del Congreso de la Unión de entonces sobre los gobiernos estatales.  Su virtud fue establecer con precisión las reglas de la coexistencia del mandato soberano que el pueblo otorga a dos instancias de gobierno: la federal y la estatal, y por extensión a la municipal.

Su base es que la soberanía deviene del pueblo que habita el territorio que conforma a los municipios y los estados, a quienes otorga la titularidad de los derechos de su representación, pero conserva sus prerrogativas en la ampliación de los mismos, y les ordena unirse en el pacto federal[7]. Lo cual implica dotar a la Federación de atribuciones exclusivas y limitadas a través de la Constitución General de la República, al tiempo que mantener, -en una suerte de libertad negativa-, la titularidad de todas lo demás, vigentes o futuras, para su propio ejercicio y disfrute.

Sin embargo, a partir del último cuarto del siglo XIX y durante todo el siglo XX, el incremento de las facultades de la Federación fue constante junto con el sometimiento de la autoridad local. Primero en aras del orden y el progreso y luego de la reconstrucción nacional, del programa social, etcétera. La concentración de los recursos centralizó también la política pública y su administración y la designación vertical de los cargos de elección popular, consolidaron el federalismo unitario.

En paralelo se fue invirtiendo la interpretación del espíritu de la cláusula residual, que no varió en las constituciones de 1857 y de 1917, para aceptar que sea la Federación quien otorga a los Estados sus atribuciones y estos a los municipios.
Posteriormente, la llegada de los gobiernos de la primera alternancia no desmontó ni corrigió esta distorsión centralista del federalismo mexicano, sino que imprimió a esta práctica una variante de centralismo-confederacionista que, por un lado excluía a los poderes locales de la toma de decisiones en asuntos tan importantes como la seguridad, mientras que por otro se toleraban tendencias locales casi autárquicas, por ejemplo en materia financiera.
Adicionalmente, se consolidaron las concepciones minimalistas del Estado y el abandono de políticas de desarrollo regional dirigidas desde el gasto público federal, al fomento del agro y de la industria, en serio detrimento de la competitividad, la justicia social y la seguridad de las regiones de México.
Se hizo a un lado la decisión correcta de fortalecer a los estados y a los municipios como base de la solidez de la nación y se perdió de vista que México no necesita de un gobierno central imponente que a final achica no sólo el tamaño y el potencial del país, sino su viabilidad misma.



Lo que se requiere es un Estado fuerte y este resulta del reparto equitativo y sustentable de atribuciones y competencias entre sus partes. Las soluciones nacionales efectivas requieren el concurso de la mayoría de los mexicanos.

Lo deseable es que bajo el principio de máxima proximidad del ciudadano con la autoridad, en el nivel local se atiendan los asuntos locales con plena flexibilidad y sin más restricciones que las explícitamente pactadas en el acuerdo federalista. Que aflore la creatividad política y, en su caso, se puedan desplegar nuevos derechos e instituciones con atribuciones específicas para satisfacer las demandas de sus ciudadanos.   Todo lo cual exige fortalecer esas capacidades regionales atrofiadas durante muchos años  por el centralismo de hecho, que sigue sufriendo el federalismo mexicano.

La médula de un federalismo eficaz reside en alcanzar un diseño competencial equitativo, cooperativo e incluyente. Avanzar hacia una democracia de resultados, demanda hoy un nuevo equilibrio en materia de relaciones intergubernamentales.  Su óptima funcionalidad requiere que los estados y los municipios cuenten con amplios espacios de autonomía frente al gobierno central para poder gestionar de acuerdo con su diversidad la resolución de sus asuntos; estimular la cooperación y la coordinación como fórmula de la relación entre el gobierno nacional y cada gobierno local; y también para hacer lo propio entre los gobiernos locales, de manera horizontal.

¿QUÉ FEDERALISMO PARA EL SIGLO XXI?

Hoy en un mundo global, donde la asociación regional se convierte en un eje del progreso y la máxima cercanía del ciudadano con la toma de decisiones del poder, constituye un eje básico de la gobernabilidad democrática que cumple, resulta vital no sólo devolver a la clausula residual su sentido original, sino modificar en el marco de una reforma hacendaria de fondo, el ineficiente acuerdo de coordinación fiscal vigente y caminar hacia la reelección acotada de alcaldes.  
Adicionalmente, apoyar de manera decidida la plena autonomía de la Ciudad de México, a la vez que mantenga su estatuto de capitalidad, es también es avanzar hacia el federalismo democrático.

