Artículo de J. Alberto Aguilar Iñárritu
El Universal, México
Febrero 24, 2010
Pag A-22
Aludir a la Reforma del Poder en México, implica recordar una visionaria y todavía desatendida convocatoria ligada a la memoria de Luis Donaldo Colosio, cuya ausencia y constante posposición han dado lugar al más grande pasivo de la inconclusa transición mexicana a la democracia: su incapacidad para fundar un nuevo pacto de poder que desmontara el antiguo régimen y diera certidumbre tanto a la construcción institucional de la democracia, como a la definición de un nuevo proyecto de nación compartido. Su inexistencia ha impedido consolidar un nuevo orden, una necesaria nueva etapa de la República, acorde con nuestra esencia y aspiraciones, producto de la pluralidad y consistente respecto de los retos y las oportunidades que nos propone el siglo XXI. Esa ausencia es la génesis de esta modernización fallida que padecemos y que ha puesto en riesgo la viabilidad de la nación.
No es la primera vez que reprobamos en esa materia, nuestra historia esta plagada de esos fracasos, de hecho, en doscientos años, hemos evolucionado gracias a dos grandes acuerdos de poder que modernizaron a México: la etapa Juárez-Díaz y la etapa Obregón-Calles-Cárdenas. Desde que claudica el antiguo régimen en 1982 a la fecha, hemos sido buenos para edificar procedimientos electorales, pero muy malos para generar acuerdos incluyentes de poder que los soporten. Nos hemos acostumbrado a mal gobernarnos por mandatos de minorías y a mal administrar el conflicto y las decisiones de ruta, a partir de negociaciones coyunturales que le han dado a nuestra política un sabor de tianguis al servicio de intereses particulares que rivalizan con nuestra disminuida República. Así se le metió mano neoliberal a nuestra economía, se colonizó nuestra inserción global y se consolidó el chato asistencialismo social y el abandono regional que no se mira, en fin, así se ha arribado a nuestra zigzagueante indefinición de rumbo.
La falta de este pacto de poder, pieza articuladora de todo lo demás, nos ha salido muy caro. No se ha podido resolver la ecuación presidencialismo-multipartidismo porque no se ha logrado el consenso para modificar el régimen político y ahora se pretende resolver con las virtudes aritméticas de la segunda vuelta para contar con mayorías estables, olvidando que las mayorías electorales son las más inestables. Sólo aquellas que devienen de un pacto de poder incluyente son estables en la medida en que se reforme el poder en los términos de sus acuerdos.
Si apostamos a la posibilidad institucional de transformar el régimen político, es hora de disminuir el énfasis excesivo en materia de reglas electorales para acceder al poder, e incrementarlo en las que regulan el ejercicio del poder y garantizan la participación democrática de la ciudadanía. So pena de repetir los costos del dos de julio de 2006 o inducir algo mucho peor en el 2012, es imperativo asumir que el procedimiento no otorga el poder, porque solamente formula y ordena la lucha de las fuerzas políticas en el marco de un pacto de poder mayoritariamente aceptado y respetado. El rumbo cierto de la nación requiere, además del veredicto electoral mayoritario, de un acuerdo de poder que defina los fundamentales de la nación y que todos los contendientes se comprometan a defenderlos.
Necesitamos construir un nuevo pacto político mayoritario de minorías activas, incluyente de la diversidad, que tenga por objeto la restitución de la República, el aseguramiento de su manutención fiscal y de la transparencia en el gasto; que parta del compromiso de sus firmantes con la democracia, la educación y la cultura, con el estado social de derecho y el combate a la impunidad, con las libertades individuales y la protección de la laicidad, con una economía prospera que ofrezca un lugar digno a cada mexicano para ejercer sus talentos y que precise nuestra ubicación global.
El problema reside en que nuestra dinámica política, donde el que gana, gana todo y el que pierde, pierde todo, lejos de cohesionar a la nación la divide, porque trabaja en función de los designios de una sola fuerza política en un contexto plural, lo cual impide constituir líderes de la nación con capacidad de convocatoria para estos fines. Un ejercicio posible, ante las insuficiencias del liderazgo político para convocar una reforma del poder, bien podría detonarse en la forma de un nuevo pacto fiscal, resultado de una Convención Nacional de Contribuyentes.
El trayecto al 2012 es una buena oportunidad para sentar al poder real y los intereses de la ciudadanía a pactar una Reforma del Poder que rescate la viabilidad de una nación paralizada. Quien crea que estamos en el tiempo de los acuerdos parlamentarios esta equivocado y también quien piense que el itinerario al 2012 se cubrirá con una serie de pasarelas mercadotécnicas. Podemos edificar una nueva constelación mayoritaria que afirme el camino de México o podemos seguir cayendo sin detente. La moneda esta en el aire, la suerte esta echada.
