El embargo del porvenir…
J Alberto Aguilar Iñárritu*
El Universal
Enero 27, 2011
“Yo soy una señal de estos tiempos. Yo era pobre e invisible. Ustedes nunca me miraron durante décadas. Nosotros somos el inicio tardío de vuestra conciencia social. Nosotros somos hombres-bombas. En las villas miseria hay cien mil hombres-bombas. Estamos en el centro de lo insoluble mismo”
Marcola
Puntual y propositivo como siempre, el Dr. Narro, rector de la UNAM, de nuevo llamó la atención de quien quisiera escuchar, para enjuiciar el calificativo de guerra asociado al combate al narcotráfico y cuya paternidad ahora nadie quiere reconocer; y para denominar como fracaso de la sociedad las hasta el momento 34,500 muertes que enlutan a muchas familias y que frecuentemente son estimadas en el dicho oficial como “no tan importantes” por considerarlas relacionadas con el crimen organizado. Así mismo volvió a poner el dedo en la llaga para señalar que esa cifra de homicidios, se compone de muchos jóvenes a quienes se les ha negado la posibilidad de futuro.
Hace casi tres décadas en nuestro país se inició un proceso de modernización que divorció a la economía de la sociedad y llevó al Estado a abdicar de su función rectora y promotora del desarrollo social en favor del asistencialismo mendicante, administrador de la pobreza. Construyó un modelito exportador de mano de obra barata, que depauperó al trabajo a costa de la reducción permanente del salario como endeble base de su competividad, incapaz de crecer y satisfacer la demanda de empleo, y donde la cohesión social no fue ninguna prioridad y menos la felicidad de las personas o la inclusión del arcaísmo social en su hoja de ruta.
Hoy estamos pagando la factura de esa modernización fallida que no obstante haber entrado en crisis desde 1994, se ha mantenido incólume gracias al uso dilapidador del petróleo, al oxigeno temporal de la alternancia electoral y al conservadurismo de los intereses creados, neutralizadores del cambio a lo largo de la primera década de la alternancia. Vivimos una situación que condena a muchos de nuestros jóvenes a la invisibilidad y a manifestar su existencia sólo a través de la violencia, embargando el porvenir de la Patria.
Ciudad Juárez es un triste caso emblemático de lo anterior: logro del TLCAN, uno de los principales centros logísticos del país, el cuarto PIB de México, el más importante cruce fronterizo y la ciudad que llegó a ocupar el lugar 16 entre las mejores de América latina para hacer negocios. Hoy es la ciudad más violenta del mundo con 191 homicidios dolosos por cada 100 mil habitantes frente a un promedio global de 5.5 homicidios por la misma cantidad de habitantes.
El Colegio de la Frontera Norte señala que cerca de 120 mil jóvenes en Ciudad Juárez entre los 13 y 24 años, 45% del total de este rango, no tienen acceso al aparato escolar, ni al mercado laboral y que casi el 60% de los homicidios dolosos que sufre Juárez dañan a la población cuya edad se ubica entre 19 y 35 años. Clara Jusidman explica que no son las carencias materiales y de ingreso las que determinan el estado y el deterioro de la situación social de Juárez, sino las condiciones del desarrollo sicoemocional individual, las necesidades de seguridad de las personas y las de desarrollo cultural y crecimiento.
Hoy Juárez se está muriendo y sus más de un millón trecientos mil habitantes, no están dispuestos a permitirlo. El éxito de su lucha es la detente de un posible destino para otras partes del país y la oportunidad de poner en práctica de nuevo un concepto de desarrollo que vuelva a unir a la economía con la sociedad y con la felicidad de las personas como su propósito principal. Por eso es verdad que salvar a Juárez es rescatar a México.
Si bien la Ciudad es rehén de una lucha que no provocó entre carteles que se disputan el usufructo de sus ventajas competitivas y la estrategia de combate que decidió el gobierno federal para hacerles frente, también es víctima de sus propias contradicciones generadas a lo largo de muchos años de olvido de la gente.
En su actual contexto, la jerarquía de toda acción pública o civil debe medirse por su aportación para detener la violencia y en los jóvenes, ya sea como víctimas o como victimarios, se personifica buena parte de ella, por eso son la prioridad de todo esfuerzo.
*Político y escritor
josealbertoaguilar@terra.com.mx