El federalismo del siglo XXI debe ser construido bajo los parámetros de la democracia, por ello su actualización se debe realizar a partir de siete criterios básicos que permitan superar el vetusto ejercicio actual que a nadie satisface y que priva a la nación del usufructo de sus mejores y mayores ventajas competitivas:

Subsidiaridad, coordinación, compensación, cooperación, transparencia, rendición de cuentas y participación ciudadana.

A partir de su puesta en práctica se puede:

Estimular la cooperación y la coordinación horizontal de la relación entre el gobierno nacional y cada gobierno local y también entre los gobiernos locales.

Abrir la puerta a la interacción de políticas regionales y a la creación de un cuarto nivel de gobierno para gestionar adecuadamente, potenciar y aprovechar las ventajas competitivas de las cuencas regionales, áreas metropolitanas y comarcales del país, a nivel del mercado interno y global

Permitir las alianzas o asociaciones entre estados y entre municipios, aspecto vital para desarrollar a México desde sus regiones y desarrollar horizontalmente su potencial claramente desperdiciado.

 Al respecto de esto último, valga un ejemplo: con la terminación de la carretera Matamoros-Mazatlán que unirá al noreste con el noroeste del país, estamos por asistir al nacimiento, en doscientos años de vida independiente, del primer eje transversal de comunicación regional en México.  El otro, largamente acariciado, el Istmo de Tehuantepec, duerme el sueño de justos mientras que Nicaragua construirá con capital chino un nuevo canal interoceánico y Panamá se ha modernizado al máximo.

Para dimensionar estos ejemplos, baste recordar que a finales de la década de los años 60 del siglo XIX, los Estados Unidos lograron conectar la comunicación trasversal de ese país y conquistar el “salvaje” oeste mediante la conclusión de su primer ferrocarril transcontinental, que fue inaugurado en la famosa ceremonia del  “Golden Spike”,  lo cual constituyó un gran detonador del mercado interno y también de la conectividad de esa nación con internacionalización económica del mundo de entonces.

Es momento de explorar con racionalidad las facultades concurrentes de las entidades federativas, particularmente en el ámbito fiscal, y asumir de manera compartida y responsable el esfuerzo por el desarrollo nacional a partir del regional, entre todos los miembros del pacto federal.

En materia de nuevos derechos, dar rienda suelta a la revisión de las constituciones locales, donde varias entidades están logrando ejercicios de modernización todavía no alcanzables a nivel federal, pero que colaboran en la ruta de la actualización institucional que exige la democracia.

Con respecto a las necesidades de establecer criterios de homogeneidad en algunas áreas como seguridad o ahora el ámbito electoral, con vistas a la creación de instituciones y elaboración normas generales que mejor tutelen los derechos ahí consagrados, el punto es trabajar esas materias desde una metodología federalista.

Tener en cuenta que los problemas del federalismo se resuelven profundizando el propio federalismo, no impulsando acciones centralistas bajo promesas de eficacia, supuestos ahorros o mejores tutelas, que al final no sólo incumplen su oferta, sino que  dañan el pacto federal y con ello la funcionalidad de lo que se quería solucionar.



En fin, el nombre del juego es volver a hacer política de Estado para reorganizar el sistema federal del país.

Unir sin fusionar y diferenciar sin dividir, fue el principio que estableció el dictamen que emitió Senado el 27 de abril de 2006 con el objeto de realizar varias reformas constitucionales en materia de federalismo[8].

Actualizar el federalismo del siglo XXI bajo ese criterio, es una buena manera de comenzar la tarea, porque sabremos que tendrá éxito.

Muchas gracias.