El Universal, México
Febrero 24, 2010
Pag A-22
Aludir a la Reforma del Poder en México, implica recordar una visionaria y todavía desatendida convocatoria ligada a la memoria de Luis Donaldo Colosio, cuya ausencia y constante posposición han dado lugar al más grande pasivo de la inconclusa transición mexicana a la democracia: su incapacidad para fundar un nuevo pacto de poder que desmontara el antiguo régimen y diera certidumbre tanto a la construcción institucional de la democracia, como a la definición de un nuevo proyecto de nación compartido. Su inexistencia ha impedido consolidar un nuevo orden, una necesaria nueva etapa de la República, acorde con nuestra esencia y aspiraciones, producto de la pluralidad y consistente respecto de los retos y las oportunidades que nos propone el siglo XXI. Esa ausencia es la génesis de esta modernización fallida que padecemos y que ha puesto en riesgo la viabilidad de la nación.
No es la primera vez que reprobamos en esa materia, nuestra historia esta plagada de esos fracasos, de hecho, en doscientos años, hemos evolucionado gracias a dos grandes acuerdos de poder que modernizaron a México: la etapa Juárez-Díaz y la etapa Obregón-Calles-Cárdenas. Desde que claudica el antiguo régimen en 1982 a la fecha, hemos sido buenos para edificar procedimientos electorales, pero muy malos para generar acuerdos incluyentes de poder que los soporten. Nos hemos acostumbrado a mal gobernarnos por mandatos de minorías y a mal administrar el conflicto y las decisiones de ruta, a partir de negociaciones coyunturales que le han dado a nuestra política un sabor de tianguis al servicio de intereses particulares que rivalizan con nuestra disminuida República. Así se le metió mano neoliberal a nuestra economía, se colonizó nuestra inserción global y se consolidó el chato asistencialismo social y el abandono regional que no se mira, en fin, así se ha arribado a nuestra zigzagueante indefinición de rumbo.
La falta de este pacto de poder, pieza articuladora de todo lo demás, nos ha salido muy caro. No se ha podido resolver la ecuación presidencialismo-multipartidismo porque no se ha logrado el consenso para modificar el régimen político y ahora se pretende resolver con las virtudes aritméticas de la segunda vuelta para contar con mayorías estables, olvidando que las mayorías electorales son las más inestables. Sólo aquellas que devienen de un pacto de poder incluyente son estables en la medida en que se reforme el poder en los términos de sus acuerdos.
Si apostamos a la posibilidad institucional de transformar el régimen político, es hora de disminuir el énfasis excesivo en materia de reglas electorales para acceder al poder, e incrementarlo en las que regulan el ejercicio del poder y garantizan la participación democrática de la ciudadanía. So pena de repetir los costos del dos de julio de 2006 o inducir algo mucho peor en el 2012, es imperativo asumir que el procedimiento no otorga el poder, porque solamente formula y ordena la lucha de las fuerzas políticas en el marco de un pacto de poder mayoritariamente aceptado y respetado. El rumbo cierto de la nación requiere, además del veredicto electoral mayoritario, de un acuerdo de poder que defina los fundamentales de la nación y que todos los contendientes se comprometan a defenderlos.
Necesitamos construir un nuevo pacto político mayoritario de minorías activas, incluyente de la diversidad, que tenga por objeto la restitución de la República, el aseguramiento de su manutención fiscal y de la transparencia en el gasto; que parta del compromiso de sus firmantes con la democracia, la educación y la cultura, con el estado social de derecho y el combate a la impunidad, con las libertades individuales y la protección de la laicidad, con una economía prospera que ofrezca un lugar digno a cada mexicano para ejercer sus talentos y que precise nuestra ubicación global.
El problema reside en que nuestra dinámica política, donde el que gana, gana todo y el que pierde, pierde todo, lejos de cohesionar a la nación la divide, porque trabaja en función de los designios de una sola fuerza política en un contexto plural, lo cual impide constituir líderes de la nación con capacidad de convocatoria para estos fines. Un ejercicio posible, ante las insuficiencias del liderazgo político para convocar una reforma del poder, bien podría detonarse en la forma de un nuevo pacto fiscal, resultado de una Convención Nacional de Contribuyentes.
El trayecto al 2012 es una buena oportunidad para sentar al poder real y los intereses de la ciudadanía a pactar una Reforma del Poder que rescate la viabilidad de una nación paralizada. Quien crea que estamos en el tiempo de los acuerdos parlamentarios esta equivocado y también quien piense que el itinerario al 2012 se cubrirá con una serie de pasarelas mercadotécnicas. Podemos edificar una nueva constelación mayoritaria que afirme el camino de México o podemos seguir cayendo sin detente. La moneda esta en el aire, la suerte esta echada.
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