[1] México, una modernización fallida. J. Alberto Aguilar Iñárritu. “Balance en el proceso democratizador de México 1988-2009”. Editorial Porrúa/Facultad de Derecho/UNAM/COPUEX. 2010.
[2] ".. la conformación del acuerdo político nacional o pacto de poder mayoritario, que funde y soporte a la democracia como nueva época de la nación...un gran concierto de voluntades entre todos los segmentos plurales de poder o al menos entre su mayoría absoluta...un pacto mayoritario de minorías activas, donde se convienen las líneas básicas del rumbo nacional. Ver 2012: La última elección del siglo XX, J. Alberto Aguilar Iñárritu, Pag 5, 6 y 7 "La sucesión Presidencial 2012. ¿Qué hacer para legitimarla, por qué cómo y cuándo? Editorial Porrúa/Facultad de Derecho, UNAM/COPUEX Diciembre 12, 2011
[3] EL FEDERALISMO MEXICANO. VISIÓN HISTÓRICO CONSTITUCIONAL . Barragán Barragán, José. ISBN 970-32-4421-8. Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM. 2007
[4] El federalismo unitario: Su origen y sostén fue el presidencialismo propio del régimen de partido hegemónico; no obstante el arribo de la alternancia, este sigue vigente, lo cual comprueba que no se ha profundizado la democracia, ni se han actualizado en consecuencia sus instituciones; su principal característica es que la soberanía de éste es superior a la suma de los estados; su forma de operación es introducir un ordenamiento administrativo piramidal por el cual los órdenes estatal y municipal quedan subordinados y dependientes del nivel federal central. Superar esta forma añeja de federalismo resulta inaplazable, toda vez que sin un esquema que otorgue una mayor soberanía a los estados y a los municipios y no simplemente una mayor desconcentración administrativa, estos no podrán constituir los agentes activos del desarrollo que necesita México para aprovechar a cabalidad y potenciar, las ventajas competitivas de todos, de cada uno de ellos, y de sus posibles grados de asociación, en el entorno global.  Origen, evolución y perspectivas del federalismo mexicano. Ricardo Monreal Ávila. Ed. Porrúa. México. 2004.
[5] Una práctica de gobierno que, como muchas otras reminiscencias pre-transicionales, no sólo se niega a morir, sino que en los últimos doce años se mezcló con otra práctica de gobierno, una suerte de centralismo-confederacionista, minimalista, opaco y dilapidador.

[6] Manifiesto de 1823 "sobre el derecho y conveniencia de su pronunciamiento en República Federada, emitido por la diputación provincial de Xalisco, que atribuía al sistema federal la bondad de dejar a cada estado en libertad de gozar "sus bienes y derechos privativos", y, al mismo tiempo, de resolver no ejercer, sino de común consentimiento, "ciertos atributos de la soberanía, sobre todo la que concierne a su mutua defensa contra los enemigos de fuera". Fueron esas posiciones políticas, entre otros factores, las que justamente llevaron al Constituyente a expedir, en enero de 1824, el Acta Constitutiva de la Federación Mexicana. La Constitución de ese mismo año, al establecer el régimen federal, otorgó, en su artículo 50, facultades a los Poderes de la Unión sin excluir la participación de los Estados, al mismo tiempo que a éstos los facultó a ejercer las suyas de forma complementaria, a fin de que unos y otros fueran competentes para fomentar la prosperidad de la Nación e inculcar la ilustración de su población.  Ver: DICTAMEN DE LAS COMISIONES DE PUNTOS CONSTITUCIONALES, DE FEDERALISMO Y DESARROLLO MUNICIPAL, DE SALUD Y SEGURIDAD SOCIAL, DE ESTUDIOS LEGISLATIVOS, DE ESTUDIOS LEGISLATIVOS PRIMERA Y DE ESTUDIOS LEGISLATIVOS SEGUNDA, SOBRE REFORMAS CONSTITUCIONALES EN MATERIA DE FEDERALISMO. entre otros intervinieron los Senadores: Cesar Camacho Quiroz, por las comisiones, para fundamentar el dictamen, quien presento propuestas de modificación. Cesar Jáuregui Robles, PAN. David Jiménez González, PRI. Raymundo Cárdenas Hernández, PRD. Jesús Galván Muñoz, PAN. Juan José Rodríguez Prats, PAN. Manuel Bartlett Díaz, PRI. Carlos Madrazo Limón, PAN. Dulce Maria Sauri RIancho, PRI. Oscar Luebbert Gutiérrez, PRI. Alfredo Reyes Velázquez, PAN. Juan José Rodríguez Prats, PAN. Jorge Zermeño infante, PAN. Jueves 27 de Abril de 2006. Tercer Año de Ejercicio. Segundo Período Ordinario
[7] En la obra citada el Dr. José Barragán con razón especifica que no hay habitantes federales, sino comunidades originarias, ni tampoco territorio originalmente federal, sino el otorgado por los Estados para el asentamiento de los poderes de la unión. Asunto de particular importancia ante los debates actuales sobre la plena autonomía de la Ciudad de México.
[8] Ver: Dictamen de las comisiones de Puntos Constitucionales, de Federalismo y Desarrollo Municipal, de Salud y Seguridad Social, de Estudios Legislativos, de Estudios Legislativos Primera y de Estudios Legislativos Segunda, sobre reformas constitucionales en materia de federalismo. entre otros intervinieron los Senadores: Cesar Camacho Quiroz, por las comisiones, para fundamentar el dictamen, quien presento propuestas de modificación. Cesar Jáuregui Robles, PAN. David Jiménez González, PRI. Raymundo Cárdenas Hernández, PRD. Jesús Galván Muñoz, PAN. Juan José Rodríguez Prats, PAN. Manuel Bartlett Díaz, PRI. Carlos Madrazo Limón, PAN. Dulce Maria Sauri RIancho, PRI. Oscar Luebbert Gutiérrez, PRI. Alfredo Reyes Velázquez, PAN. Juan José Rodríguez Prats, PAN. Jorge Zermeño infante, PAN. Jueves 27 de Abril de 2006. Tercer Año de Ejercicio. Segundo Período Ordinario

¿Qué sistema de partidos políticos necesita México?



Audiencias públicas para las reformas al  sistema electoral y al régimen político

Participación ciudadana y partidos políticos



¿Qué sistema de partidos políticos necesita México?

J. Alberto Aguilar Iñárritu




Senado de la República

Junio 20 2013







CONTEXTO
México asiste hoy a múltiples manifestaciones del deterioro de su actual sistema de partidos políticos. La ciudadanía le otorga a los partidos políticos las calificaciones más bajas en su valoración perceptiva sobre actores, cuerpos e instituciones públicos. Ella compara los grandes recursos fiscales que financian la operación partidaria con los beneficios que recibe y el insatisfactorio saldo crece la distancia entre los partidos y la esperanza de la gente.
A lo largo de los últimos 30 años, el sistema de partidos vigente demostró ser eficaz para desmontar el régimen de partido hegemónico, pero no para profundizar la democracia en su práctica política interna, mucho menos en la vida política de la nación, ni tampoco para ocuparse de normalizar una gobernabilidad democrática de resultados, como la que requerimos. Contra toda expectativa deseable, a partir del advenimiento de la alternancia, la aportación de los partidos políticos a la actualización institucional y  a la construcción de ciudadanía, ha sido tan magra como su consolidación doctrinaria, programática y ética en el cumplimiento de su misión constitucional como entidades de interés público obligadas a representar a las diversas partes de la sociedad.
Los partidos políticos han reducido su convocatoria a los procesos electorales, haciendo a un lado su rol en el ejercicio democrático del poder y en esa proporción han perdido facultad de inclusión, dañando al sistema. Baste recordar que mientras la vigencia de un sistema político resulta de su potencial de inclusión ante el conflicto social, -es decir de su solvencia para procesarlo a través de soluciones institucionales-, su grado de caducidad deviene de su impermeabilidad al mismo.
Cada vez con mayor frecuencia el panorama político nacional  se observa afectado por la paulatina propagación de diversas islas antisistema que amenazan su estabilidad. Unas se combaten desde su origen con mayor o menor éxito como la delincuencia, pero otras no se atienden pese al riesgo político que implican y a su grave impacto en el ya muy lastimado tejido social.
Estas últimas resultan de la incapacidad de los partidos políticos para representar causas ciudadanas y canalizar el conflicto por las vías del maltrecho Estado de Derecho.
Por tan sólo mencionar algunos ejemplos, es el caso de los movimientos rurales que demandan atención de los partidos sin recibirla frente a conflictos con compañías mineras, aquellos derivados de la tala de montes, de reivindicaciones de pueblos indígenas o de comunidades afectadas por obras urbanas, de jóvenes sin posibilidades de cumplir sus expectativas o de manifestaciones de inconformidad de la clase media urbana, y que ante el vació partidario toman distancia y tienden a girar hacia expresiones antisistema buscando cobijo y soluciones.
Es claro que cuando el sistema de partidos abandona su papel en la gobernabilidad, se convierte en otro de los grandes déficits que dañan la eficacia del ejercicio democrático del poder. Se ahondan las debilidades del actual régimen de gobierno, dividido, carente de reglas para formar mayorías estables y atrapado en la inoperativa premisa de que el que gana, gana todo y el que pierde, pierde todo. Un régimen de gobierno refractario a su reforma, obligado a maniobrar bajo un pacto coyuntural, el Pacto por México, un pacto del gobierno, no de cogobierno, saludable cuando no se tiene otra cosa, pero a la larga insostenible, cuya operación también contribuye al deterioro del sistema de partidos y al conflicto con el legislativo.
Adicionalmente, el decaimiento que se observa en las oposiciones estimula la dominancia electoral del partido que ganó la Presidencia de la República lo cual, -a contrario sensu de las visiones hegemónicas-, también afecta la azolvada permeabilidad del sistema al inducir un soterramiento mayor de la diversidad política, que alimenta las islas antisistema. Se propicia el riesgo de convertir al PRI en un representante solitario del establishment de cara al conflicto, en una suerte de indeseado retorno al superado momento pre Reyes Heroles.  Por otro lado la creciente oligopolización del sistema ejemplificada en el artículo 28 del COFIPE, violatorio de los artículos 6 y 9 constitucionales, que obliga a formar un nuevo partido hasta enero de cada seis años, es otra faceta indeseable incompatible con profundizar la democracia.
¿CUÁL ES EL MODELO DE PARTIDOS POLÍTICOS QUE ESTABLECE LA CONSTITUCIÓN MEXICANA?
El artículo 41 constitucional, define a los partidos políticos como entidades de interés público cuyo fin es promover la participación del pueblo en la vida democrática, contribuir a la integración de la representación nacional y como organizaciones de ciudadanos hacer posible el acceso de estos al ejercicio del poder público, de acuerdo con los programas, principios e ideas que postulan y mediante el sufragio universal, libre, secreto y directo. Sin embargo buena parte de esta misión no se cumple.
Es decir, la Constitución les otorga a los partidos políticos una estratégica misión compuesta de dos funciones articuladas: una de carácter electoral y otra relativa al ejercicio del poder que a su vez se divide también en dos partes: una consistente en ser un gozne fundamental entre la demanda ciudadana y la toma de decisiones del gobierno y otra responsable central de la educación cívica y el robustecimiento de la cultura democrática, es decir de la construcción de ciudadanía.
Resulta evidente que se cumple la primera parte, pero la segunda no y a nuestro juicio ahí radica en origen del mencionado deterioro del sistema de partidos, toda vez que el abandono en el desempeño de sus funciones relativas al ejercicio del poder, no sólo pervierte los principios de su diseño constitucional, sino que desfonda su consistencia y sentido de cuerpo, así como su credibilidad ante la gente.
Su propensión a convertirse en maquinarias electorales les hace perder diferenciación, orgullo y dignidad, porque la lucha por hacer valer principios y programas en el comando de la nación, cede su sitio a la lucha de poder por el poder mismo, propiciando lances sólo  favorables a la discrecionalidad de los intereses individuales o de grupo, no así a sus militantes y menos a sus representados.

Es por eso que las denominadas actividades específicas, relativas a la elaboración y debate doctrinario, programático y ético del partido, así como la formación de cuadros, normalmente adquieren un carácter residual, cuando no simulado, entre los quehaceres partidarios. Más aún las tareas relativas a la formación de ciudadanía son prácticamente imposibles de realizar si  no se cuenta con un estándar adecuado de desarrollo partidario en estas materias y se llevan su conclusiones al proselitismo y al debate de las causas y agendas ciudadanas, no sólo en proceso electoral, sino todo el tiempo y en todo lugar.
¿QUÉ HACER PARA TENER UN SISTEMA DE PARTIDOS ACORDE CON EL DISEÑO CONSTITUCIONAL?
Construido de arriba hacia abajo a partir de la Ley Federal de Organizaciones Políticas y Procesos Electorales, el sistema de partidos sucumbió en la alternancia ante los apetitos de sus dirigencias y grupos internos de poder. Se convirtió en un poder franquiciatario que ha llegado a producir verdaderas cofradías adineradas que han enfatizado el pragmatismo electoral y la negociación con los fortalecidos poderes fácticos, usufructuarios de la debilidad de la República, antes que la representación de las causas ciudadanas cuya presencia se volvió coyuntural; un mero asunto de marketing electoral.
Así, mientras la política irrespetaba principios éticos e ideológicos y se hacía un negocio cada vez más costoso, el sistema de partidos tendió a representar las causas del poder, de sus grupos internos y de sus negociaciones con los grupos externos, antes que a la gente. Desdibujados sus perfiles ideológicos y programáticos, se perdió diferenciación entre sus integrantes. En medio de una apresurada carrera hacia ocupar el centro, deducir ¿qué parte de la sociedad cada partido representa?, se convirtió en un vano ejercicio adivinatorio que poco le importa a la gente que los critica por igual.
Hoy que asistimos al nacimiento de nuevos partidos políticos que logran romper la inconstitucional barrera oligopólica que limita su creación a enero de cada seis años, después de un tan tortuoso como artificial requisito de asambleas, la pregunta es, ¿se refuerza la capacidad incluyente del sistema ante la conflicto diverso?
La respuesta es no, se requiere una acción normativa deliberada que enfatice su misión constitucional de crear ciudadanía y cultura democrática. Democratice y transparente su vida interna, le otorgue certeza e imparcialidad jurídica y obligue a la formación de sus propios cuadros, ideológica y programáticamente, a partir del debate cotidiano de las agendas de la gente y de interactuar con ellas 365 días, no sólo en período electoral. Sólo el debate cotidiano de causas ciudadanas acercará la política a la sociedad y creará un compromiso programático exigible.
Por eso, corregir la inoperatividad partidaria es una prioridad a satisfacer antes que la entropía del sistema ponga en serio riesgo la vigencia de nuestra democracia.  Si los forzosos ajustes al marco normativo se realizan actuando sobre el Libro Segundo del COFIPE o elaborando una nueva Ley de Partidos, es una cuestión importante desde el punto de vista de la coherencia jurídica, pero desde la perspectiva de este razonamiento resulta irrelevante, lo inaplazable es reformar el sistema de partidos vigente; otra de las imprescindibles tareas postergadas para fortalecer la democracia mexicana.
Hoy, de cara a un nuevo ejercicio de reforma política, resurge la interrogante: ¿qué sistema de partidos queremos? Una respuesta objetiva y alcanzable es: el que ordena la Constitución, pero ¿qué hacer para lograrlo?
En materia de partidos mucho se ha escrito y con razón, respecto de fortalecer la democracia y la certeza jurídica de su vida interna, no así lo suficiente con relación a desarrollar los componentes doctrinarios, programáticos y éticos de la misma, así como analizar el rol del Instituto Federal Electoral, (IFE), en ese proceso, para exigir que se ponga énfasis en ello.
Todo partido político es un gobierno en ciernes, es una propuesta ideológica, una conducta pública, una oferta programática y una expectativa de resolución positiva de las causas de al menos un sector de la sociedad. Por ello es un despropósito constatar en México la insuficiencia de esos elementos en el devenir partidario, resultado del excesivo pragmatismo electoral dominante.
Comparado con países como Alemania, donde se reserva el 20%, resulta muy poco "...destinar anualmente por lo menos el dos por ciento del financiamiento público (...) para el desarrollo de las actividades específicas", que son las referidas a la elaboración ideológica-programática, para todavía encontrar en ello una buena dosis simulación.  Al igual que destinar anualmente otro "...dos por ciento del financiamiento público ordinario para la capacitación, promoción y el desarrollo del liderazgo político de las mujeres"[1].
Lo anterior, pese a que el artículo 41 constitucional, numeral II, inciso c), mandata que "el financiamiento público por actividades especificas, relativas a la educación, capacitación, investigación socioeconómica y política, así como a las tareas editoriales, equivaldrá al tres por ciento del monto total del financiamiento público que corresponda en cada año por actividades ordinarias".
Adicionalmente, el artículo 105 del Código de Instituciones y Procedimientos Electorales, (COFIPE), establece que son fines del IFE "Preservar el fortalecimiento del régimen de partidos políticos; Contribuir al desarrollo de la vida democrática; Llevar a cabo la promoción del voto y coadyuvar a la difusión de la educación cívica y la cultura democrática".
Es decir, le ordena al IFE desarrollar tres propósitos de carácter ideológico, programático y ético, de ocho en total, altamente correlacionados, que representan el 37.5 % de sus prioridades asignadas y complementan el otro 37.5% relativo a la organización electoral. El 25% restante, por una parte ordena asegurar el cumplimiento de los derechos y las obligaciones político-electorales de los ciudadanos y, por otra, establece la administración única de los tiempos oficiales de radio y televisión reservados para la materia.
Es decir, la mitad del 75 % de las funciones ordenadas al IFE están dirigidas a desarrollar el régimen de partidos políticos, la educación cívica y la cultura democrática del país. Aspectos estos tres, que también guardan una alta correlación entre sí y con el mandato del artículo 41 constitucional ya referido. 
Sin embargo, para hacer cumplir estos propósitos las atribuciones del IFE son muy limitadas, en especial respecto de fomentar el sistema de partidos políticos, toda vez que el artículo 38 del COFIPE no obliga a los partidos políticos a desenvolver el debate, ni la capacitación y la producción ideológica y programática interna, a menos que en un exceso minimalista se consideren quehaceres suficientes para satisfacer lo anterior, los siguientes:
·         "Editar por lo menos una publicación trimestral de divulgación, y otra semestral de carácter teórico";
·         "Sostener, por lo menos, un centro de formación política"; y
·         Publicar y difundir en las demarcaciones electorales en que participen, así como en los tiempos que les corresponden en las estaciones de radio y en los canales de televisión, la plataforma electoral que sostendrán en la elección de que se trate[2].
Es decir, malamente el IFE tiene fines que carecen de instrumentos específicos para su desempeño. Desarrollar la propuesta, el compromiso con las causas de la ciudadanía y la consistencia ética e ideológica en su vida interna, constituyen ejes centrales para el fomento de sistema de partidos. La esencia de la democracia es la participación ciudadana, misma que nace del debate de sus causas, una tarea fundamental, insuficientemente practicada, que la Constitución encarga a los partidos políticos y que el IFE no puede vigilar.
Las deficiencias en este campo se traducen en una cada vez menor preparación de los cuadros políticos y por ende de los futuros mandos y representantes electos, cuyas calificaciones políticas y profesionales tienden a caer, así como en la falta de correlato entre partidos, causas ciudadanas y consignas de rumbo, lo cual conforma la base del alarmante alejamiento ciudadano de la política, que trabaja en contra de "Preservar el fortalecimiento del régimen de partidos políticos" y consigna la una causa central de la baja calidad de la política mexicana.
LA DEMOCRACIA, EI IFE Y LA EDUCACIÓN CÍVICA
Como se estableció líneas arriba, los partidos políticos está obligados por el artículo 41 constitucional a ser entidades educativas en materia de construcción de ciudadanía y de formación y capacitación de sus militantes y agremiados. El IFE también está obligado a cumplir un papel muy relevante tanto en materia de educación cívica y cultura democrática,  como en la preservación y fortalecimiento del régimen de partidos, aspectos estos dos altamente correlacionados, como ya se ha planteado.   

Ambas instituciones constituyen un formidable aparato para alcanzar los fines antes expuestos y lograr así elevar la calidad de la democracia mexicana, pero desafortunadamente o no se emplea en estas tareas o su aplicación, en la práctica, resulta del todo insuficiente. 

Respecto del IFE, aunque la institución despliega un importante trabajo en este campo, su impacto es limitado y concentrado en dos aspectos: difusión de valores cívicos y democráticos y enseñanza del proceso electoral.

El IFE ha desarrollado instrumentos institucionales serios para realizar esta misión educativa, tales como el Programa Estratégico de Educación Cívica 2005-2010 y  la Estrategia Nacional de Educación Cívica para el Desarrollo de la Cultura Política Democrática en México  2011-2015, por ejemplo. Sin embargo su operación es demasiado formal, incluso administrativista, cuando no meramente académica. Pierde de vista que la mejor escuela para la educación cívica y la cultura democrática es el debate cotidiano de las causas de la propia gente a quienes se destinan estos programas. Es decir, en el debate de sus propias agendas la gente se convierte en actor de la democracia, un asunto donde resulta estratégico garantizar la participación, - no sólo en período electoral, sino en el día con día-,  de los partidos políticos, que así cumplen un mandato constitucional.
Esa es la forma adecuada de estimular la comprensión ciudadana sobre el fin de la democracia electoral, es decir: resolver democráticamente el ejercicio del poder y no sólo garantizar elecciones libres, ciertas y equitativas. 

El objetivo es elevar la calidad de la democracia a partir de propiciar el debate plural de los grandes temas sobre el sesgo mercadológico que actualmente tiene nuestra vida político-electoral, así como agilizar en el sistema de partidos políticos en su calidad de gozne de la sociedad con la toma de decisiones de los poderes públicos, en particular de los ejecutivos y de los legislativos.

Para alcanzar este objetivo, es necesario actuar sobre el sistema de partidos políticos en cinco aspectos:

·         Garantizar la cercanía permanente con la sociedad, no sólo en período electoral, para asegurar la fluida trasmisión de la demanda social hacia la representación partidaria en los poderes públicos y garantizar el cumplimento de las plataformas electorales sancionadas por el voto, así como la frecuente renovación de compromisos con sus electores;

·         Asegurar la formación continua de la militancia para servir mejor a la ciudadanía en el desempeño de sus funciones representativas de la voluntad de los electores;

·         Estimular el desarrollo permanente y de altura del discurso propio ante el acontecer político, como plataforma para su participación constante en el debate plural de la sociedad, donde se muestren claramente diferencias y coincidencias y se colabore a la evolución de la cultura política nacional;

·         Cumplir las tareas de construcción de ciudadanía a través del impulso a la educación democrática de la sociedad por medio del diálogo constante con ella, no sólo en período electoral,  sobre temas del debate nacional, local y global;

·         Propiciar en los partidos políticos el desarrollo de una robusta vida democrática interna, donde los principios de transparencia y rendición de cuentas se articulen con el respeto y aplicación correcta de sus documentos básicos y el pleno ejercicio de los derechos políticos de sus militantes consagrados en la Constitución.
Para ello es menester que el IFE y los partidos políticos mantengan una relación más proactiva, que sin vulnerar la necesaria independencia de sus respectivas funciones, se asegure el irrestricto acatamiento de la norma. Se trata de actuar con mayor eficacia en los propósitos aquí señalados para fortalecer la construcción de ciudadanía a través de una educación que enfatice los componentes del ejercicio del poder en la democracia y de avanzar, en el caso del IFE, en el cumplimiento del precepto 1b) del artículo 105 del COFIPE destinado a "Preservar el fortalecimiento del régimen de partidos políticos" .
Como antes se expresó, Todo sistema por definición convive con su antisistema, una suerte de entropía que condiciona su vigencia y cuya fuerza depende de la capacidad de inclusión o de la debilidad excluyente del primero.
En una democracia como la mexicana los partidos políticos están obligados ser una detente principal de la entropía del sistema. En la medida en que sean capaces de realizar una firme trasmisión de los intereses de esa parte de ciudadanía que cada uno representa, ese propósito se podrá alcanzar.
Estamos en la fase de renovar para fortalecer nuevas instituciones creadas: el sistema de partidos políticos y las autoridades electorales. No lograrlo sería abrir la puerta al fortalecimiento de otras opciones políticas distintas al compromiso democrático que nos anima para continuar en la consolidación de la transición a la democracia.

PROPUESTA DE REFORMA AL SISTEMA DE PARTIDOS POLÍTICOS VIGENTE
        I.            Incorporar en el artículo 38 del COFIPE la obligatoriedad a los partidos políticos de participar al menos una vez al mes, en debates entre partidos políticos, ciudadanos y especialistas, sobre las agendas de la propia ciudadanía en cada distrito, municipio o estado.

      II.            Incorporar en el artículo 105 del COFIPE, la obligación del IFE de organizar al menos con una regularidad mensual, debates entre partidos políticos, ciudadanos y especialistas, sobre las agendas de la propia ciudadanía en cada distrito, municipio o estado, que el propio IFE deberá integrar.

    III.            Incrementar a 10% la proporción del financiamiento ordinario que se asignan a actividades específicas, modificando en consecuencia el artículo 41 constitucional y el 78 del COFIPE.

    IV.            Reformar los artículos 38 y 105 del COFIPE, para hacer obligatoria la evaluación del desempeño partidario en materia de desarrollo doctrinario, programático y de formación de cuadros, así como la consecuente  fiscalización del IFE en la materia.

      V.            Reformar el artículo 28, inciso 1 del COFIPE en el aspecto relativo a notificar al IFE en enero del año siguiente a la elección presidencial el interés de constituir un partido político, para al menos reducir ese tiempo a tres años o quitar todo requisito de temporalidad en el aviso al IFE.
Muchas Gracias







[1] COFIPE. Artículo 78, numeral 1, inciso a), párrafos IV y V
[2] Ver COFIPE artículo 38, incisos h), i), j)